Martí y el socialismo de Cuba

Luz y Caballero

Para justificar la mezcla de tan distintas doctrinas dice Hart: “Nos orientamos por el método electivo de la tradición filosófica cubana y el postulado de Luz y Caballero: ‘Todas las escuelas y ninguna escuela: he ahí la escuela’”. Es imposible negar que esas palabras en boca de Don Pepe, hubieran sido un sólido apoyo para justificar la mezcolanza del “socialismo de Cuba”. Pero eso no fue lo que dijo Luz: su aforismo es éste: “Todos los sistemas y ningún sistema: he ahí el sistema”. No habló de “escuelas”, sino de “sistemas” que es algo muy distinto: “sistemas” lo empleó, de manera correcta, como las reglas de que se vale un análisis, mientras que “escuela” es el espacio limitado de una doctrina. Con la palabra “sistema” reprodujo ese aforismo José Ignacio Rodríguez, con el número LXXVI, en la biografía de su maestro, publicada en Nueva York en 1874; y así está, con el número 607, en el libro con los Aforismos de Luz que compiló Roberto Agramonte en 1945 para la Universidad de La Habana.

El más elemental conocimiento de la historia de las ideas en Cuba hace ver que era imposible que Luz hubiera dicho “Todas las escuelas y ninguna escuela: he ahí la escuela”. Fue eso lo que combatió en el eclecticismo de Victor Cousin, que proponía un sospechoso programa de paz a las tendencias que en su época se debatían en Francia: revolucionarios del 89, bonapartistas, jacobinos, liberales, monárquicos, la aristocracia, la burguesía, el clero; dijo en el libro Du Vraie, du Beau, du Bien (1836), de su eclecticismo, que “venía a proponer a todas las escuelas un tratado de paz puesto que la práctica de excluir no había triunfado y era necesario probar el espíritu de conciliación” (“Il vient proposer à toutes les écoles un traité de paix. Puisque l’esprit exclusif nous a si mal réussi jusqu’à présent, essayons de l’esprit de conciliation”).

El repudio de Luz y Caballero no era a la conciliación de lo que se podía conciliar, a lo que llamó “legítimo eclecticismo”, y así dijo en su refutación del de Cousin, en el Diario de La Habana, el 31 de octubre de 1839: “Conciliemos, norabuena, lo que admita conciliación. Si el eclecticismo se hubiera limitado a esta buena obra no habría tenido opositores… Es ecléctico el venerable señor [Félix] Varela, el verdadero Descartes de nuestro suelo”. Y en el número 183 de su “Elenco de 1840”, recogido en la Vida de Don José de la Luz y Caballero, de José Ignacio Rodríguez, dijo: “Tuvimos pues razón en afirmar que, por do quiera que se mire este malhadado sistema de M. Cousin, cerrando las puertas del porvenir, acaba con toda especie de ideal”. Luz se daba cuenta del peligro que en aquel momento significaba para Cuba esa tendencia al llegar a lo político, y la combatió con energía, como puede verse en su Impugnación de las doctrinas filosóficas de Victor Cousin, publicada también en 1840 y que reprodujo la Universidad de La Habana en 1946 y 1948 en su Biblioteca de Autores Cubanos.

Lo mismo que en Francia y en otros países europeos, llevaba la aplicación de esa filosofía a aceptar el status quo, en Cuba iba a justificar el despotismo español. Y es curiosa coincidencia que aparezca ahora en Cuba una defensa de esa especie de eclecticismo funcional, teñido de un laxismo casuístico, trasnochado ecumenismo, como si se quisiera con él ahogar las voces que se oponen al gobierno.

