EL “AMIGO CALVO”: JOSÉ MARTÍ

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A la muerte de César Romero, el actor de cine, su hermano Ernesto donó a la Universidad de Gainesville, en la Florida, varios libros que conservaba su madre María Mantilla. Entre ellos estaba un ejemplar de la primera edición de los Versos Sencillos dedicado a su abuela, Carmita Miyares; dice:

A Carmita, para que nunca dé una pena 
Su amigo calvo

José Martí
NY. Oct 91

Carmita Miyares, viuda de Manuel Mantilla, fue la amante de Martí. Como su hija también así se llamaba, podía pensarse que la dedicatoria, que no se conocía, iba dirigida a ésta, a quien también quiso mucho, pero, no, la Carmita del poemario era la madre. Y es único este testimonio afectuoso toda vez que ella, para proteger el nombre de Martí, ante los prejuicios de la época y la maldad de sus enemigos, después de Dos Ríos, destruyó cuanto podía poner al descubierto sus amores. El cuidado que tuvieron los dos en ocultarlos se evidencia en una carta de Carmita a Martí, ya en Cuba, que hace poco se dio en facsímil en este Web Site (“Martí, la amante y las niñas“), en la que, temiendo que cayera en manos extrañas, lo trata con notable distancia y respeto, y le advierte: “Cuénteme todo. Ud. sabe que de mí no debe esperar ninguna indiscreción… No tema escribir a esta casa pues mis cartas nadie las ve, ni se fija nadie en las cartas que trae el cartero”.

En esa conspiración de silencio, que dio motivo a ciertas calumnias sobre la conducta de Martí, con las mejores intenciones cooperaron amigos de ambos. El 8 de junio de 1895, a raíz de Dos Ríos, Horatio Rubens le escribió a Gonzalo de Quesada confirmándole la desgracia, y sobre el retrato de María Mantilla que en el cadáver encontraron los españoles, le aclaraba: “Recordarás que en la carta [desde Baracoa, del 16 de abril de 1895] del viejo [Martí: ‘the old man’, en el original] a la familia Mantilla, se mencionaba la fotografía [de María Mantilla] que llevaba sobre el corazón [le había escrito: ‘voy bien cargado, mi María, con mi rifle al hombro… al pecho tu retrato’]”. Y sobre el asunto, para tranquilizarlo, le dice: “Logramos conseguir que esto [lo de la foto] se suprimiera de los relatos publicados [en la prensa] por razones obvias”. Y aun Carmita misma, años más tarde, cuando ya expurgado por ella le envía el archivo de Martí a Quesada, quien estaba preparando sus Obras Completas, le advierte: “Gonzalo, le repito que vea bien esos papeles y ponga mucho cuidado con lo que se publica, ya Ud. sabe lo que quiero decir”.

Entre 1891 y 1895 Martí y Carmita ocultaron sus relaciones porque la maledicencia de la gente podía dañar la causa de Cuba; y antes de esa fecha las ocultaron porque la esposa, Carmen Zayas Bazán, podía aprovecharse del asunto para impedir el viaje del hijo a Nueva York. Martí negó de manera categórica haber tenido relación íntima con Carmita antes de que enviudara, en 1885; le escribió en una carta a quien le criticaba su amistad con Martí:

Ni Carmita ni yo hemos dado un solo paso que no hubiera dado ella por su parte naturalmente, a no haber vivido yo… Usted no tiene derecho de suponer que lo que mi cariño me obligue a hacer por la mujer de un hombre que me estimó y sus hijos huérfanos es la paga indecorosa de un favor de amor.

Las montañas Catskills

Se puede pensar que Carmita no tuvo valor par destruir esas líneas de Martí al dedicarle los Versos Sencillos, o que creyó que nunca se darían a conocer, o que nadie las entendería, pero una lectura del poema número XIII de esa colección descubre el secreto del apelativo, “su amigo calvo”:

Por donde abunda la malva
Y da el camino un rodeo,
Iba un ángel de paseo
Con una cabeza calva.

Del castañar por la zona
La pareja se perdía:
La calva resplandecía
Lo mismo que una corona.

Sonaba el hacha en lo espeso
Y cruzó un ave volando:
Pero no se sabe cuándo
Se dieron el primer beso.

Era rubio el ángel; era
El de la calva radiosa,
Como el tronco a que amorosa
se prende la enredadera.

