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Agua la Cotorra.

Agua la Cotorra.
En la entrada de Guanabacoa , se encuentran los restos de la que fuera la mayor embotelladora de aguas minerales en Cuba, “La Cotorra”. De las 27 marcas de agua mineral comercializadas en Cuba en 1956, 11 eran de Guanabacoa. Aguas “La Cotorra”, la más popular de todas, fue fundada en 1906 y llegó a tener 96 sucursales en todo el país. Hoy los guanabacoenses evocan con nostalgia los tiempos en que podían disfrutar de sus aguas. Estos pertenecieron al inmigrante gallego Claudio Conde Cid quien, en 1905, traía el agua en tanques desde la Isla de Pinos para comercializarla en la capital del país. El líquido lo extraía de un manantial existente en la localidad de La Fe y para su transporte se servía de una goleta que cubría la ruta marítima Nueva Gerona – Batabanó. Esta engorrosa operación sirvió para identificar la fecha de fundación de la empresa en 1905, año que se utilizaría desde entonces en todas las campañas publicitarias de La Cotorra.
La compañía tomó el nombre de La Cotorra por el ave tan abundante en Isla de Pinos, donde inició el negocio el fundador Claudio Conde, y desde el principio las botellas y botellones distribuidos por La Cotorra tuvieron pintados el ave con sus llamativos colores y el rótulo que identificaría siempre a la empresa: La Cotorra.

Todo parece indicar que La Cotorra se estableció en Guanabacoa en el año 1915, cuando Claudio Conde adquirió los terrenos donde se encontraban los manantiales conocidos como Chorrito del Cura en la Loma de la Cruz. Al mismo tiempo que el empresario gallego realizaba un proceso de inversiones para comenzar a explotar estas aguas continuaba transportando el agua desde Isla de Pinos y vendiéndola en La Habana bajo la marca “La Vida”. En ese entonces los almacenes de la compañía se encontraban en la calle San Isidro y para el reparto se servía de una flotilla de carros tirados por caballos.

Las obras en la Loma de la Cruz se extendieron hasta la década del 20 en que quedó terminado el edificio de la compañía, seguido de tres naves en las que se llevarían a cabo los procesos de purificación por filtros, envase y transportación del agua. También se habilitaron salones de recepción y fiestas. Alrededor se tendió una cerca de hierro hasta la falda de loma para establecer allí los jardines. Entonces abandonó La Cotorra sus otras instalaciones y se trasladó definitivamente para Guanabacoa.
En 1923 la dirección de Sanidad clasificó los manantiales de La Cotorra en Guanabacoa como de primera calidad y no sólo autorizó su uso, sino que lo recomendó como provechosos para los problemas del aparato digestivo y las dispepsias. Se consignó, además, que el consumo del agua mineral La Cotorra beneficiaba cualquier trastorno de la nutrición por suministrar alcalinos y contenido preponderante de sodio, sales de hierro y de calcio.

Hacia 1926, la compañía equipó su planta industrial con un laboratorio con lo mejor de la época para poder analizar las aptitudes del líquido. Por esa razón las aguas llegaban al mercado tras un proceso higiénico y escrupuloso y su calidad era uniforme y óptima.

La venta del agua La Cotorra se realizaba directamente desde los almacenes de la fábrica a los distintos establecimientos, bodegas y particulares, a los cuales se les llevaba la mercancía hasta la puerta en camiones pintados de verde, que tenían el logo de la empresa pintado en las puertas laterales y en la trasera, donde era más grande y visible. Los trabajadores de estos carros no pertenecían a la plantilla regular de la empresa, eran subcontratados para efectuar el reparto, a partir de un precio fijado. Los choferes ganaban por el extra que lograban en la transacción que podía ser de siete a diez centavos por botellón y con el viajaban dos ayudantes.

En 1947 la empresa había establecido 69 sucursales de venta en todo el país. Se trataba de una marca confiable que competía muy bien con gran cantidad de compañías dedicadas al negocio del agua mineral en el país. Incluso, en la misma Guanabacoa, tenía competidoras como las marcas San Agustín, Lobatón, Fuente Blanca y otras ocho que existían en el término.

La inversión que se realizó en los años 20 incluyó la creación de los jardines y un salón de fiestas en las planta baja del edificio central. Ambas cumplían con un objetivo comercial: ofertar y vender los productos de la empresa en medio de fiestas y el ambiente placentero que brindaba la vegetación y las piezas de la Loma de la Cruz.





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