Dijo Francisco González del Valle en su libro José de la Luz y Caballero como educador (1931): “Victor Cousin hizo propaganda del llamado eclecticismo en momentos en que en Francia convenía inculcar la idea de que no debían introducirse cambios en la organización política, sino mantenerse lo existente”. Medardo Vitier, en La Filosofía en Cuba (1948), creía que “lo que más incitó a José de la Luz a combatir la filosofía de Cousin fue el optimismo histórico en que se resuelve su visión de las ideas y el progreso. Esa justificación de todo en la Historia era, no hay duda, una teoría que pronto se trasladaba de la filosofía a la política”; Vitier basaba su juicio en estas palabras del propio Luz y Caballero, que antes había trascrito: “Uno de los motivos de que el eclecticismo hallara eco en Francia fue la aplicación que de él se hizo a la política: a un pueblo cansado con la lucha de opiniones, fue alucinarle con un calmante al hablarle de conciliación”. Sobre el mismo asunto Enrique Piñeyro, alumno predilecto de Luz, concluía en su libro Hombres y Glorias de América (1903) que el eclecticismo de Cousin fue “la última, la más abigarrada, aunque la más tenue, entre las muchas vestiduras con que se cubrió la reacción europea del siglo XIX contra las teorías filosóficas del XVIII… Los desequilibrios de la política francesa y el régimen de híbrido monarquismo, de oligarquía y libertad, que se estableció al impulso de la insurrección de 1830, convirtieron a Cousin en una especie de pontífice”. Y Félix Lizaso se preguntaba en su Panorama de la cultura cubana (1949): “¿Por qué se alarmó Luz y Caballero y combatió con tanto enardecimiento la doctrina del eclecticismo de Cousin? Porque esa filosofía derivaba hacia la política, y dadas las circunstancias que prevalecían en Cuba, viviendo bajo un régimen arbitrario y despótico, tal teoría significaba la aceptación de ese régimen”.

En su deseo de acomodar con simplezas a los fundadores de la conciencia cubana con el marxismo, agrega Hart:

La tradición intelectual anterior al Apóstol nos planteó a su vez el método electivo que comporta una elección a favor de la justicia que Luz y Caballero caracterizó como el sol del mundo moral. Para la cultura cubana esto no resulta antagónico con el pensar materialista dialéctico de Marx, muy al contrario, se complementa, a partir de asumir el ideal de redención del hombre en la tierra, el más alto desde el punto de vista ético.

Con semejantes comparaciones “el pensar materialista dialéctico de Marx” va a coincidir con cualquier religión o ideología política pues todas ellas de alguna manera se proponen redimir al ser humano.

La Philosophia Electiva (1797) del presbítero José Agustín Caballero, como luego la “ecléctica” del padre Varela, está basada en la idea de Santo Tomás, que le llega de la filosofía antigua, de que era posible seguir caminos diversos en busca de la verdad, puesto que algo de ella podía haber en distintas lugares. Es sabido que “ecléctico” y “electivo” son sinónimos y tienen la misma raíz griega: eklektikos, electivaek (έΧ), fuera, y legein (λέγεζν), escoger.

Pero la selección excluía cuanto tuviera que ver con la Iglesia: como dijo Roberto Agramonte en su José Agustín Caballero y los orígenes de la conciencia cubana (1952): “Ejecuta [Caballero] la defensa de la libertad del hombre… en las cosas humanas, ya que no en las divinas, en que tal libertad está para él limitada”. Igual le sucede a Félix Varela con la Philosophie Ecclecticae (1812), también restringida por el dogma religioso: “A pesar de su recomendación del libre examen [Varela] detiene el razonamiento cuando puede peligrar la fe, ateniéndose entonces al principio divino”, como observa Rosario Rexach en El pensamiento de Félix Varela y la formación de la conciencia cubana (1950).

La fe para aquellos sublimes sacerdotes, como luego le pasó a Luz y Caballero, era “intocable”, “irreversible”, como se afirma ahora del marxismo-leninismo en Cuba, pero, a diferencia de aquellos días en que se gestaba la nacionalidad, en los que mucho se podía hacer, y se hizo, aun con esa limitación, hoy es ridículo pensar en el progreso y la felicidad del pueblo cubano mientras exista ese socialismo “irrevocable”, “irreversible” o “intocable” que reduce y condiciona al hombre. Es por eso una ironía advocar lo que sería un sano eclecticismo donde alguien posee la verdad. Es como si en los tiempos de Caballero, Varela y Luz se hubiera mantenido en todo el reinado de Aristóteles, y se hubiera declarado la escolástica también como algo “intocable”, que anula toda posibilidad de ajuste.

Carlos Ripoll

Carlos Ripoll (1922-2011) Nació en Cuba. Autor prolífico sobre José Martí y su obra. Ha ejercido como editor del Editorial Dos Rios y profesor del Queens College (Nueva York, EE. UU.). Carlos Ripoll, quien fuera en vida una de las máximas autoridades sobre José Martí, dedicó gran parte de su obra en desmontar las mentiras esgrimidas por los hermanos Castros sobre el prócer cubano.

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