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La Marquesa y el Emperador Entre los personajes populares habaneros gente como

La Marquesa y el Emperador
Entre los personajes populares habaneros gente como la marquesa y Antonio Álvarez, Valeriano I, su majestad el emperador del mundo, aparecen con frecuencia en la prensa de su tiempo y los entrevistan tanto en la revista Bohemia como en Carteles.
Del Emperador, un negro viejo y andrajoso, envuelto en un capote militar y con el pecho constelado de medallas, se dice que combatió en la Guerra de Independencia y que peleó en Etiopía contra el invasor fascista italiano. Se enorgullecía de haber vencido al duque y de no haber pasado factura a la República, pues luchó por la libertad de Cuba por patriotismo y no por interés, de ahí que no aceptara, decía, la pensión de veterano a la que tenia derecho. Aseguraba que tomaría el control del Parlamento Federal Mundial en una ceremonia que tendría lugar en la Ciudad Militar de Columbia. Su programa era un plan de salvación que contemplaba la paz duradera en la península coreana, la creación de nuevos empleos con grandes salarios y la eliminación de males que corrompían a la humanidad, como la corrupción. En fin, un programa de paz, trabajo y progreso que acometería con «decencia y buena educación cristiana».
Ataviada siempre con sombrero y cartera, Isabel Veitía y Armenteros, la Marquesa, imploraba la caridad en la calle de una manera tan dulce que pocos le negaban su ayuda. A cambio de un billetico verde, se dejaba fotografiar por los turistas no sin antes identificarse como lo que creía ser. «Billetes, solo billetes, decía. Yo soy una marquesa y mi condición no me permite aceptar monedas». Su madre había estado al servicio de una marquesa e Isabel «heredó» el título.
Se consideraba la mujer más popular de La Habana y detestaba al Caballero de París, «que no es de París ni caballero». Afirmaba no ser negra, sino de un color oscuro subido. Poco le importaba porque a su juicio la nobleza de la sangre nunca ha estado en el color de la piel. Sus antepasados fueron reyes en África y se proclamaba la única marquesa legítima que quedaba en Cuba. Pese a eso existían lugares donde no la dejaban entrar y hasta amenazaban con llamarle a la policía. Sucedía así en el restaurante Toledo y en el café Vista Alegre. Y había dos sujetos, españoles ambos, que decían haber comprado para ella terrenos en el cementerio. Comentaba la marquesa a un periodista de Bohemia: «Ya ve, soy una mujer feliz. Ya tengo dos parcelas en Colón… Nada, que hasta me entran ganas de morirme, pero, eso sí, póngame una sidra y una cajetilla de cigarros rubios. Yo siempre como, fumo y bebo de lo mejor».


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