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QUINTIN BANDERAS pertenecia a la Logia de Guaimaro. Honorado del Grado 33, el mas alto de la Logia Masonica, aqui exhibido se observan sus espejuelos, su Grado 33 y el manuscrito Masonico de luto a su memoria firmado por su mujer y hermanos masones.
El presidente Estrada Palma se negó a que le entregaran el cadáver a la viuda y cuidó muy bien de que no se le rindieran honores. Lo trasladaron al cementerio en el carro de la lechuza, que se destinaba a los pobres de solemnidad, y sobre su tumba, abierta en la tierra, no se pudo colocar su nombre. La orden del asesinato del general José Quintino Bandera Betancourt —Quintín— salió del propio Palacio Presidencial.
Corría el mes de agosto de 1906 cuando los liberales se alzaron contra el gobierno de don Tomás. El glorioso mambí tenía entonces 73 años de edad y a su casa de la calle Esperanza entre Suárez y Factoría, en La Habana, fue a buscarlo el comandante Desiderio Piloto, uno de sus ayudantes en la manigua. No lo pensó dos veces. Caminó hasta el café Marte y Belona para beber una copita de ginebra y desde allí, en coche, partió a la guerra, la llamada guerrita de agosto. Participó en el asalto del tren Habana-Guanajay y en requisas de armas y víveres en las zonas de El Cano, Wajay y Arroyo Arenas, y al considerar fracasada la revuelta procuró un salvoconducto que le permitiera volver junto a su familia o salir de la Isla. Aguardaba por el documento cuando una partida de la Guardia Rural, mandada por el capitán Ignacio Delgado, a quien Bandera ascendió durante la guerra del 95, le dio caza en la finca de Manuel Silveira, en Arroyo Arenas. Fue horriblemente macheteado.
¡TE ÑAMABAS!
Dos veces lo degradaron y las dos volvió a recuperar sus estrellas de General. Combatió en las tres guerras de independencia y estuvo junto a Maceo en la Protesta de Baraguá. Fue albañil y marinero y aprendió a leer y a escribir cuando frisaba los 50 años. Se dice que en plano personal podía mantener amistad sincera con un español, pero era implacable con los cubanos que servían a España. De ahí el célebre diálogo que sostenía con los traidores: ¿Cómo te ñamas? ¡Te ñamabas!
En 1895 Maceo le confía la jefatura de la infantería de la columna invasora y en ese mismo año Gómez lo designa al frente de la Primera División del Cuarto Cuerpo de Ejército que abarcaba los distritos de Sancti Spíritus, Remedios y Trinidad. Se desplaza después hacia la región de Sagua la Grande hasta reencontrarse con Maceo en Matanzas. Después del ataque a Batabanó cruza la trocha de Mariel a Majana para sumarse a la segunda campaña de Pinar del Río. Allí Maceo lo destituye, pero Quintín continúa combatiendo y Maceo se ve obligado a felicitarlo por el éxito de su ataque a San Cristóbal. Entre el 18 de marzo y el 13 de junio de 1896 interviene en unos 11 combates de significación.
Otra vez vuelve a designársele jefe de la Primera División del Cuarto Cuerpo, con la misión de reagrupar tropas en la zona villareña y conducirlas a occidente. Cruza de nuevo la trocha y se asienta en la región de Trinidad, pero Calixto García le encomienda crear la División de Voluntarios de Oriente para que operara con ella en la parte occidental del país. Con cien orientales de infantería, Quintín cruza la trocha de Júcaro a Morón el 23 de marzo de 1897 para establecerse nuevamente en Trinidad y se niega a trasladarse a su destino hasta que no se le suministren los pertrechos que estima necesarios.
Por eso, en julio, Gómez lo destituye y un consejo de guerra lo procesa por desobediencia, insubordinación, sedición e inmoralidad entre otras razones por sus manifestaciones abiertas contra los jefes y su carácter mujeriego. Se le priva de todos sus derechos políticos y militares, pero se le permite mantener una escolta de 12 hombres y dos ayudantes, con los que sigue peleando por su cuenta. Concluyó la guerra en calidad de jefe excedente y con grados de General de División.
