Home NostalgiaCuba Francisco Marty y Torrens.

Francisco Marty y Torrens.

Francisco Marty y Torrens.
Llegó a Cuba, como muchos españoles, en alpargatas y con un baúl enorme de ilusiones que logró materializar pues se convirtió en uno de los hombres de mayor caudal e influencia de su tiempo, con acceso libre y directo al entorno íntimo de los gobernadores generales. Estos cambiaban de cuando en cuando, pero la ascendencia de don Pancho no sufría menoscabo. Y es que fue uno de los más grandes comerciantes de esclavos y una concesión del capitán general Miguel Tacón le permitía explotar en su provecho el trabajo de los reclusos de la Cárcel de La Habana.
Con trabajo de presos, precisamente, edificó el Teatro Tacón, el más importante y concurrido de la capital, y se convirtió en su empresario —lo era asimismo de los teatros Diorama y Principal—, lo que le permitió esquilmar a los autores que allí veían representadas sus obras.
Poseía, entre otros bienes, varias fincas rústicas y extensas propiedades inmuebles, así como dos astilleros, donde se reparaban buques destinados a la trata negrera. Ahí no acababa la cosa: don Pancho ejercía asimismo el monopolio del pescado en La Habana, privilegio vitalicio concedido por Tacón, pese a las protestas del Ayuntamiento habanero. Para ello contaba con la llamada Pescadería del Boquete, con nevería y locales para el expendio de productos del mar y avíos de pesca, y donde, pese a todo su dinero, tenía su casa, antes de radicarse en el Paseo del Prado entre Ánimas y Trocadero. El Boquete abrió sus puertas en 1836, detrás de la Catedral de La Habana, y estuvo allí hasta 1895, muchos años después de la muerte de Marty, que falleció el 29 de mayo de 1866.
De Marty se repiten sus ocurrencias. Como la del pargo que el 2 de octubre de 1840 obsequió a doña María del Rosario Fernández de Santillán, sevillana, hija de los marqueses de Motilla, y esposa del Capitán General de Cuba, don Pedro Téllez Girón, Príncipe de Anglona. La víspera, don Pancho preguntó a la Princesa qué quería que le regalase por su santo. No supo ella qué contestar, pero al fin se decidió. —Pues bien, Marty, mándeme un pargo para el almuerzo —dijo.
Se comprometió don Pancho y al día siguiente, temprano en la mañana, llegó al palacio de los Capitanes Generales un negro de su dotación que portaba, en una bandeja de plata maciza y cubierto por una servilleta de fino encaje, un ejemplar magnífico de los llamados pargos de San Rafael. Lo acompañaba este mensaje: «Doña Rosario: Que los pase muy felices. Ábrale la barriga al pargo».
La nota provocó primero la carcajada de los príncipes de Anglona y luego la curiosidad. Examinaron el pargo de un extremo al otro, lo sopesaron. Algo raro había en aquel animal: pesaba mucho, parecía de plomo. —Este pargo tiene algo dentro —comentó entre dientes don Pedro y ordenó que lo abrieran.
¡Y vaya si lo tenía! De su interior cayeron en la bandeja no se sabe ya cuántas onzas de oro, peluconas legítimas, que dejaron con la boca abierta a la encumbrada pareja. Regalo del acaudalado Marty a la esposa del Gobernador.
A otro Capitán General, don Federico Rocali, Conde de Alcoy, Marty lo salvó de la penosa situación de tener que pasar la noche del día de su toma de posesión, en uno de los butacones del Salón del Tronco porque su antecesor había dejado vacío el Palacio de gobierno.
A Leopoldo O’Donnell, Conde de Lucena, el relevo le llegó antes de lo previsto y sin causa que lo justificara. Recibió a Roncali con evidente desprecio y no intercambió con él media docena de palabras durante la ceremonia de transmisión de mando. Aún faltaba lo peor. Cuando la Condesa de Alcoy, como dueña de casa, recorrió el Palacio, advirtió que salvo el Salón del Trono y las dos piezas principales, que lucían en todo su esplendor, en el resto de las habitaciones faltaba no solo aquello que representa la comodidad y el lujo, sino los objetos más indispensables, como si la mansión acabara de sufrir los efectos de una mudada. Y algo de eso había porque O’Donnell, a quien apodaban el Leopardo de Lucena, antes de cesar en el gobierno se había establecido, junto a su familia, en la Quinta de los Molinos y se empeñó en convertirla en una casa de vivienda digna para el primer funcionario de la Colonia. Para ello invirtió 20 000 pesos en su transformación y se llevó de Palacio hasta los clavos. Ya sustituido siguió viviendo en la Quinta, sin prisa alguna por retornar a España.
No dejó ni una cama donde los condes de Alcoy pudieran reponerse del largo viaje desde España. Para salir de aquel trance el Conde y la Condesa se vieron obligados a recurrir a don Pancho Marty, que ajeno al protocolo, visitaba Palacio y veía al gobernador cuando le venía en ganas. Marty se pintaba solo para solucionar un asunto como ese, solución que redundaría en su influencia y valimiento. —Cosas de don Leopoldo, señora, dijo a la Condesa. Todo se arreglará. Y se arregló en efecto.
