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Ambas figuras imprescindibles dentro de la música cubana, una y otra, por obligación deben ser siempre recordadas, debido a su trascendental importancia histórica…

Por. Henry Puente.

Ela O’ Farrill, fue una compositora y guitarrista cubana, quién nació un 28 de febrero 1930 en la ciudad de Santa Clara, convirtiéndose muy pronto, en una de esas figuras imprescindibles en cualquier arqueo cualitativo de la música popular cubana. Pertenece a una generación santaclareña espléndidamente tocada por la gracia de la música, donde coinciden nombres como los de Teresita Fernández (1930), Moraima Secada (1930), Doris de la Torre (1932), Gustavo Rodríguez (1934), Pedro Coto (1938) y Meme Solís (1939).

Creció en una familia amante de la música, su padre era farmacéutico pero ejecutaba el violín y las tías tocaban piano, eran frecuentes las tertulias con amigos que venían a cantar a la casa, vivió ese ambiente desde pequeña. Pese a que tenía oído musical se dedicó a estudiar lo común de cualquier niña y luego entró en la Escuela Normal para Maestros. Ahí comenzó a componer, aunque ya a los 13 había escrito su primera canción.

Un día conoció a la excelente pianista santiaguera Numidia Vaillant y su vida tomaría el rumbo definitivo de su vocación. A través de Numidia conocería a César Portillo de la Luz. Ya en La Habana comienza a ser conocida, y una noche en que falla Frank Domínguez al show del hotel Saint John’s, la llaman para que lo supliera. Gustó tanto que ahí mismo quedó contratada, comenzando de esta manera su protagonismo activo en las noches habaneras durante los años sesenta.

Trabajó en el show Canciones en la Noche, en el Hotel Nacional, con Sonia Calero y un gran elenco; también en el teatro Amadeo Roldán en el show Los Autores y sus Intérpretes; y en el Gato Tuerto, el nigthclub de moda en 1960. Su música fue utilizada por el cineasta danés Theodor Christensen (1914-1967) para su documental Ella (Ellas, en español), parte del cual se rodó en la Escuela para Instructores de Arte de La Habana en 1963, y estrenada en Cuba en 1964. El documental, de 34 minutos de duración, trata sobre la incorporación de la mujer cubana a la sociedad. Christensen es considerado uno de los pioneros del cine documental y en los años sesenta en el ICAIC asesoró a cineastas en formación, como Nicolás Guillén Landrián. Su asistente en Ella fue Héctor Veitía (hoy director de cine), el camarógrafo Jorge Herrera (fallecido en Nicaragua en 1981) fue el director de fotografía, y el editor fue Roberto Bravo.

Fue su gran amiga Elena Burke, quien nació el mismo día que ella y falleció en el 2002. A ella, O’Farrill le compuso especialmente «Señora sentimiento». También dedicó a la gran cantante cubana Fredelina García Herrera (1934-1961) la canción «La Freddy», con motivo del debut de esta en el espectáculo del hotel Capri (en La Habana).
Salió al exilio en 1969 vía México donde se radicó. Antes de encaminarse definitivamente en el mundo de la música como compositora e intérprete, Ela O’Farrill se había desempeñado como maestra.

Fue Ela O’Fárrill, a instancias de Omara Portuondo, quien compuso, en el año 2008, la hermosa canción que puso un toque especial de emoción al tributo dedicado a Elena Burke en el Museo de Bellas Artes, con motivo del aniversario 80 de su nacimiento. Hoy nos toca conmemorar los 80 años de edad de esta gran compositora llegada al mundo allá en el centro de la Isla, exactamente en Santa Clara, ciudad que ha visto nacer a muchas de las más refinadas sensibilidades musicales que registra nuestra historia.

A partir de 1959, las canciones que Doris de la Torre o la pianista Numidia Vaillant habían sacado a relucir como «cosa curiosa de la muchacha de Santa Clara», empezaron a sonar en la voz y la guitarra de su autora. Eran canciones perfectas y no tardaron en aparecer grabadas en las voces de quienes –todavía al inicio de sus luminosas trayectorias– andaban en busca de un repertorio firme y novedoso que los auxiliara en el empeño de perfilar sus estilos. Boleros como «No tienes por qué criticar», «Son cosas que pasan», «Cuando pasas tú», «Nada son mis brazos» y «Adiós, felicidad», de esta primera etapa, figuraron en el repertorio más sonado de los años sesenta, en voces como Elena Burke, Pacho Alonso, Fernando Álvarez, Oscar Martin o Bola de Nieve, quienes las llevaron al disco. La propia autora con su voz y su guitarra, al frente de un grupo de excelentes músicos, se encargó de dejar marcada la memoria de sus contemporáneos en la intensa vida nocturna de La Habana así como en la enorme y variada programación de recitales y conciertos que se ofrecían en los museos y salas de concierto de todo el país.

