“Martí y Marx son nuestros”

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Así dice Raúl Valdés Vivó en la segunda parte del libro. Pero ni Marx ni Martí son de ellos. Con esa profusión de doctrinas y programas, el “socialismo de Cuba” no es ni marxista ni, por supuesto, martiano. Si se asomara hoy Marx a la realidad política, social y económica de Cuba, tendría que repetir, aunque por otros motivos, el juicio que hizo en 1882 al ver la torpe interpretación de sus ideas en Francia: “Lo que sé es que yo no soy marxista”, le confesó a Engels. Su yerno, Paul Lafargue, oriundo de Santiago de Cuba, acomplejado y resentido, según el propio Marx, hijo de un terrateniente con propiedades cercanas a la Sierra Maestra, difundía en París un marxismo que repugnaba a su fundador.

Al ver la formación de nuevas clases en Cuba, la explotación de los trabajadores por el Estado, los privilegios de la moneda dura y de los dirigentes, los intentos de conciliar el marxismo con ideas que le son hostiles y las concesiones al capitalismo extranjero (hoteles, empresas, casas de apartamentos, cultivos, minas, transportes, comunicaciones) Marx sería el más severo crítico del “socialismo de Cuba”: había dicho con Engels, en 1848, en el Manifiesto Comunista, de manera terminante y sin espacio para excepciones: “Los comunistas pueden resumir su teoría en esta fórmula única: abolición de la propiedad privada”. Pero no es aquí el lugar para discurrir sobre esa apostasía que, aunque ha enriquecido a tantos inversionistas de España, el Canadá, México e Italia, ha arruinado al país y mantiene en el poder a los herejes.

Por su parte la obra toda de Martí es extraña a ese “socialismo de Cuba” que defienden. Sus denuncias de los abusos del capitalismo y de los pujos imperialistas de los Estados Unidos, que vio amenazaban a la América Latina, ponen a Martí del lado de la justicia, pero no junto a ninguna doctrina particular que también maneje esas ideas, y menos aún si taimada las maneja para encubrir actos y programas contrarios a su pensamiento.

Bastan estos tres ejemplos para mostrar la manera absurda que emplea Valdés Vivó para unir a Martí con Marx; véase esta perogrullada: “Su afirmación [de Martí] de que la manifestación primera del hombre es su imaginación, madre del idealismo, coincide con el aserto de Marx de que la diferencia entre el hombre y el animal, incluso el que parece trabajar, como la abeja, es que el hombre es el único ser de la naturaleza que imagina el resultado del esfuerzo mental y físico que constituye su trabajo…”; y esta tontería: “La marcha paralela del pensamiento de Marx y Martí se demuestra en la universalidad de sus respectivos análisis”; y esta mentira: “Es notable coincidencia tanto Marx como Martí siempre rechazaron las ideas anarquistas”: Marx y Engels sí atacaron furiosos al anarquista fundador, Mijail Bakunin, pero Martí no pensaba así, su relación con Carlos Baliño anarquista niega validez a esa comparación.

En muchos lugares la obra de Martí se opone a los principios que iban a dar base al marxismo-leninismo. Fue por eso que Juan Marinello dijo en 1935, aunque hoy le ocultan en Cuba esas palabras, que Martí era “un gran fracasado”, “abogado de los poderosos”, motivo por el cual había que “dar la espalda de una vez a sus doctrinas”; y otro comunista notable, Ángel Pinto Albiol en su libro de 1946 El pensamiento filosófico de José Martí y la revolución cubana, lo califica de “pequeño burgués” cuya obra “está impregnada de un eclecticismo oportunista” que lo hizo “fundamentalmente anticomunista”.

En algunos de esos lugares de la obra de Martí, en que se ve su rechazo al marxismo, entra Valdés Vivó armado con bisturí y cortinajes, para sajar y esconder cuanto le estorba: 1) otra vez en los comentarios de Martí por la muerte de Marx; 2) en el Prólogo de los Cuentos de hoy y mañana, de Castro Palomino; y 3) en su juicio sobre una obra de Herbert Spencer.

Carlos Ripoll
Carlos Ripoll (1922-2011) Nació en Cuba. Autor prolífico sobre José Martí y su obra. Ha ejercido como editor del Editorial Dos Rios y profesor del Queens College (Nueva York, EE. UU.). Carlos Ripoll, quien fuera en vida una de las máximas autoridades sobre José Martí, dedicó gran parte de su obra en desmontar las mentiras esgrimidas por los hermanos Castros sobre el prócer cubano.