Hola amigos saludosaquí les traigo la increíble historia del famoso vino q tomab

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Hola amigos saludos🙋‍♂️aquí les traigo la increíble historia del famoso vino q tomaban muchísimas personalidades ,incluso hay quienes afirman q era el preferido de JOSE MARTI. Sin más:

MARTI Y EL VINO MARIANI.🍾🍷

Vino Mariani, la bebida compuesta de cocaína que adoraban el Papa León XIII, Thomas Edison y Verne Puede alargar la vida humana cien veces»
El Vin Mariani gozó de un éxito casi instantáneo desde que se puso a la venta, especialmente entre los intelectuales , que agracedían sus propiedades analgésicas, estimulantes y antidepresivas. Se tiene constancia de que fue consumido por personajes de la talla de Julio Verne , Conan Doyle, William McKinley, Émile Zola, Ulises S. Grant P., el zar Alejandro II, Louis Blériot, José Martí, Paul Verlaine, Sigmund Freud, Thomas Edison, los hermanos Lumière, la Reina Victoria y, lo que resulta más insólito, por el Papa León XIII.
Los efectos de la cafeina segun expertos se acercan a la de los efectos de la cocaína. En su defensa de esta droga, en Uber Coca, Sigmund Freud dijo que con ella se lograban “una alegría y euforia prolongadas que en nada se diferenciaban de la que podía experimentar una persona saludable.
Se llega a sentir un aumento del control de sí mismo y mayores fuerzas y capacidad de trabajo”. Y añadía: “Bajo los efectos de la cocaína, se pueden realizar trabajos físicos y mentales sin fatiga, y se siente como si desapareciera la necesidad normal de comer y dormir. He experimentado ese efecto en mí, la desaparición del hambre, del sueño y de la fatiga; y la energía que se adquiere en los esfuerzos mentales es una docena de veces superior a la normal”.
Según el testimonio de quienes lo conocieron, Martí tomaba, por lo menos en sus últimos años, un vino preparado con coca: era el vino Mariani, muy popular en sus días. De esta costumbre y de su gran capacidad para el trabajo, dijo su amigo médico Fermín Valdés Domínguez: “Su enfermedad era la anemia, como consecuencia del exceso de trabajo. No pensaba ni se preocupaba de la alimentación. Su vida era una labor constante y el constante movimiento, y el trabajo abrumador. Las noches eran para Martí como los días. Jamás un momento de descanso y, para esto, a veces desfallecido, pero siempre en acción. Era su comida una copa de vino de coca de Mariani”. Y Enrique Collazo, también muy cerca de Martí en sus últimos tiempos, hizo una descripción sobre la actividad y resistencia de Martí, similar a la anterior: “Martí era un hombre ardilla; quería andar tan de prisa como su pensamiento, lo que no era posible, pero cansaba a cualquiera. Subía y bajaba las escaleras como quien no tiene pulmones. Comía poco o casi nada; días enteros se pasaba con vino Mariani”. Y otros testigos confirman a éstos: Bernardo Figueredo, el hijo del coronel Fernando; Vargas Vila, el escritor colombiano; y Horatio Rubens: “There came a period”, dijo éste, “when Martí could not spare the time to dine. He would have a glass of wine tonic by himself, and a bite of bread, writing as he took them and sometimes not going to bed until after daybreak…”
Los incas masticaban hojas de coca mucho antes de la llegada de Francisco Pizarro al Perú, pero los españoles condenaron la práctica como si fuera una herejía por considerarla un pacto con el diablo; más tarde, sin embargo, cuando vieron que la prohibición disminuía en los indígenas el rendimiento del trabajo, toleraron su uso. Demoró mucho Europa en conocer las ventajas terapéuticas de las hojas de coca, hasta mediados del siglo pasado, cuando el naturalista suizo, Von Tschudi, visitó el Perú, se enamoró de la cultura incaica, se acostumbró a la coca y, en los círculos científicos europeos, defendió su uso. Poco después se logró aislar el alcaloide, y se empezó a usar la cocaína como anestésico, como estimulante y para combatir la adicción a la morfina.
Se ha estimado que el consumo de varios millones de indios que aún mascan la hoja de coca en los Andes, es de unos 30 centigramos cada vez que la usan (nunca todos los días), lo que no está lejos del consumo diario de un drogadicto normal. Freud logró los efectos antes descritos con cantidades menores, unos 10 centigramos. Mariani, por supuesto, nunca reveló la fórmula de su vino, pero, de acuerdo con recetas caseras del vino de coca (más concentrado que el elixir y menos que la tintura), éste se preparaba con unos 100 gramos de hojas por cada litro de bebida y, como la proporción de cocaína en la hoja es inferior al 1%, puede calcularse que cada copa de vino Mariani tenía entre 10 y 15 centigramos del estimulante.