La “cabeza calva” era la de Martí. Como se sabe, ese poemario tiene mucha autobiografía, por eso al enviarle un ejemplar a la madre, recordando los sucesos del teatro Villanueva, en La Habana, en 1869, de que fueron ambos testigos, le dice: “Lea ese libro de versos: empiece a leerlo por la página 51. Es pequeño —es mi vida”. El escenario del poema XIII son las montañas Catskills, a donde iba Martí a descansar. Los residentes de Nueva York, tenían dos maneras de resistir los calores del verano: o se iban al mar o se iban a las montañas. También con Carmita y sus hijos estuvo Martí alguna vez en la playa, en Bath Beach, en Brooklyn, donde se inspiró para escribir “Los zapaticos de rosa”, pero Martí prefería las montañas para el descanso: en un artículo publicado el 2 de noviembre de 1890 en La Nación, de Buenos Aires, hizo de ellas estos hermosos juicios:

Van los alegres a las playas buscando aventuras, pero el mar no acomoda con sus palacios bullangueros a la gente tranquila, ni es el aire de la costa como el de la montaña para leer a la luz blanda los libros sobre la naturaleza, para calafatear los pulmones agujereados, para calmar, con la salud del mundo, el espíritu doliente. Allí donde no pueden subir las alas de los pájaros, crecen las del hombre. El espíritu sube con el aire que sube. A los Catskill [van] los que tienen sed de lo natural, y quieren agua de cascada y techo de hoja. Catskill es una gloria. De bordón y morral se puede ir, orillando los arroyos de truchas. La tarde es de oro, y se va, con la yerba a la rodilla, cogiendo moras maduras, a ver morir la luz, desde la roca de la puesta. O en camas de hojas secas, al calor de un fuego de leños, se duerme en la cumbre, después de la cena campestre, para ver, sobre los picos y lagos de la altura, la primera llamarada de la aurora.

Por su belleza, fueron los Catskills, en el siglo XIX, el lugar preferido de los artistas. Allí cobró fuerza la pintura de la naturaleza americana, con la Escuela del Río Hudson, cuyo iniciador y más conocido representante, fue Thomas Cole; y allá encontraron inspiración para sus poesías, novelas y ensayos William Cullen Bryant, Fenimore Cooper y Washington Irving; recordó éste en uno de sus escritos:

No olvidaré jamás la vez primera que vi esas montañas. Iba por el río Hudson antes de que los barcos a vapor y los trenes privaran esos viajes del encanto de su  poesía. De todas las escenas que ofrecía el Hudson fueron las montañas Catskills las que más impresionaron mi imaginación infantil. Nunca olvidaré el efecto que me hicieron al verlas dominando aquellos parajes, primitivos unos, boscosos, ásperos o cultivados otros. Mientras lentos cruzábamos el río, me senté en cubierta a contemplar, en aquel largo día de verano, los cambios que las montañas ofrecían por la magia de la atmósfera, que a veces las acercaba o las alejaba a capricho; que a veces las diluía en la distancia o las hacía arder con la puesta del sol, hasta que, llegada la tarde, como que se clavaban en el brillante rojo del cielo de un paisaje de italiano.

Los Versos Sencillos salieron de la imprenta en agosto de 1891; en el verano anterior le había confesado Martí en carta a su amigo Rafael Serra: “Entre los calores y el trabajo, y los cuidados del espíritu, dieron en cama conmigo, y me voy con la cabeza seca a la montaña. Me voy a un rincón de hojas y de soledad por unos cuantos días”; y así se lee en el prólogo del libro: “Me echó el médico al monte: corrían arroyos, y se cerraban las nubes: escribí versos”.

En algún momento de los Versos Sencillos las montañas Catskills logran mayor relieve, como en éste, el número III:

Odio la máscara y vicio
Del corredor de mi hotel:
Me vuelvo al manso bullicio
De mi monte de laurel
.

Con los pobres de la tierra
Quiero yo mi suerte echar:
El arroyo de la sierra
Me complace más que el mar.

Odio la máscara y vicio
Del corredor de mi hotel:
Me vuelvo al manso bullicio
De mi monte de laurel
.

Denle al vano el oro tierno
Que arde y brilla en el crisol:
A mí denme el bosque eterno
Cuando rompe en él el sol
.

Yo he visto el oro hecho tierra
Barbullendo en la redoma:
Prefiero estar en la sierra
Cuando vuela una paloma.

Busca el obispo de España
Pilares para su altar;
¡En mi templo, en la montaña,
El álamo es el pilar!

Y la alfombra es puro helecho,
Y los muros abedul,
Y la luz viene del techo,
Del techo de cielo azul.

El obispo, por la noche,
Sale, despacio, a cantar:
Monta, callado, en su coche,
Que es la piña de un pinar.

Las jacas de su carroza
Son dos pájaros azules:
Y canta el aire y retoza,
Y cantan los abedules.

Duermo en mi cama de roca
Mi sueño dulce y profundo:
Roza una abeja mi boca
Y crece en mi cuerpo el mundo.

Brillan las grandes molduras
Al fuego de la mañana,
Que tiñe las colgaduras
De rosa, violeta y grana.

El clarín, solo en el monte,
Canta al primer arrebol:
La gasa del horizonte
Prende, de un aliento, el sol.

