Al bon, bon, del carbonero.

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Al bon, bon, del carbonero. Toma el saco, dame el dinero: "La modesta historia de la hornilla de carbón".

Yo no conozco ninguna persona que rechase el sabor que el carbón deja en los alimentos.

Ese aroma que la madera impregna en la cocción de las carnes, por magras que sean, es inigualable.Hasta el ñame sabe sabroso (como decía mi abuela).

Quiza sea porque en nuestros propios orígenes desde los Neardentales y en toda la cadena del desarrollo humano el carbón estuvo ahí con nosotros como fiel y caliente compañero.

Veamos: ¿desde cuándo cocinamos con derivados del petróleo o con electricidad? 100 o 200 años, eso no es nada en la historia del hombre sobre la tierra.

Lo que es inegable que la forma de utilizar el carbón, se fue adaptando a las realidades del hombre moderno.Y es ahí en ese instante del tiempo que surgió "La Hornilla de Carbón"

Este modesto utencilio permite individualizar el fuego y regular de cierta forma lo que se cocina.

Por otro parte la hornilla es extremadamente útil por ser muy manipulable y duradera.

Su llegada a los mercados ocurre en el siglo XVIII cuando el hierro colado deja de ser privilegio de cañones y armamentos en general y se incorpora a la pujante revolución industrial. Aunque hoy también se fabrican en aluminio.

La hornilla es prima de la estufa, de más abolengo pero que calienta igual.

Las formas han sido variadas por ejemplo en Turquía y el Medio Oriente son redondas y poco profundas mientras que las utilizadas en Cuba son cuadradas y profundas.

Hoy, he querido rendir un pequeño homenaje en esta publicación, a nuestra hornilla, esa que quizá tengas tirada por un rincón del jardín .
Y recuerda:

Dame acá mi saco
Sujetame el manda'o
Que este carbonero
Me tiene ya cansa'o

Chapotín- Miguelito Cuní