Desde nuestra perspectiva sorprende el fácil consumo de cocaína en los tiempos de Martí, pero hay que tener en cuenta que entonces era una práctica recomendada por la mayoría de los médicos. El papa León XIII tomaba vino Mariani, y con él pudo resistir sus años de retiro ascético, por lo que le dio medalla de oro como benefactor de la humanidad a quien lo había inventado, al comerciante corso Angelo Mariani. Y también lo tomaron la reina Victoria, el presidente norteamericano William McKinley, la actriz Sarah Bernhardt y el sabio Thomas Edison. En la etiqueta del vino Mariani se podían ver las numerosas recomendaciones del producto: como alimento, reconstituyente, refrescante, digestivo y estimulante muscular y del cerebro; y para fortalecer el sistema nervioso, e impedir la malaria y la influenza. En el libro que publicó Mariani en 1892, en Nueva York, con el título de Coca and its Therapeutic Application, explicando las ventajas de su vino, relaciona más de tres mil médicos que lo recomendaban en este país. Por el éxito económico de Mariani, un fabricante de píldoras para el hígado, John S. Pemberton, de Atlanta, preparó en 1886 un sirope a base de cocaína, cafeína y teobromina (de la cola) que servía para preparar refrescos. De este sirope nació la Coca-Cola, que imitaron otros industriales en la Kica-Cola, Cafe Cola, Roco Cola y en una docena más de productos semejantes con diversos contenidos de dichos alcaloides. En aquellos días una onza de cocaína costaba sólo dos dólares, por lo que el refresco de cocaína lo podían comprar hasta los niños por cinco centavos. Y fue tal el consumo que, a instancias de los sureños que temían a la población negra, en 1906 la Pure Food and Drug Act prohibió su venta. La cocaína subió entonces en la escala social: en “Anything Goes”, de Cole Porter, que aunque estrenada en 1934 presenta la vida de la aristocracia en los años 20, la canción más gustada de la comedia musical, “I get a kick out of you”, decía: “I get no kick from cocaine/I”m sure that if/I took a sniff/It would bore me terrifically too/But I get a kick out of you”.
En los tiempos de Martí no se consideraba peligrosa la cocaína, que se compraba casi como hoy una caja de cigarrillos. El opio era la “droga mala”, y Martí criticó la tolerancia en Nueva York con ese vicio:”La policía, que sabe cerrar los ojos, y volver la espalda, y padece de gota serena, porque tiene los ojos abiertos y no ve, deja el garito encendido, las niñas ebrias, y rico y libre al chino mefítico”; y aplaude la labor de la prensa denunciando el mal:
Cazadores están pareciendo ahora los periodistas: azuzan a los policías de ojos perezosos, los escarnecen, los empujan a las puertas por donde se entra en la casa de opio, sorprenden a las pobres mozas de trabajo, que con ojos opacos y gruesos vienen a vaciar en las manos del chino, en pago de la negra pipa de opio, que las lleva a otros mundos, la porción del jornal que espera en vano la madre afligida. Allá va el periodista, tras de un coche que pasa con lacayo y librea, lleno de damas ricas que buscan la casa odiosa, a que el opio las lleva.
EL HACHÍS
Martí tomaba el “vino Mariani, hecho de coca, la planta reconfortante del Perú“, como lo describió, para cumplir los compromisos de su agitada vida, según lo que llega hasta nosotros, nunca como narcótico o por los efectos alucinantes de la droga. Para él no era más que un tónico, pero es imposible, por supuesto, determinar cuánto de sus metáforas y giros de frases en sus cartas, artículos y discursos deben algún destello al estupefaciente; basten estos ejemplos: le escribe a Serafín Sánchez, a fines de 1893, sobre la urgencia de la actividad revolucionaria: “Lo que importa ahora es andar a paso de luz, y que cada diente encaje en su ranura…”; y a Federico Brunet, en 1894, sobre el mismo asunto: “…no hay tiempo ahora para ponerse oro en los dientes…”; y a Fernando Figueredo, a principios de 1895, después del fracaso de Fernandina: “…tallo en la roca y la mar mi caballo nuevo, cuando me desensillan de una puñalada el caballo…”; y a fines del año anterior, al mismo Serafín Sánchez, preocupado por la recaudación de fondos para la guerra, le hizo esta singular confidencia: “Si me dan diez mil pesos para la revolución, salgo desnudo en mulo…”
La cafeína sí la asoció Martí con la producción literaria: en uno de sus elogios al café explicaba: “Brota el verso a medida que lo sorbo; aquí para una tragedia poderosa y terrible. Trae seno de montaña, palabra de terror, y pies de trueno. Luego dispongo un acto dramático, hervor perenne, y pertinaz presencia de un tipo permanente que habré de hacer eterno en el teatro”. Del gas hilarante, usado en su tiempo no sólo como anestésico sino también contra la depresión, hay prueba de que lo conoció Martí: en una nota a Mercado le dice:
Apenas puedo, como el duque español, mover el pensamiento ni la pluma: Acabo de tomar, so pretexto de que la excitación del dolor me haría demasiado daño, ese “gas de reír” para sacar muelas, que me ha dejado trastornado. Pero el pensar en lo que me quiere, y el placer de decirle cómo se lo pago, me vuelve en mí.
También a la mariguana, al “haschisch”, como lo escribía él, en francés, le cantó su poder, si no directamente relacionada con la creación poética, como estímulo de la imaginación. Charles Baudelaire lo consideraba superior al opio puesto que con el hachís se podía lograr la confusión de los sentidos, la sinestesia, tal como la presenta en sus “Correspondances”: “…Vaste comme la nuit et comme la clarté/Les parfums, les couleurs et les sons se répondent…”
En una ocasión, hablando Martí del cuento “Barberine”, de Alfred de Musset, dijo que su estilo “serpea, como arroyuelo, ondea como humo de haschisch, fragante y azuloso, sonríe, retoza, saluda, brilla, quema”. No estuvo en esto tampoco fuera de su época: muchos escritores del siglo XIX experimentaron con los estimulantes para conocer sus efectos. Los dos hitos de esa costumbre romántica son las Confessions of an English Opium Eater, de Thomas De Quincey, y los Paradis Artificiels, de Baudelaire. Entre otros escritores del siglo de Martí, usaron estupefacientes Elizabeth Barrett Browning, Walter Scott, Samuel T. Coleridge, John Keats, Arthur Conan Doyle y Charles Dickens; y entre los franceses tantos artistas los usaban, que se creó en París el “Club des Haschischins”, en la calle de Saint Louis, que describió Théophile Gautier, y al que acudían músicos, pintores y poetas para hablar de sus experiencias con el hachís y el opio: “L’opium agrandit ce qui n’a pas de bornes,/Allonge l’illimité,/Approfondit le temps, creuse la volupté,/ Et des plaisirs noirs et mornes/Remplit l’âme au-delà de sa capacité…”
