La leyenda de Sarito, la historia del Robin Hood cubano.

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La leyenda de Sarito, la historia del Robin Hood cubano.

Muchos han sido los bandidos célebres que se han convertido en leyendas en los campos de Cuba a lo largo de la historia. Sin embargo, ninguno como Sarito, quien alcanzó su fama en la década de 1920 y fue muerto a balazos en una emboscada de la Guardia Rural sin haber robado jamás a nadie.

Su verdadero nombre era Hermenegildo Seara Plaza y muy jovencito entró a prestar servicios en el ejército de la República en la provincia de Camagüey. Como su carácter indómito no se avenía con la disciplina militar un buen día dijo “ya está bueno” y se convirtió en desertor. A diferencia de otros que sólo dejaban el ejército, Sarito tuvo la mala idea de irse al monte con el fusil reglamentario y todo su parque.

Se escondió en la zona de Vertientes, que conocía como la palma de su mano y se dedicó a recorrer las fincas de los campesinos más pobres en busca de apoyo. Jaranero y jovial, pronto se ganó la confianza de los guajiros que lo alimentaban, ocultaban y protegían de la persecución del ejército.

Ganó fama de cagüeiro (según los campesinos cambiaba de forma para evadir la persecución) y, aunque nunca robó a nadie que se sepa, como en esos años el país estaba infestado de bandoleros que asaltaban y mataban a los hacendados casi de forma impune; estos dijeron, “pues, vamos a ponerle precio a su cabeza antes de que se le ocurra”, y así lo hicieron.

La Guardia Rural incrementó la persecución y el 21 de agosto de 1921 se aprovechó de un chivatazo y le preparó una emboscada en la finca San Pedro, de Vertientes. Allí lo abatieron de dos tiros antes de que pudiera defenderse. El campesino Tomás Valero, que le acompañaba cuando cayó en la emboscada apareció misteriosamente muerto un mes después.

Tras conocerse la noticia de su muerte cundió la tristeza entre los campesinos más pobres de la zona y hasta la prensa de Camagüey tuvo que reconocer que al ejército se le había ido la mano con el muchacho que, después de todo, no había matado ni robado a nadie en su vida.

En la entrada del cementerio de Camagüey existe una tarja en la pared izquierda del muro que en la que sólo se lee “Sarito”. Pocos saben que se trata del joven al que colgaron injustamente el cartel de bandido, y nadie recuerda quien le rindió ese postrer homenaje para que no se lo tragara el tiempo.