¡Díganle al obispo ciego,
Al viejo obispo de España
Que venga, que venga luego,
A mi templo, a la montaña!

La “pena” y el “amigo calvo”

Dice la dedicatoria: “A Carmita, para que nunca dé una pena“. Pena debe entenderse como pesar, disgusto o tristeza; así usa el vocablo en el libro; véanse estos ejemplos; en el número I:

Oculto en mi pecho bravo
La pena que me lo hiere:
El hijo de un pueblo esclavo
Vive por él, calla y muere.

En el XXIV juega con la palabra sin perder ese significado:

¡Penas! ¿Quién osa decir
Que tengo yo penas? Luego,
Después del rayo, y del fuego,
Tendré tiempo de sufrir.

Yo sé de un pesar profundo
Entre las penas sin nombres:
¡La esclavitud de los hombres
Es la gran pena del mundo!

Y aun en el XLVI, el último de la colección, al hablar con la poesía, en estas estrofas:

Vierte, corazón, tu pena
Donde no se llegue a ver,
Por soberbia, y por no ser
Motivo de pena ajena.

Yo te quiero, verso amigo,
Porque cuando siento el pecho
Ya muy cansado y deshecho,
Parto la carga contigo. […]

Mi vida así se encamina
Al cielo limpia y serena,
Y tú me cargas mi pena
Con tu paciencia divina. […]

Porque mis penas arrojo
Sobre tu seno, y lo azotan,
Y tu corriente alborotan,
Y acá lívido, allá rojo,

Blanco allá como la muerte,
Ora arremetes y rujes,
Ora con el peso crujes
De un dolor más que tú fuerte. […]

Martí le dedicó a Carmita ese ejemplar de los Versos Sencillos en el mes de octubre. Debió ser el primero que obsequiaba. Carmen Zayas Bazán y el hijo habían llegado a Nueva York a fines del mes de junio, pero, disgustada la esposa, regresaron a Cuba, escondidos de Martí, a fines de agosto. Ni a su amigo mexicano, Manuel Mercado, a quien con el uruguayo Enrique Estrázulas dedicó el libro, le había enviado un ejemplar. Al año siguiente, en carta del 11 de febrero le confiesa a Mercado:

¡Cómo estará mi alma de tristeza, y cuánto esfuerzo me costará escribir esta carta, lo ve Ud. bien, por ese libro mío, que está impreso desde el mismo mes en que mi hijo me dejó solo, en que para encubrir culpas ajenas se me llevaron a mi hijo: y no he tenido en estos seis meses corazón para mover la pluma!

Y en una nota que debió ser de aquellos días angustiados de 1891, por el abandono de la esposa y el hijo, le escribe a una amiga que no había podido atender, a Eva Canel : “Pena, y no descuido, pena larga y profunda, ha sido la causa de mi aparente olvido de Ud.”

Pena“, en la dedicatoria a Carmita, debe entenderse, pues, como disgusto, como el que le había dado la esposa por egoísmo, o por celos, o por lastimado orgullo.

El “ángel rubio” y el “amigo calvo”

El telón de fondo en el poema XIII fueron los Catskills: “Por donde abunda la malva”; “en lo espeso [del bosque]”. El argumento: el “paseo” de una “pareja” allí perdida, la cual, al cruzar “un ave volando”, “se dieron en el primer beso”. Los personajes, Martí y Carmita, en feliz sinécdoque, “una cabeza calva” y un “ángel rubio”. Para Martí, en curiosa generalización, “rubia” era la mujer, la hembra: “Eva”, como en el poema XX:

Mi amor del aire se azora
Eva es rubia, falsa es Eva:
Viene una nube, y se lleva
Mi amor que gime y que llora.
Se lleva mi amor que llora
Esa nube que se va:
Eva me ha sido traidora:
¡Eva me consolará

Y en versos de “Polvo de alas de mariposa” también rubia es la mujer, una de sus categorías:

Toma ese hierro, y a la moza infame
Que oscureció mi espíritu soberbio,
Para vergüenza de mujeres frívolas
Márcale bien la frente con el hierro.
Es rubia. Como el carro del esbelto
Heclas de Olimpo, fúlgido y sonoro,
Voy desde que la quiero envuelto
En una nube de centellas de oro.

Y en “Mujeres”, de sus “Versos Libres”, las divide, mezclando el color del cabello o de la piel con la condición de la persona; dice al empezar un recuento: “Ésta es rubia: ésa, oscura” aquélla, extraña…”

¿”Angel“? En Martí es lo amable, lo querido, como en Ismaelillo el hijo: ¿Mi musa? Es un diablillo/Con alas de ángel“; “¡Por la  puerta se ha entrado/Mi diablo ángel!”; “pues ésa es mi musilla,/Mi diablo ángel“; “Pálido ángel/Que aquí en mi pecho/Las alas abre”; “Y sobre el dorso/De aves gigantes/Despiertan besos/Inacabables./¡Risueño y vivo/Surge otro ángel!” El “Ángel rubio” es así la mujer amada.