Entre los más antiguos enajenantes que conoce la humanidad están el alcohol y el hachís. Hay testimonios de que éste se empleaba con fines medicinales tres mil años antes de Cristo; y también con propósitos terapéuticos (como desinfectante, analgésico y soporífero) se usaba en los Estados Unidos hasta que se prohibió por la Marijuana Tax Act, de 1937. El hachís debe su nombre al jefe de los Asesinos, Hasan-i-Sabah, una banda de terroristas que lo consumía antes de la primera cruzada, y era para los musulmanes lo que el opio para los chinos. Por lo general, en Africa, Asia y Europa, se comía, y en América se fumaba. La mariguana la producen las flores desecadas de una planta de la familia de las canabináceas, Cannabis Indica, que se da silvestre en casi todos los climas.
A poco de su llegada a México, en 1875, Martí publicó en la Revista Universal, su poema “Haschisch”, prueba evidente de lo aceptable y común que era su uso entre los habitantes del país. Son estos versos una combinación de los efectos del hachís y los del amor, que se le confunden, como hizo Baudelaire en algunas de sus composiciones: comienza con un elogio de la mujer árabe y de la pasión amorosa:
Viven en aquellas
Magníficas doncellas
Las trovas no escuchadas,
Las horas no sentidas
Y lágrimas de amor aún no lloradas,
Y fuentes de hondo amor aún no sabidas […]
La vida es el amor. Donde hay amores
Del tibio sol y arábigas arenas,
Hasta al desierto mismo nacen flores
Con palmas leves de murmullo llenas.
Y después de ese milagro sigue una especie de contrapunto entre hachís y el amor:
Chimenea encendida
Al frío corporal vuelve la vida:
También de un beso al fuego,
El muerto de vivir, renace luego.
Admira luego al árabe que recurre al estimulante en su tristeza, pues, “si llora,/Al fantástico haschisch consuelo implora”. Y lo elogia, y describe sus efectos de la siguiente manera:
El haschisch es la planta misteriosa,
Fantástica poetisa de la tierra:
Sabe las sombras de una noche hermosa
Y canta y pinta cuanto en ella encierra.
El ido trovador toma su lira:
El árabe indolente haschisch aspira.
El árabe hace bien, porque esta planta
Se aspira, aroma, narcotiza y canta […]
Fiesta hace en el cerebro,
Despierta en él imágenes galanas;
Él pinta de un arroyo el blando quiebro,
Él conoce el cantar de las mañanas […]
Sabe el misterio del azul del cielo,
Sabe el murmullo del inquieto río,
Sabe estrellas y luz, sabe consuelo,
¡Sabe la eternidad, corazón mío!
Y concluye que “el árabe es un sabio” porque “cobra a la tierra su terrenal agravio”. Pero, en definitiva, en la última estrofa, Martí revela que, a pesar de los encantos de la “poetisa de la tierra”, de la “planta trovadora”, del “buen haschisch”, un beso de mujer es la mejor recompensa.
¡Amor de mujer árabe! despierta
Ésta mi cárcel, miserable muerta:
Tu frente por sobre mi frente loca:
¡Oh beso de mujer, llama a mi puerta!
¡Haschisch de mi dolor, ven a mi boca!
En un Cuaderno de Apuntes de sus días centroamericanos, dejó sin terminar una composición en la que alude a los tres estimulantes principales de que se ha hablado en estas páginas: el café, el vino y el hachís; se refería al “Alma reina… que dentro del cuerpo vaga”, y le dice:
…Espíritu que vibra
En la nudosa fibra
De la caliente vid;—en las azules
Espirales del haschisch,—en la rica
Espuma del cafeto,—que salpica
De mariposas de oro la bullente
Sangre del hombre…
Como se ha podido ver, por nada de lo dicho disminuye la estatura de Martí, todo lo contrario, más nos asombra su dimensión las inquietudes de su espíritu, por su potencial de vida. En otro de sus Cuadernos de Apuntes dejó escrita esta extraña confesión: “Yo sé lo que siente una margarita que se la va a comer un caballo”. Ya hace falta cierta imaginación para saber lo que siente un caballo que se va a comer una margarita, pero tener la capacidad de saber lo que siente la flor en situación tan difícil requiere una sensibilidad excepcional. Con el peso de ella, y al impulso de ella, Martí vivió hasta convertirse en un paradigma humano. En una metáfora que bien se aplica a su biografía, resumió su visión del vivir: “Un águila no anda a trote, y ésa es la vida: hacer trotar un águila”
El vino Mariani Se comercializaban hacia principios de siglo XX al menos 69 bebidas con cocaína, entre ellas la Coca-Cola, por considerar que este narcótico tenía efectos terapéuticos
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La cocaína fue en sus orígenes una sustancia a la que se le atribuía una infinidad de propiedades terapéuticas. Cuando en 1860 fue aislada por el químico Albert Nieman de Göttingen, una corte interminable de farmacéuticos, curanderos y vendehumos se lanzó a proclamar los beneficios de la cocaína . Uno de ellos fue Angelo Mariani, que en 1863 creó una bebida que contenía, sobre todo, vino y extractos de hoja de coca. No podía imaginar su inventor que la Vin Mariani iba a causar furor entre algunos de los intelectuales, científicos y líderes más importantes de finales del siglo XIX.

