Maximo Gómez fallece a las seis de la tarde del 17 de junio, hace más de cien añ

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Maximo Gómez fallece a las seis de la tarde del 17 de junio, hace más de cien años. A las 11:30 de la noche el Senado, en sesión extraordinaria, declaraba de luto nacional los días 18, 19 y 20 de junio, y establecía que los cuerpos armados guardaran duelo oficial durante nueve días. Disponía que las honras fúnebres tuvieran carácter nacional y votaba un presupuesto de hasta
15 000 pesos para los gastos del sepelio. Se tributarían al difunto las honras correspondientes a un presidente de la República. Poco después se reunía la Cámara de Representantes y aprobaba, también por unanimidad, el proyecto del Senado que, sancionado por Estrada Palma, se convertía en ley y se publicaba de inmediato en una edición extraordinaria de la Gaceta Oficial. Mientras, el presidente de la República daba a conocer una Proclama al país:
El mayor general Máximo Gómez, general en jefe del Ejército Libertador, ha muerto, la pérdida es irreparable. Toda la nación está de duelo, y estando todos identificados con el mismo sentimiento de pesar profundo, el Gobierno no necesita estimularlo para que sea universal, de un extremo a otro de la Isla, el espontáneo testimonio, público y privado, de intenso dolor».
Los funerales tienen lugar en el Salón Rojo del Palacio Presidencial, antiguo de los Capitanes Generales. Una vez allí las banderas de Cuba y Santo Domingo cubren el ataúd. Acude el Gobierno en pleno, se hacen presentes los parlamentarios, altos oficiales del Ejército Libertador, las clases vivas… ¿Y el pueblo? Su hija Clemencia se percata de que el cadáver permanece aislado de los sectores humildes y reclama su presencia. Pregunta airada: «¿Dónde está ese pueblo que liberó mi padre?». Es entonces que comienza el desfile de los desposeídos, interminable.
El erudito dominicano Pedro Henríquez Ureña, testigo de los hechos, escribiría:
«Estaba prohibido hacer música y no se oía vibrar un piano ni sonar uno de los muchos fonógrafos de La Habana. Cada media hora, durante tres días, disparaba el
cañón de la fortaleza de La Cabaña; y cada hora tañían las campanas de los templos. Cerrados los teatros, las oficinas, los establecimientos, ofrecían las calles llenas de colgaduras negras y banderas enlutadas un aspecto extraño con las multitudes que discurrían convergiendo hacia el Palacio».
No pudo precisarse cuántas personas acompañaron el cadáver, pero sin duda nunca hubo antes un entierro más concurrido.No hubo despedida de duelo. El viejo mambi reafirmaba su lugar en la historia!!!!.