SIN EMPLEO
En la paz Quintín Bandera fue víctima de la discriminación y el desempleo. Pidió en cierta ocasión ayuda a Estrada Palma y el mandatario quiso librarse de él con cinco pesos que el bravo guerrero rechazó indignado.
Enterado del incidente el jabonero Sabatés dispuso que cada vez que el General pasara por las oficinas de su fábrica se le entregara un luis de oro. Pero Quintín, que tenía cuatro hijos que mantener, quería trabajo y no limosnas, y Sabatés tuvo que decirle que para su alta jerarquía era inapropiada la única plaza disponible en su establecimiento, la de sereno.
Otro jabonero, Ramón Crusellas, acudió en su auxilio. Lo contrató como propagandista de sus productos, y se asegura que Quintín andaba contento por La Habana con la promoción de los artículos de Crusellas, mientras que, “para ilustrarme”, decía, asistía a la academia del después periodista Miguel Ángel Céspedes. En eso lo sorprendió la guerrita de agosto.
ASESINATO PREMEDITADO
Tras combatir en Arroyo Arenas, Quintín acampó en las inmediaciones de la laguna de Ariguanabo. Su campamento fue dispersado por la Guardia Rural y el General, a fin de no ser apresado, se tiró al agua y permaneció en ella hasta la retirada del enemigo. Decidió entonces separarse de sus ayudantes de siempre, Piloto y Evaristo Estenoz, y en compañía de cuatro hombres buscó la finca de Manuel Silveira. Este simpatizaba con los liberales, pero el encargado de su predio no mostró entusiasmo alguno con la presencia de los sublevados. El encargado dijo que iría a La Habana y Quintín, desoyendo a sus acompañantes que le recomendaron no lo dejara salir, le confió una carta en la que pedía a Silveira que le gestionara el salvoconducto.
Silveira llevó la carta a Palacio, pero don Tomás, deseoso del escarmiento, ordenó que se copara al viejo mambí y las tropas fueron conducidas por el encargado de la finca.
Quintín las vio acercarse y pensó que le traían el salvoconducto, mientras que sus compañeros lo dejaban solo y buscaban refugio donde podían; dos debajo del piso de la casa de vivienda y los otros en unos matorrales cercanos. La avanzada de la Guardia Rural se acercó al General y quedó paralizada ante su figura venerable. Dijo Quintín, sonriente:
—¡Muchachos, esto se acabó! Yo sabía que ustedes venían a buscarme con el papel del gobierno. ¡Yo tengo muchos amigos!
En eso se acercó el capitán Delgado e increpó a sus hombres por no haber cumplido las órdenes que llevaban. Cuando los rurales sacaron sus armas Quintín Bandera comprendió que sus minutos estaban contados.
—¿Van a matarme así? —dijo y buscó con la vista, como quien espera ayuda, a los hombres ocultos en la casa.
Sonó un tiro y el General se desplomó. Entonces lo machetearon. De un solo tajo le arrancaron de raíz la oreja izquierda. Igual muerte tuvieron los dos hombres que buscaron refugio en la vivienda.
El propio día de los hechos aseguraba el periódico La Lucha: “Marianao, 6 am. Acaba de llegar el capitán Delgado conduciendo el cadáver de Quintín Bandera y dos más. En Palacio ha causado un magnífico efecto dicha noticia, dirigiéndose a Columbia, inmediatamente de conocerse el hecho, los secretarios de Hacienda y de la Presidencia, y el general Boza. Efectuaron el viaje en automóvil…”
Diría el general Enrique Loynaz del Castillo, otro de los sublevados de la guerrita de agosto, que al saberse de la muerte de Quintín personeros del gobierno comentaron: Ese no pasa más trochas.
EL CAPELLÁN
Solo un carruaje siguió al carro de la lechuza en su recorrido hasta el cementerio de Colón. Lo ocupaba la viuda de Quintín. Felipe Augusto Caballero, capellán de la necrópolis, le dijo: Vuelva pasado mañana; tendré algo para usted. Cuando la señora acudió a la cita, el cura la llevó al lugar donde inhumaron al guerrero y se había colocado una cruz en la que se leía: E. P. D. Felipe Augusto Caballero. El sacerdote quiso evitar así que los restos de Quintín Bandera fueran profanados o se perdieran .





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