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<< Barbarito Diez: la voz del danzón desde la nostalgia >>

Para aquellas personas que tuvieron la oportunidad de conocer la música cubana incluyendo el danzón, Barbarito Diez representa una leyenda que devuelve a la memoria una buena cantidad de momentos felices de juventud.
Otras que no pudimos disfrutar de su época de esplendor, sí lo vimos cantar sintiendo una gran admiración por su voz tan limpia, equilibrada y a la vez capaz de transmitir múltiples emociones.

Por todo lo que dio a la música en más de medio siglo de intensa trayectoria artística, Barbarito Diez (Matanzas, 1909-La Habana, 1995) se convirtió sin duda alguna en una de las personalidades más significativas de la cultura nacional.

Barbarito siempre era el mismo, callado, serio, de muy pocas palabras y sobre todo muy caballeroso.

Su persona inspiraba mucho respeto, nunca se le vio subir a un escenario diciendo chistes, para ganarse el público o ser simpático. Lo de él, era cantar y cantar bien.

Era un hombre muy educado. Y no sólo eso, jamás tomó una gota de alcohol. «Vengo a cantar, no a hacer de cómico o a fiestar», comentan que decía.

Su sonrisa que invitaba a la amistad, la entregaba al público cuando sentía que conectaban emocionalmente con él, fue famosa su postura, casi sin moverse para interpretar.

Sostenía que en una oportunidad en una presentación televisada le dijeron que se moviera, que hiciera gestos y su respuesta fue, “Canto o bailo no suelo hacer dos cosas a la vez”.

Barbarito Diez siempre estará entre nosotros, como un gigante de la cultura nacional permaneciendo en el corazón de nuestro pueblo que permanentemente le rinde Homenaje.