Se dice que a Marty nunca se le vio vacilar en la realización de sus planes. Tenía vista de lince para los negocios, si bien carecía de ilustración y no era adicto al ceremonial de las costumbres de la época. Era agradable en su trato. Su llaneza no afectada daba mayor realce a su chispeante conversación. No ocultó nunca su oscuro origen, antes bien alardeaba de sus humildes comienzos para demostrar hasta dónde podían llegar los caprichos y veleidades de la fortuna.
Marty nació en Barcelona el 11 de junio de 1786. Con 20 años sentó plaza de artillero y sirvió en el ejército hasta que su quebrantada salud lo obligó a licenciarse. Corría ya el año de 1809 cuando vino a La Habana. Una vez que superó un ataque de fiebre amarilla, carenó buques en Casablanca hasta que con mucho esfuerzo y a costa de grandes sacrificios y privaciones, logró adquirir una pequeña embarcación de pesca que le permitía, expresaba, «hacer algo» y ya en 1812 abastecer de agua la casilla del Morro.
Hacia 1817 abrió una fonda en la esquina de Reina y Galiano. Dos años más tarde, Marty hizo reproducir en una de las paredes de su modesto establecimiento la imagen del buque Neptuno, la primera embarcación a vapor que circuló en los dominios españoles, y aquella casa de comidas comenzó a ser conocida por El Vapor, nombre que a la larga adoptaría la plaza en la que estaba enclavada y donde se erigiría el mercado de Tacón.
No levantaba cabeza nuestro personaje. Las cosas le iban de mal en peor. Murieron de fiebre amarilla la esposa y la hija. Abrió una pequeña bodega en la esquina de Consulado y Virtudes, y se la destruyó un incendio, con lo que quedó en la más completa miseria. No se amilanó por ello. Hombre de espíritu indomable y de una constancia a toda prueba, con 500 pesos prestados levantó de nuevo su comercio, pero la mala suerte hizo que otro incendio lo devorara.
Volvió entonces a la pesca, y con las ganancias que obtuvo de ella adquirió un terreno en la calle Virtudes, escenario de sus desdichas.
Todo cambió a partir de entonces. Lo nombraron subdelegado de Marina de La Chorrera y aunque su jurisdicción se extendía entre la Punta y la playa de Santa Ana, se le veía aparecer, en servicio del Apostadero e implacable con los defraudadores del fisco, en cualquier punto de la costa. Fue tan eficiente en su gestión que el Conde de Villanueva, Intendente de Hacienda, lo autorizó a perseguir a contrabandistas y confiscar toda la mercancía que intentaban introducir en la Isla, así como los medios de transporte de los que se valían. Se le autorizó además a moverse a Cayo Hueso «en diligencias propias», lo que no fue más que un ardid para facilitarle la vigilancia y el apresamiento del balandro La Tonta, capitaneado por Antonio Mariño, desertor de La Cabaña y prófugo de la cárcel de Santiago de Cuba, que sembraba el terror y la muerte en poblaciones costeras. Marty lo sorprendió en cayo Cruz del Padre, el 2 de enero de 1831; el enfrentamiento fue violento entre las partes y Mariño cayó fulminado cuando intentaba escapar del tiroteo. Los piratas sobrevivientes fueron traídos prisioneros a La Habana.
Ese hecho, unido a su enfrentamiento al contrabando, valió a Marty un grado militar y todo género de consideraciones y la más decidida protección y confianza del Gobierno, lo que le permitió operar con plena libertad en lo que al tráfico de negros y yucatecos se refiere. Murió lleno de honores y condecoraciones: capitán de navío honorario, Gran Cruz de Isabel la Católica, Comendador de la Orden de Carlos III, secretario de cámara de Su Majestad, ayudante militar del distrito de la Chorrera…
Entre otras muchas propiedades, legó a sus hijos unos dos millones de pesos. En cuanto al Teatro Tacón, que les legó también, dispuso que su propiedad nunca saliera de la familia. Ya con el edificio en posesión de los herederos se decidió que el primogénito, Francisco Marty y Gutiérrez, se hiciera cargo de su dirección y administración. En definitiva, terminó por comprarles las acciones a sus hermanos y, a su muerte, ya poseía el 94 por ciento de las que estaban en juego. Su viuda e hijos heredaron una deuda inmensa junto con el teatro. Se disolvió al fin la sociedad anónima. Compró la familia Marty la totalidad de las acciones con tal de retener el Tacón y la operación la sumió en la insolvencia. Petra Pérez Carrillo, viuda de Marty Gutiérrez, no podría cumplir con el deseo de don Pancho de que el coliseo se mantuviera siempre dentro del dominio de los suyos. En enero de 1899, junto con todas sus edificaciones anexas, lo vendió por solo 300 000 pesos a una compañía norteamericana.

Fuentes:

Apuntes históricos, Serafín Ramírez.

Tradiciones cubanas, Alvaro de la Iglesia.




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