El extravagante químico de Córcega Ange-François Mariani desarrolló esta bebida tónica, realizada con vino de Burdeos y extracto de hojas de coca (luego simplemente con cocaína), inspirado a su vez por el «elixir de coca Lorini». La mezcla que contenía la bebida producía un efecto estimulador del sistema nervioso central similar al de la cocaína sola, pero que además se veía potenciado por un tercer compuesto llamado etilencoca, producto de la reacción entre un metabolito de la cocaína y el etanol. Su creador sostenía que prevenía la malaria, la gripe y «otras enfermedades devastadoras», y que, gracias al alcohol, se neutralizaban los efectos más agresivos de la cocaína.

«Puede alargar la vida humana cien veces»
El Vin Mariani gozó de un éxito casi instantáneo desde que se puso a la venta, especialmente entre los intelectuales , que agracedían sus propiedades analgésicas, estimulantes y antidepresivas. Se tiene constancia de que fue consumido por personajes de la talla de Julio Verne , Conan Doyle, William McKinley, Émile Zola, Ulises S. Grant P., el zar Alejandro II, Louis Blériot, José Martí, Paul Verlaine, Sigmund Freud, Thomas Edison, los hermanos Lumière, la Reina Victoria y, lo que resulta más insólito, por el Papa León XIII.

