Hola amigos, aquí les traigo las otras cuatro leyendas de mi querida Matanzas.

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Hola amigos, aquí les traigo las otras cuatro leyendas de mi querida Matanzas. Espero las disfruten!!

Yumurí
La leyenda cuenta que Yumurí, el joven cacique que gobernaba en el poblado de Yucayo, hoy Matanzas, se hallaba comprometido con Albahoa, quien vivía en otra aldea al centro de un valle aún sin nombre.
Su padre era el cacique Guananey, quien días antes del ritual del matrimonio se enemistó con Yumurí a causa de una disputa por derechos de pesca, una de las actividades primordiales en la subsistencia aborigen. El compromiso entre los jóvenes quedó, pues roto, y el padre dispuso que la joven se uniera a Canasí, otro gobernante aborigen.
Yumurí subía cada tarde a las alturas nombradas hoy Monserrate, desde donde observaba la aldea de su amada. Y decidió llevarla consigo a cualquier precio. Le avisó que el propio día de las nupcias lanzaría tres graznidos de lechuza, señal para que ella corriera a su encuentro. Así lo hicieron, pero los guerreros de Guananey se percataron de la huida y comenzaron a seguirlos.
Los amantes, acosados, se lanzaron a cruzar el río Babonao por un lugar desconocido, y se fueron sumergiendo poco a poco hasta desaparecer de la vista de sus perseguidores.
Desde ese día el río cambió su nombre y comenzó a llamarse Yumurí, al igual que el valle testigo de la tragedia.

Las dos piedras
Cuenta la leyenda que en tiempos del joven cacique Guacumao, hijo de Canimao y Cibayara, vivía una joven de belleza extraordinaria llamada Aibamaya. La joven tenía enloquecidos a los hombres del poblado de Yucayo, para quienes conquistarla era más importante que asumir las tareas que debían favorecer a la comunidad aborigen.
Cibayara había contado a su hijo Guacumao la profesía del behíque Macorí, quien auguró que de ella nacería un hombre que convertiría en piedra a una mujer que mataba por amor. Y una noche el cacique soñó que una mano gigantesca lanzaba murciélagos y con gestos le ordenaba llevar a Aibamaya hasta una de las puntas donde terminaba la bahía, lugar hoy conocido como Punta Maya.
Al despertar narró a su madre lo sucedido, y coincidieron en que era una respuesta del dios Bagua, y que la mujer se transformaría en piedra.
Guacumao llevó a Aibamaya hasta el punto indicado, y allí permanecieron por varias semanas. El amor sorprendió a ambos, y el joven cacique sintió a la vez la dicha de saberse amado y la tristeza de conocer lo efímero de su dicha.
Y desaparecieron. Nunca más se supo de ellos. Pero cuentan los pescadores que en las noches claras se ven dos rocas blancas bajo el agua del mar, que no son más que Guacumao y Aibamaya, unidos para siempre entre los linos del litoral matancero.

La India dormida
Dice la leyenda que en Yucayo, el poblado indígena que fue cuna de la ciudad de Matanzas, vivía una mujer de extraordinaria belleza llamada Baiguana. A su paso enloquecía a los hombres, quienes abandonaban la caza, la pesca y los sembrados y corrían tras siquiera una sonrisa. Baiguana fue obligada residir muy lejos de la aldea, muy lejos de la costa. Pero la distancia no era obstáculo para sus admiradores, quienes partían en su busca.
Al cacique Maguaní le preocupaba esta situación, ya que todas las actividades masculinas eran imprescindibles para el sostenimiento de la pequeña aldea. Decidió entonces dirigirse al río Canimao y desde allí hablar con sudios, Bagua, para rogarle ayuda y solución.
Días más tarde el cacique llevó de regalo a Baiguana un pescado mágico, capturado con la ayuda del dios aborigen. La joven lo comió, y se tendió a dormir entre flores silvestres que rodeaban el entorno. Nunca más despertó.
El llano en el que la india reposaba se transformó en montaña, en una elevación que conserva la figura de una mujer dormida, y que más tarde fue nombrada el Pan de Matanzas. La mujer de fuego se transformó así en mujer de piedra, y junto a la bahía constituye uno de los más singulares y conocidos atributos de la ciudad.

Canimao
Cuenta la leyenda que en el poblado aborigen de Yucayo, exactamente donde nació la ciudad de Matanzas, vivía Cibayara, hija del cacique Baguanao. Con ella sostenía amores el guerrero Canimao, pero la felicidad de la pareja desapareció al enfermar la joven gravemente.
Nadie conocía cómo curarla, y el amante acudió ante el sacerdote, el behíque Macaorí, para que los socorriera. Para su sorpresa, ya lo aguardaba. Le comunicó que Cibayara viviría y sería su esposa, pero que por ello debía pagar un precio al dios Bagua.
Ante la imagen de piedra de la deidad, Canimao juró dar su vida por la salud de la amada. Y de inmediato la enferma volvió a reír. Lo que no conocía es que había sido curada porque de ella nacería un hombre que en el futuro haría dormir hecha piedra a una mujer que mataba por amor.
Canimao y Cibayara se casaron, y festejaron que en ella creciera una semilla de hombre que sería varón, porque así lo había anunciado el behíque Macaorí. Pero el joven no olvidaba que debía cumplir su promesa al dios Bagua.
Una noche huyó de la aldea, dirigió su canoa hacia el centro del río Jibacabuya –hoy Canímar–, y de pie, lentamente, levantó su mano armada con un puñal y cayó a las aguas con el pecho abierto.
Cibayara y su pequeño Guacumao iban cada tarde a depositar flores ante el río que cambió desde entonces su nombre por Canimao, y que por una falsa interpretación de los colonizadores españoles pasó a nombrarse Canímar.