BOLA DE NIEVE un apodo que fue certero golpe de marketing de Rita Montaner.

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BOLA DE NIEVE un apodo que fue certero golpe de marketing de Rita Montaner. No sabemos qué estaba pensando Bola de Nieve la noche antes de llamarse para siempre Bola de Nieve. Pero sabemos que, cuando lo llamaron así, no le gustó.
Era el 3 de mayo de 1933 y el Coliseo Politeama quería organizarle un homenaje a Rita Montaner después de dos intensos meses en que la cantante cubana y su compañía cumplieran una exitosa gira por teatros y centros nocturnos de Yucatán y Veracruz. Pero Rita de repente padeció una disfonía y decidió echar mano de su pianista acompañante.
A los 22 años, Ignacio Villa era una suma de chapucerías que, si llegaba a triunfar en el mundo del espectáculo, solo podría debérselo a su exotismo. Negro, rechoncho, cabezón. Le faltaba un mote gracioso, y estaban a punto de encasquetárselo.
Rita le pidió que se vistiera de guarachero e Ignacio –todavía Ignacio– se negó. Luego lo empujó a escena y lo anunció con sutil malicia. Probablemente necesitaba un sustituto que hiciera los deberes, no un rival de sus mismas cualidades artísticas, por lo que se apuró en estereotiparlo. Igual fue un certero golpe de marketing.
–Ella lo presentó con tono de burla, pero la burla le salió mal –dice Raquel Villa, hermana de Bola–. De todas maneras, él siempre se lo agradeció, porque fue su debut, causó sensación, y Rita lo ayudó como pocos.
Bola, fiel a lo que esperaban de él, inició con “Bito Manué, tu no sabe inglé”, una de las cancioncillas que el fuerte movimiento cubano de poesía negrista de los treinta había puesto de moda. Luego siguió con “No dejes que te olvide”, tema suyo que ya había estrenado en la radio mexicana y que el público coreó con deleite.
Este debut que parece más o menos ordinario se complica si sabemos, como ya se sabe, que a Bola de Nieve también lo aquejaba una disfonía, pero más complicada. Durante cuarenta años se las arregló para, literalmente, cantar sin voz.