Cubanos! Corría el siglo XIX, año 1815, Alejo y Pedro, dos hermanos de una de

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Cubanos!
Corría el siglo XIX, año 1815, Alejo y Pedro, dos hermanos de una de las familias más acaudaladas de la provincia, los Iznaga Borrell y protagonistas de esta leyenda de amor, poseían cientos de caballerías de tierra empleadas en el cultivo de la caña y miles de esclavos para producir y llenar sus arcas con el producto de esa inmensa producción azucarera.
Y como toda buena leyenda no podía faltar una mujer, la bella niña Juana, motivo de discordia entre hermanos. Ambos acordaron probar su amor de una manera poco inusual y decidieron competir con construcciones colosales. Alejo decidió subir construyendo una torre y Pedro decidió bajar construyendo un pozo. Claro, lo que para ellos era empeño y deseo, para los esclavos representaba cansancio de muerte, peligros, hambre, castigos y accidentes. Centenares fueron empleados en conseguir los caprichos de los dos poderosos amos, en turnos corridos. Los trabajos no se detenían por nada.

Al cabo de un año la torre había concluido, alcanzó una altura de 45 metros, la más alta de cuba y ganadora de la contienda haciendo así posible el casamiento entre Alejo y la niña Juana. Felicidad que no duraría mucho.

Cuenta la leyenda que ella le fue infiel. Alejo ciego de celos reta al chico a duelo y la leyenda termina en tragedia, lo mata y encierra a la joven en el penúltimo piso de la torre. Alejada de su casa y con el simple recuerdo que le proporcionaba la vista del paraje, doña Juana pierde la razón y muere.

Se dice por los lugareños que en algunas noches de luna llena es posible ver en los últimos niveles de la Torre Iznaga una silueta blanca vagar, como iluminada por un halo y que en las ventanas aparece un hermoso rostro de mujer de cuyos ojos caen lágrimas en forma de perlas que se deshacen en el aire. También aseguran que se escuchan los lamentos y gritos con que implora ayuda para ser liberada de su encierro.

Verdad o mentira, leyenda o historia, allí se encuentra la imponente torre en el valle de los ingenios en Trinidad, declarado Patrimonio de la Humanidad en 1988.

PD: disculparán las fotos, fueron tomadas en un viaje en diciembre del 2018.