El pelo rizado algo le escondía a Martí su calvicie. Los retratos que acompañan este trabajo dejan ver su particular crecimiento a partir de 1891, y los retoques de los fotógrafos que trataban de que se le viera lo menos posible. Por regla general Los que conocieron a Martí (que así llamó a la colección de testimonios que reunió en la Revista Cubana, en 1951, mi maestro Félix Lizaso), al describir su apariencia, hablaron poco de su calvicie: el general José Miró Argenter, en sus “Recuerdos del mes de Mayo” (1913), por ejemplo, sólo destacó el tamaño de la cabeza en relación con el cuerpo: “Era de porte desgarbado; la cabeza demasiado grande para aquel tronco endeble”; y sobre el pelo y la frente, el guatemalteco Antonio Batres Jáuregui, en “José Martí, en el VII aniversario de su muerte” (1902), escribió: “Brillaba en su frente ancha, convexa y luminosa, coronada de negro y rizo cabello, algo de la vaga idealidad de Byron”; y el pintor Federico Edelman en sus “Recuerdos de Martí” (1927), dijo de cuando lo conoció en su oficina de Nueva York: “Allí sentado a su mesa de trabajo, vi a Martí por primera vez, erguido, nervioso fino de cuerpo, con su tez lívida, recio pelo negro encrespado como una corona sobre la bóveda maravillosa de su cráneo”.

Cabeza grande y pelo rizado. En el Refranero Médico (1944) se lee: “Cabeza chica, nunca es calva”, y “Cabello crespo, calvo presto”. Aunque no siempre se puede confiar en el saber de un refrán, acepta como bueno este último el doctor Antonio Castillo de Lucas, editor de esa colección, al decir en una nota: “Este pelo ensortijado o rizado es más quebradizo, rígido y seco, por su mayor deshidratación… a diferencia de los cabellos laxos que, mejor nutirdos y más hidratados, los hace más flexibles por predominar su porción medular a la parte cortical o cornea del pelo”.

En La autopsia de José Martí, que de manera facsimilar se reprodujo en este Web Site, el médico que se la hizo, Pablo A. de Valencia, dijo: “… Tenía una constitución regular y de temperamento bilioso. Aunque delgado, bien conformado; de estatura regular; pelo castaño oscuro, muy rizado, una pequeña calvicie en la coronilla y entradas muy pronunciadas en las sienes que ponían de manifiesto una frente ancha y despejadas”. Con estas palabras puede deducirse que, además de las “entradas muy pronunciadas en las sienes”, que siempre se le ven en los retratos, tenía Martí una “pequeña calvicie de la coronilla”, que es la parte más alta de la cabeza, donde se le hace la tonsura a los clérigos.

Con lo visto hasta ahora se puede concluir, que el “amigo calvo” de la dedicatoria a Carmita era también el personaje de la “cabeza calva” del poema.

“La enredadera” y el amor

No fue una novedad para Martí, asociar en sus Versos Sencillos la unión amorosa con la enredadera. En “Mi poesía”, de sus “Versos Libres”, describe uno de sus encuentros con ella:

Otras ¡muy pocas! Viene [la poesía] amable y buena,
Y me amansa el cabello, y me conversa
Del dulce amor, y me convida a un baño.
Tenemos ella y yo cierto recodo
Púdico en lo más hondo de mi pecho:
Envuelto en olorosa enredadera.

Y aun más evidente es el símil en estos versos que debió escribir recordando el trágico amor de la Niña de Guatemala:

Como una enredadera
Ha trepado este afecto por mi vida,
Díjele que de mí se desasiera,
Y se entró por mi alma adolorida
Como por el balcón la enredadera.

Así, con el apoyo de la simbología poética de Martí, del valor semántico de alguna de sus palabras y datos sobre su vida, se entiende la estrofa última del verso XIII:

Era rubio el ángel; era
El de la calva radiosa,
Como el tronco a que amorosa
se prende la enredadera.

Y asimismo la dedicatoria:

“A Carmita, para que nunca dé una pena.
Su amigo calvo
José Martí.

Carlos Ripoll
Carlos Ripoll (1922-2011) Nació en Cuba. Autor prolífico sobre José Martí y su obra. Ha ejercido como editor del Editorial Dos Rios y profesor del Queens College (Nueva York, EE. UU.). Carlos Ripoll, quien fuera en vida una de las máximas autoridades sobre José Martí, dedicó gran parte de su obra en desmontar las mentiras esgrimidas por los hermanos Castros sobre el prócer cubano.