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< José Martí y Rosario de la Peña Llerena, la "musa mexicana de la intelectualidad" >

Hay mujeres que encarnan los sentimientos y la sensualidad de una época. Rosario de la Peña y Llerena, en pleno Romanticismo tardío del siglo XIX, fue el centro alrededor del cual giraron los poetas, filósofos y escritores más brillantes de México, convirtiéndola en la Musa a la que rindieron todo, y alguno también la vida.

Pero, ¿quién fue realmente Rosario de la Peña y Llerena, y qué virtudes y circunstancias personales le permitieron convertirse en el eje de una agrupación literaria masculina y eminentemente patriarcal, de acuerdo con los cánones sociales y morales de la época?

Nace el 24 de abril de 1847 en la Ciudad de México. Sus padres, Juan de la Peña y Margarita Llerena, le brindan la clásica educación que toda hija de familia acomodada recibe en esa época. Así, es instruida en música, pintura, bordado, poesía, labores manuales y artes del hogar.

Rosario de la Peña, fué una mujer en torno de la cual se agrupaba entonces lo mejor de la intelectualidad mexicana. Y su nombre, sin haber sido jamás escritora, está unido a Ia historia de Ias letras mexicanas deI siglo XIX.

A sus 28 años de edad poseía una atrayente personalidad y
lo que la hacía especialmente cautivadora eran su trato y su viva inteligencia.
Sabía declamar y hablaba con soltura sobre poesía, política y literatura. Su inteligencia y su corazón valían más que su hermosura.

En su casa, sita en Santa Isabel No 10, en Ciudad de México, se reunían los miércoles y sábados, los más valiosos poetas de su tiempo. Hasta allí acudían quienes, deslumbrados por ella, pretendían encontrar espacio y ocasión para enamorar a la joven mexicana.

José Martí arribó a la capital azteca el 10 de febrero de 1875 y fue invitado a una de esas peñas por los compañeros de la redacción de la revista “Universal”.

De ahí en adelante se convirtió en el nuevo pretendiente. Su amigo el médico y poeta Juan de Dios Peza, le presentó a Rosario de la Peña. José Martí atraído por la joven, se sienta a su mesa y le escribe en el álbum el hermoso poema «Rosario».

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“En ti pensaba yo, y en tus cabellos
que el mundo de la sombra envidiaría,
y puse un punto de mi vida en ellos
y quise yo soñar que tú eras mía.

Ando yo por la tierra con los ojos
alzados ¡oh, mi afán! a tanta altura
que en ira altiva o míseros sonrojos
encendiólos la humana criatura.

Vivir: Saber morir; así me aqueja
este infausto buscar, este bien fiero,
y todo el Ser en mi alma se refleja,
y buscando sin fe, de fe me muero”.

Y, Rosario, inaccesible siempre, es para este otro enamorado alegría en la frase, pero nieve en el corazón y se empeña en perturbar a Martí, quien siente en su corazón desatadas todas las pasiones: odia, desprecia, pero solo consigue amarla cada vez con mayor locura.
Ella lo conquista con el fulgor de su sonrisa y ya, a los pocos días, Martí está escribiendo cartas apasionadas; solo tiene alma para amar a Rosario.
Sus cartas son apasionadas: “A nadie perdoné yo nunca lo que perdono a usted; a nadie he querido tanto… Yo soy excesivamente pobre, pero rico en vigor y afán de amar….. ¡”.

Todos creyeron conquistarla, pero ninguno la alcanzó completamente. Rosario de la Peña aprisionó sus afectos en una muralla de piedra.

Ya anciana, próxima a cumplir sus 77 años, un reportero cuyo nombre de guerra preferido era “El Diablo” le hizo una entrevista para el diario “Excelsior” y entre otras le preguntó “Con esta galería de ilustres ¿quien le simpatizaba más?

Rosario de la Peña le afirmó: “Pepe Martí, ¡Qué duda cabe!”.

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