LOS SECRETOS NATIVOS DE MARTA ABREUEn el 1945 Centenario del nacimiento de Marta

31
LOS SECRETOS NATIVOS DE MARTA ABREU
En el 1945 Centenario del nacimiento de Marta Abreu, su nieto Luis vino a Santa Clara. Mientras paseaba por el parque Vidal, un muchacho se ofreció a limpiarle los zapatos. El visitante aceptó, pero durante todo el tiempo estuvo mirando con admiración la escultura que representa a la benefactora villareña. «Bonita la patrona, ¿no?», exclamó el muchacho como para romper el hielo.
«Claro, si es mi abuela», respondió Luis. El limpiabotas sonrió: «Si esa es tu abuela,
—¿Por qué Marta Abreu, si el apellido de su padre era González-Abreu?
—Su abuelo español fijó el apellido González-Abreu. Una costumbre en esos tiempos, sobre todo en las familias adineradas. El padre de Marta, Pedro Nolasco, eliminó el González. No obstante, en algunos libros de la época ella aparece como Marta de los Ángeles González-Abreu y Arencibia de Estévez.
—Se habla con frecuencia de la gran fortuna de Marta Abreu. ¿Se podía comparar con la riqueza de los grandes potentados de la época?
—Su familia hizo dinero con la importación de trigo y el comercio. Tenían tierras. También, un ingenio en el ahora municipio de Encrucijada, el Dos Hermanas. Luego compraron otro, el San Francisco, en Cruces.
Si se observa bien, estas propiedades de los Abreu no son tan significativas como las de Aldama, Domingo del Monte, Francisco Vicente Aguilera, los potentados de ese momento. Asimismo, la fortuna tuvo que dividirse en tres partes a la muerte del padre. La genialidad de Marta Abreu reside en que ella no solo dio a Santa Clara muchas instituciones útiles, sino que creó las condiciones necesarias para que ellas pudieran sostenerse por sí mismas.
«Existe un reglamento con casi 40 cláusulas que registra la utilización de los fondos provenientes del teatro La Caridad. Una parte para el asilo, otra para la escuela, un porcentaje para el dispensario. Se dividían a partes proporcionales entre diferentes fundaciones de Santa Clara».
—Además, donaciones de incuestionable calidad; por ejemplo, el teatro ha vivido en tres siglos…
—Se preocupaba por que las obras no solo tuvieran un buen acabado; también, que fueran elegantes. Le gustaba utilizar el dinero con racionalidad. Ella no vio sus obras como una limosna, sino con el objetivo de elevar la dignidad de la ciudad, de los santaclareños. Otro ejemplo, los lavaderos.
«Una vez Marta viajaba en tren por Suiza en compañía de Carlos de la Torre, el gran naturalista y también el preceptor de su hijo Pedro Nolasco. Vieron unas mujeres lavando en el río. Marta le dijo a Carlos: “Se me ha ocurrido una idea, voy a hacer unos lavaderos en Santa Clara”.
«Ahora los ríos han perdido caudal. Pero en aquella época fueron una idea impresionante. Cada lavadero tenía una bomba de agua, para que las mujeres no tuvieran que ir al río a abastecerse. Los portales anchos permitían colgar la ropa debajo de ellos en los días nublados. Allí podían llevar a sus hijos y dejarlos jugando.
«Durante casi 40 años las mujeres de la ciudad utilizaron estas instalaciones. Después, el hijo de Marta los donó para construir aulas para niños».
—El alumbrado público le trajo problemas con las autoridades españolas…
—Santa Clara fue una de las primeras ciudades de Cuba que tuvo alumbrado público. Marta pagó esa obra. Contrató los servicios de una compañía francesa. A los 14 meses ya existía el servicio, en marzo de 1895.
«Había comenzado la Guerra de Independencia. Entonces el Gobierno entendió que el alumbrado público era una obra impulsada por Luis Estévez, el esposo de Marta, para fomentar la rebeldía en el centro del país. Ellos tuvieron que marchar al exilio.
«Marta, al saber que tenían que dejar el país donó la nueva planta eléctrica al Ayuntamiento. Así los obligó a perfeccionar el sistema, además de responsabilizarlos con el buen funcionamiento».
—Marta colaboró de forma decisiva con los fondos para apoyar la Guerra del 95. ¿Existe un estimado de a cuánto ascendió la entrega, según los valores actuales?
—Por cheques, Marta ingresó al Partido Revolucionario Cubano 120 000 pesos. Casi otra cantidad igual se fue en ayuda a expediciones, armas y otras actividades.
«Sería muy difícil calcular a cuánto ascendería según los valores actuales. No obstante, te puedo dar un dato fiel: armar un soldado en aquella época costaba cerca de seis pesos. Imagínate, se habrían armado 20 000 soldados con el dinero que, a través de cheques, entregó Marta Abreu al Partido Revolucionario Cubano.
«Pero además brindaba otra clase de apoyo. Me han contado que Marta iba a las fiestas del cónsul español en París y se interesaba por la situación en Cuba. Después le enviaba esa información a Estrada Palma».
—Sin embargo, el extranjero fue más duro para ella que para cualquier otra persona.
—Sí, Marta era una mujer muy apegada a sus raíces. Durante todo el tiempo que Luis Estévez ocupó el cargo de vicepresidente de la República, ella vivió en la capital. Pero venía a pasar los veranos en Santa Clara.
«Durante el exilio estaba más al tanto de la situación cubana que los que permanecían aquí. Afrontó muchas dificultades con los idiomas. En una carta escribió: “Decididamente estoy condenada al español”. Aprendió el francés a trozos y nunca se sintió cómoda con el inglés. Sin embargo, declinó la opción de establecerse en España. Era la metrópoli que tenía apresada a su patria».
—Al parecer se ha perdido la huella de los descendientes de Marta.
—De su matrimonio con Luis Estévez tuvo dos hijos: Pedro Nolasco y una niña que murió al poco tiempo de nacida. Pedro contrajo matrimonio con Catalina Lasa en 1897. A la pareja le nacieron tres vástagos: Luis, Pedro y Marta.
«En el 1905 Luis Estévez renunció al cargo que ocupaba. Casi al mismo tiempo, Catalina Lasa abandonó a Pedro para casarse con el multimillonario Pedro Baró. Los pormenores de este hecho son harto conocidos. El mismo Papa disolvió el matrimonio entre Catalina y Estévez Abreu. Uno de los primeros divorcios en Cuba. Marta nunca se recuperó de ese golpe.
«Ella se construyó una casa donde ahora se encuentra la Galería Provincial y dijo que quería morir ahí. Nunca la habitó. Cuando terminó la construcción trajeron los muebles de La Habana. Se los tuvieron que volver a llevar ya que su esposo había sido elegido presidente de la República. Tenían que ir a la capital. Luego se marcharon a Francia de nuevo y nunca más volvió. Los niños quedaron bajo la custodia de Pedro Nolasco. Después de la muerte de Marta, su hijo contrajo matrimonio en Francia. Tuvo otra hija, Monique. Después se perdieron en la historia».
—¿Cómo fueron las relaciones entre Marta y su esposo?
—Se conocieron en La Habana. Luis se graduó de Leyes y era bien dotado para los negocios. Una persona muy cuidadosa. El padre de Marta no quería que se casaran porque él era pobre. Además, Luis era cuatro años menor que ella.
Uno completaba al otro. Marta Abreu tenía una mente imaginativa, él poseyó el don de llevar las obras hasta sus últimas consecuencias. Era un hombre honesto, ecuánime. Todo el dinero que ganaba lo utilizó para ayudar a su madre.
Una de las hermanas de Marta se casó en segundas nupcias con Joseph Grancher, un médico francés que colaboró con Pasteur. En la tumba perteneciente a la familia de ese señor depositaron los restos de Marta. Luis Estévez iba todos los días al cementerio y se echaba a llorar sobre la losa funeraria. Aguantó 33 días. El día 4 de febrero se mató de un disparo. Ambos solicitaron, en sus respectivos testamentos, ser enterrados juntos.
—Hay quien dice que solo el tiempo otorga el verdadero reconocimiento. Marta Abreu en vida contó con la gratitud de sus contemporáneos.
—Marta era una mujer poco expresiva, seria, modesta. Le disgustaba cualquier alabanza a su obra. Pero varias veces la ciudad le mostró su agradecimiento y no pudo negarse.
«Con especial recuerdo se guardan los relatos de la inauguración del sistema de alumbrado público. La tradición popular la calificó como las fiestas más hermosas de que se tenían memoria. Ella vino a la ciudad. Por dondequiera había carteles que decían: “Marta, Santa Clara te quiere”, “Marta, la gran santaclareña”, “Bienvenida, Marta”.

