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Casi se podría decir que hay en la capital de Cuba una escultura que da la bienv

Casi se podría decir que hay en la capital de Cuba una escultura que da la bienvenida a quienes llegan a la ciudad por la bahía habanera. El Cristo de La Habana parece que bendice a la ciudad y lo ha hecho por más de 50 años. Su autora es la escultora cubana Jilma Madera. Y aunque muchos quisieron que se pareciera al Cristo de Rio de Janeiro en Brasil, este tiene peculiaridades muy propias de los cubanos.

No necesitó la cubana Jilma Madera un modelo específico para esculpir esta colosal obra conocida como el Cristo de La Habana. En más de una ocasión, dijo que se inspiró en su propio ideal de belleza masculina que era en esencia, un hombre de ojos oblicuos y labios carnosos, Su rostro, sobre todo sus labios, los copié de un amor que tuve en París, era un árabe estupendo, era bello y fuerte, no sé qué será de él, pero para mí es mi Cristo, (…) " palabras de Jilma Madera(escultora), una entrevista realizada por la periodista Susana Tesoro (1987).

Pero por qué se decide situar un Cristo en La Habana?¿En que se asemeja y diferencia del Cristo de Río de Janeiro? Hoy le contamos parte de esa historia…

Todo comenzó por una promesa que supuestamente sería la salvación de un hombre. Pero la historia diría que una semana después de la colocación de la escultura, el destino de esa persona se iría a bolina y la habana como toda cuba, tendría un nuevo comienzo. Ese hombre era Fulgencio Batista y se dice que tras el asalto al Palacio Presidencial el 13 de marzo de 1957, la primera dama Martha Fernández Miranda, prometió levantar una imagen de Cristo que pudiera ser vista desde cualquier punto de la ciudad si su esposo lograba salir con vida. A raíz de este pronunciamiento, se le hace el encargo a la escultora Jilma Madera.

Inicialmente, muchos quisieron que la obra tuviera 35 metros de alto, tres más que el Cristo Redentor de Rio de Janeiro. A lo cual se opuso Jilma debido a la poca elevación de la colina de La Cabaña donde se había decidido colocar el Cristo de la Habana. Tras varias discusiones, se decidió que tuviera veinte metros de alto. El proceso de construcción de las piezas fue en Italia y una vez terminado, todo se trae a la habana, con la bendición del Papa Pio 12.

Las obras de montaje comenzaron en septiembre de 1958 con el trabajo de 17 hombres y una grúa y concluyeron el 25 de diciembre de 1958, con la presencia del propio Batista y a solo una semana del triunfo de la Revolución Cubana. La estatua de 20 metros se levantó sobre una base de tres metros, su altura se eleva a 51 metros por encima del nivel del mar, se utilizaron 600 toneladas de mármol blanco de carrara, está formada por 67 piezas que se unen en el interior y tiene un peso de 320 toneladas.

El Cristo de La Habana tiene los ojos vacíos y así lo concibió su autora para dar la impresión de que mira a todos desde cualquier lugar. Sus pies llevan unas chancletas, idénticas a las que calzaba Jilma y se dice que en la base de la figura, la escultora enterró objetos de la época como periódicos y monedas.

Sin embargo y pese a numerosas previsiones, un elemento fue obviado. La escultura estaba al aire libre y a una altura significativa, sin embargo no le fue colocado un pararrayos y por supuesto los daños no tardarían en llegar. En 1961, un rayo impactaba y perforaba la cabeza de la escultura. Por suerte Jilma había traído un bloque extra de Italia que se utilizó para reparar la parte afectada. Una reparación que duró cinco meses. No obstante en 1962 y 1986, fue afectado por otras descargas hasta que fue ubicado finalmente un pararrayos.

Ha tenido más de una restauración y fue en 2013 que le fue otorgado al esquipo de trabajo el premio Nacional de Restauración. Y 2017, por los excepcionales valores artísticos y ser icono en la identidad capitalina, se declaró Monumento Nacional



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