El Pontífice recordado por ser uno de los más longevos, viviendo hasta los 93 años, se reveló uno de los principales valedores de una bebida que podía contener en cada vaso de 35 a 70 miligramos de cocaína, el equivalente a una «raya» actual. Además de prestar su imagen para la etiqueta y varios carteles promocionales, León XIII concedió una medalla de oro al inventor, en reconocimiento a la capacidad de esa bebida para «apoyar el ascético retiro de Su Santidad».

En este sentido, el presidente de EE.UU. Ulises S. Grant bebía –por recomendación del escritor Mark Twain – una cucharadita de vino de coca con leche cada mañana para mantener a raya el cáncer de garganta que padeció en sus últimos años de vida. Pues, según Julio Verne, esa bebida «puede alargar la vida humana cien veces».

La cocaína curaba, según un artículo del «New York Times», la fiebre del heno, el catarro, el dolor de muelas y los mareos
Mariani elaboró otros muchos elixires, pastillas e infusiones que empleaban la coca como ingrediente principal, como el té de coca y la Pasta de dientes a la coca. De hecho, cultivaba la planta en su propio huerto, instaló un «Santuario de Mama Coca» en París, coleccionaba artefactos incas relacionados con su consumo y amasó una fortuna a su costa. Y no era él único, ni mucho menos, que creía en las utilidades terapéuticas de la cocaína. Como explica José A. García-Rodríguez y Carmen López Sánchez en «Medios de comunicación, publicidad y adicciones», el 2 de septiembre de 1885 el «New York Times» se hizo eco de las propiedades supuestamente beneficiosas de la cocaína, que curaban, según el artículo, la fiebre del heno, el catarro, el dolor de muelas y los mareos.

El mundo se da cuenta de los peligros
Siguiendo la estela de la bebida de Mariani, se comercializaban hacia principios de siglo XX al menos 69 bebidas con cocaína, entre ellas la Coca-Cola . Un boticario de Georgia, J.S. Pemberton la distribuía para tratar los dolores de cabeza, la histeria, la melancolía y con fines tónicos. Su fórmula no dejaba lugar a la duda sobre la presencia de esta droga: hojas de coca, nueces africanas de cola y una pequeña cantidad de cocaína, todo ello en forma de jarabe carbónico azucarado.

Su nombre tampoco dejaba interrogante alguna sobre cuál era su fuente de inspiración. En 1885 se registró con el nombre de «French Wine of Coca Ideal Tonic» y se acotó su mercado a intelectuales y artistas, de la misma forma que había hecho Mariani con su vino.

Se cree que es el primer cupón de Coca-Cola, en 1888, para ayudar a promover la bebida
Se cree que es el primer cupón de Coca-Cola, en 1888, para ayudar a promover la bebida
Pemberton vendió la patente a A. Grigs Candler, fundador de Coca Cola Company, que se vio obligado a suprimir la dosis de alcohol con la llegada de la Ley Seca al Estado de Georgia, añadiendo nuez de cola, esenciales de agrios y agua gasificada. En 1909, asimismo, tuvo que sustituir cocaína por cafeína debido a la corriente crítica contra este euforizante. Los testimonio de adictos y las familias perjudicadas empezaron a calar en la opinión pública y en los sectores más conservadores, que desecharon esta sustancia como propia de «negros adictos y de unas pocas mujeres» .

El Vin Mariani se prohibió en 1914, poco antes de la muerte de su inventor, cuando se iban conociendo con más detalle los graves efectos adictivos y perjudiciales de la cocaína. Sigmund Freud , que solía presentar la nariz roja y húmeda en otro tiempo, dejó de tomarla en 1896, a la edad de 40, al experimentar taquicardias y ver mermada su capacidad intelectual. Hasta pocos años antes se había dedicado a recetarla a diestro y siniestro para «convertir los días malos en buenos, y los buenos en mejores solia afirmar😳😮