«En la Plaza Mayor levantaron una torre de madera, réplica de la Torre Eiffel. Tenía 28 metros de altura y estaba cubierta de luces. ¿Te imaginas? Incluso, planificaron una gala en el teatro, donde Pedro Nolasco le recitó un poema compuesto por él mismo. Se titulaba: “A mi madre”».

—También, el homenaje de artistas.
—Sí, porque también se preocupó por la cultura. Aún hoy existe en La Sorbona una sala dedicada a la cultura cubana que fue creada por Marta Abreu. Hemos visto el monumento en el parque. Se conocen varios textos sobre su vida y obra.
«Los poetas le dedicaron versos. Conozco una poesía de Antonio Vidaurreta Álvarez; la de la poetisa puertorriqueña Lola Rodríguez, amiga de Marta, en la que se dice que Marta y Villa Clara son una sola cosa. Cuadros de Aurelio Melero y el muy conocido: Marta Abreu y los pobres, que representa la composición étnica de la población villaclareña de la época.
«En el Museo Provincial tenemos un retrato suyo pintado por Armando Menocal, quizás el mejor retratista de la pintura cubana. El mismo hombre que pintó a Maceo y Martí. Era un homenaje que ninguna riqueza podía comprar».
—¿En qué proyectos trabajaba Marta Abreu cuando la muerte la sorprendió?
—Quería que se trasladara la capital de Cuba para Santa Clara. Hizo esta sugerencia durante la campaña electoral de José Miguel Gómez. José Miguel fue el primer gobernador de la provincia de Las Villas. Él y Marta se conocían de cerca. Ella le explicó que Santa Clara se encontraba en el centro del país, tenía la infraestructura necesaria. Y que si esta no resultaba suficiente, ella se encargaba de recaudar los fondos necesarios.
(Juan Manuel Fernández Triana, especialista del Centro de Patrimonio Cultural, quien falleció el 9 de marzo de 2018.)