Su canción dedicada a la singular cantante Freddy, ha retornado al ambiente musical en un salto de medio siglo y adquiere un tono especial en la versión de la joven cantante Haila. Sara González, en su serie discográfica Cantos de mujer (volumen II), desempolva «Nada son mis brazos»; la española Martirio, en uno de sus discos más recientes, Primavera en Nueva York, en diálogo con un grupo de excelentes jazzistas, pone a prueba «Son cosas que pasan». Omara Portuondo ha realizado una nueva versión de «Adiós, felicidad» (de 1962), que incluye en su disco Gracias, merecedor en el año 2009 del codiciado premio Grammy Latino.
Marta Valdés, compositora cubana, en 2010[1]
Falleció en la ciudad de México el 24 de octubre de 2014, a los 84 años.

La otra inolvidable en importancia y grandeza, resulta ser la inmensa Doris de la Torre, la muchacha llena de tristeza que partió al exilio radicando en Los Estados Unidos, fue una cantante de feeling muy popular en los clubes habaneros de finales de los años cincuenta y principios de los sesenta.

Cantó y fue la diva absoluta en la agrupación de Felipe Dulzaides en Los Armónicos, hizo un pequeño papel en una famosa telenovela y tuvo una brillante carrera de solista, de la cual, injustamente, ya casi nadie se acuerda, era una mujer valiente, controvertida y complicada, como casi todas las que animaron la vida nocturna del Vedado en aquella época.

A pesar de haber tenido gran entusiasmo revolucionario, muy pronto se desencantó, resultando inapropiada e incómoda para las autoridades, quizás debido a su carácter y modo de ser, entonces se exilió en la Florida, aunque anteriormente había residido algunos años en New York, llegando a tener en esa ciudad una librería, así vivió casi toda su vida (excepto una breve estancia por España), pero ya no volvió a cantar –en parte porque fue perdiendo la voz que la había hecho célebre.

Enferma y anciana, cuando supo que iba a morir, pidió que la dejaran regresar, y murió en su Villa Clara natal, discretamente, hace dieciocho años atrás, sin halagos, reconocimiento, prensa, ruidos ni música.
Lo único sucedido fue, que Sigfredo Ariel le dedicará un poema y Alexis Castañeda escribió una bonita nota con motivo de su muerte.

En la actualidad, para muchos continúa siendo una gran desconocida,
la única grabación suya que se conoce, es una que data de 1959 y está sin remasterizar, pero ha servido al menos para darle algo de difusión. En los últimos tiempos ha sonado de vez en cuando en la radio como elemento de nostalgia, por ejemplo, de las cuatro canciones, una (“Don’t blame me”) está en inglés y otra (“Ada”) en hebreo. Esta última es una canción folklórica, que la cubana debió haber aprendido de oído con algún judío del este de Europa. A su manera tiene también algo de feeling (esa perversión criolla del lied); es una canción de “borrachera”, del estilo de las que cantaban los pioneros en esa misma época en Israel, que describe a un grupo de gente sentado alrededor de una hoguera, bebiendo alegremente. “Ada, ven a sentarte con nosotros”, dice el estribillo.

Yo la conoci en esa Habana de los 60, donde se estrujaban las noches en espera y despedida con certidumbre de regreso.
Vivía en el Country Club, una casa de arquitectura moderna, con quién amaba en ese momento, la había comprado durante los años 50 y era su hogar. En la época, su acostumbrado collar de perlas, su enorme guitarra andaluza y su voz de terciopelo eran su trade mark. También por ese entonces, bebía demasiado, y había cierto caos vital en ella, que la obligaba a llamarme a deshoras, pidiendo consejos, o simple companía. No lo supe nunca, pero me impresionó como un ser humano de ascendencia en el Medio Oriente. Su tez, pelo negro, voz grave, sensualidad y personalidad, así lo apuntaban.
Tengo un buen y gran recuerdo de ella, asociado a una epoca de “transición”.
Me ha gustado saber de un final, y cómo fue. Al menos regresó a morir al pedazo de tierra que tanto amó…

PD: Un amigo que se hace llamar , escribió en forma muy hermosa algo sobre ella, que incluiré a continuación en mi reseña, diciéndole:

¡ Muchas gracias !
Recuerdo perfectamente a Doris de la Torre en sus años con Los Armónicos de Felipe Dulzaides: oírla de nueva cuenta ha sido el mejor momento de este domingo demasiado frío. Felipe tocaba el piano “de oído”. Nunca estudió el instrumento. Hijo de una pianista notable, Josefina Badía, y medio hermano de la poeta Fina García-Marruz, fue un gran hacedor de músicos cubanos, un animador incansable de la noche habanera. La playa de Varadero le debe un monumento. Por las distintas versiones de su grupo pasaron instrumentistas de la talla de Changuito, Rembert Egües, Pablo Cano, Armandito Romeu, Armandito Zequeira, Luis Quiñones, Carlos del Puerto, Ahmed Barroso, Tony Valdés, Ignacio Berroa, su hijo Eddy, su sobrino Sergio Vitier, Regino Tellechea y la insuperable Elsa Rivero, que anda por Barcelona –esbelta y afinada, como siempre….

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