Más que una historia, este relato parece cosa de leyenda.

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Más que una historia, este relato parece cosa de leyenda.
Yace Antonio Maceo, casi moribundo, en la hamaca de un hospital de campaña. Tiene en el pecho una herida del tamaño de un puño y una mano prácticamente destrozada. Se hacen esfuerzos desmedidos por salvarlo cuando la columna española del general González Muñoz, perseguidor incansable del Titán, se hace presente en el lugar. Ayudado por su esposa María Cabrales, su hermano José y otros combatientes, logra Maceo dejar la hamaca y subir a un caballo. Se esfuma, a todo galope, ante los ojos de los que daban como segura su captura.

Poco después, el capitán general Arsenio Martínez Campos informaba a Madrid: «Creí habérmelas con un mulato estúpido, con un rudo arriero, pero me lo encuentro transformado no solo en un verdadero general, capaz de dirigir sus movimientos con tino y precisión, sino en un atleta que en momentos de hallarse moribundo en una camilla, es asaltado por mis tropas y abandonando su lecho se apodera de un caballo, poniéndose fuera del alcance de los que lo perseguían».

Así era Maceo. Como decía el coronel Francisco Camps en sus memorias: «Un hombre a quien las balas no matan».