Era Jose Marti un hombre de cuerpo ligero, “tirando a frágil”, como insinuó male

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Era Jose Marti un hombre de cuerpo ligero, “tirando a frágil”, como insinuó maledicente otro patriota, Enrique Collazo, a quien retó a duelo por dudar de su hombría.

Era de mediana estatura: 5,5 pies y entre 125 y 140 libras según la época y el estrés.

En el vestir era siempre correcto, “como un aristócrata pobre” decía su esposa Carmen Zayas-Bazán, que le lavaba siempre uno de los dos trajes que tenía en Cuba, cuando estaba usando el otro.

En sus trajes se notaba el tiempo de uso, eran modestos pero perfectos, porque siempre se los hacía a medida. Desde muy joven decidió usar trajes, lazadas y corbatas negras “como símbolo de luto por la Patria esclava”.

Sus zapatos eran casi siempre viejos, pero teñidos y lustrados por él mismo. En el dedo anular de la mano derecha lucía un anillo de hierro forjado con un trozo del grillete de la cadena que le pusieron en prisión, cuando era casi un adolescente. El anillo tenía grabada la palabra Cuba, pero desapareció, no lo llevaba puesto el día de su muerte. Se sospecha que se lo quedó Quesada, su albacea literario, cuando entregó sus pertenencias a su hijo.

El cronista de guerra y oficial ayudante de Céspedes, Fernando Figueredo Socarrás describe a Martí físicamente:

“Rostro ovalado, ojos pardos, “glaucos”, vivaces, profundos y bondadosos. Eran almendrados, algo achinados o árabes, más bien melancólicos y dulces, pero relampagueantes o coléricos cuando acusaba desde la tribuna a la España colonial.

Era de pelo ensortijado, ondulado, propio de los descendientes de españoles y canarios, pero que se encrespaba si se lo dejaba crecer, igual que los mestizos de las Isla. "Tenía cejas castañas y pobladas, -según Figueredo- que arqueaba con frecuencia ante la sorpresa, la alegría o el desconcierto. Espeso el bigote, boca de labios llenos, barbilla levantada, nariz recta, orejas algo separadas de la cara algo más de lo natural. La frente era ancha y lisa, la cabeza voluminosa, las manos delgadas con poca grosura, de intelectual y artista, eran finas y afiladas”.

Dice también Figueredo que Martí era muy nervioso, “no se estaba quieto, era un “hombre ardilla” que gustaba de andar tan de prisa como su pensamiento”. Se le recuerda subiendo siempre las escaleras de su oficina en Front Street, NY, saltando los escalones de dos en dos, y las de los ferrocarriles elevados, corriendo casi en estampida. Siempre tenía prisa por llegar a algún sitio.

Cuenta Figueredo que era “de barítono atenorado, cálida, emotiva, reposada y conmovedora, aterciopelada y suave en el trato familiar, nunca estridente, persuasivo más que agresivo, pero enérgico en sus discursos revolucionarios”.

Pepe jamás usaba la ironía ni la burla cruel, y hablaba rápido cuando quería expresar muchas ideas en poco tiempo. Orador brillante y de amplio vocabulario, dicen que estremecía el auditorio por el profundo contenido de sus palabras, logrando despertar una admiración que provocaba emoción en la audiencia, incluso la extranjera..

Tenía un gran control de sí mismo, aunque era nervioso e impaciente en los enfrentamientos verbales. “Pero era siempre de modales amables –cito a Figueredo–, veía pronto y alcanzaba mucho con su cerebro; fino por temperamento, luchador inteligente, cariñoso, atento, dispuesto siempre a sufrir por los demás; defensor del débil, maestro del ignorante, protector y padre de los desvalidos”.

“Vivía errante, sin casa, sin baúl y sin ropas; dormía en el hotel más cercano, donde le cogía la noche o el sueño; comía donde fuera mejor y más barato, ordenaba una comida admirablemente y sin embargo comía poco”, dice Figueredo.

Pero para muchos, José Martí era un hombre que no sabía reír. Y era realmente así, según sus biógrafos, aunque yo creo –y esto es ya cosa mía– que no se permitía reír, como no se permitía la ropa de color; estaba de eterno duelo por la Patria.

En sus versos sencillos hay cierta ironía sutil, pasajes que provocan sonrisas, pero no hay una sola foto de Martí riendo, excepto aquella en la que está con su hijo pequeño y esboza algo parecido a una sonrisa. Pero cuenta Figueredo que “dentro de su seriedad, el Poeta tenía un refinado sentido del humor, aunque no era hombre festivo, ni de bromas y contrario a toda vulgaridad”.

Era también hombre de valor probado. Nunca se jactó de eso, pero hay anécdotas que lo demuestran.

Cuenta Alberto Plochet un incidente en una asamblea en Nueva York en 1884, en la que el patriota Antonio Zambrana lo criticó duramente por no apoyar el plan Gómez-Maceo, y acabó por acusarlo de “miedoso y merecedor de usar sayas en vez de pantalones”.

“Martí, con el bombín fuertemente cogido entre las manos, pidió la palabra, -dice Plochet-, y al concedérsele, habló poco, mirando fijamente a su ofensor: “Y tenga usted entendido que no solamente no puedo usar sayas, sino que soy tan hombre que no quepo en los calzones que llevo puestos”.

Cuentan que Zambrana se abalanzó sobre Martí para pegarle, pero que él no se movió de donde estaba y añadió: “Y esto que le digo se lo puedo probar cómo y cuándo guste, y si es ahora mismo, mejor”.

La rápida intervención de Maceo y Crombet, que estaban presentes, evitó que Martí agrediera a Zambrana. Martí actuó sin alarde, pero él, con gran perjuicio por cierto para su figura, como manso y humilde, sabía siempre responder a cuanto agravio, directo o velado, se le hacía”.

También lo demostró en el incidente al que me referí antes; su respuesta serena y firme a la ofensiva carta que le envió Enrique Collazo, llamándole “hombre tirando a frágil” y diciéndole que lo esperaba en la manigua para pegarle.

Pepe responde “No habrá que esperar la manigua, señor Collazo, para darnos las manos; sino que tendré vivo placer en recibir de usted una visita inmediata, en el plazo y país que a usted le parezcan convenientes”.

El duelo no llegó a efectuarse porque otros exiliados de Tampa y Cayo Hueso mediaron entre ambos revolucionarios, pero años después Collazo reconoció la injusticia de sus acusaciones contra el Apóstol, pero de manera muy "diplomática" y no directamente a él. Jamás volvieron a tratarse aunque estuvieran en la misma habitación.

Martí era un hombre inusualmente culto para su época, un intelectual integral. Defendía los valores de la cultura universal y especialmente la de América Latina. Era un enamorado de todas las artes. Además de sus magníficas críticas artísticas y literarias, estudió pintura, pintó varios cuadros y hacía dibujos a lápiz y autorretratos, que se conservan y que yo incluyo en esta crónica.

También escuchaba y conocía de música, asistía con frecuencia a conciertos y obras de teatro. Cantaba, ¡y cantaba muy bien!

Dicen que una vez llevó a los hijos de Manuel Mercado al Museo Nacional de México, los detuvo frente al monolito del calendario azteca y empezó a explicarles su historia mientras la gente se iba aglomerando a su alrededor. La charla para niños se convirtió en una conferencia para adultos, y la mañana se le fue en eso. Al salir del museo, la gente seguía detrás de él.

Dominaba perfectamente el francés, –su lengua preferida– y el inglés; leía el italiano y el portugués, y sus conocimientos de alemán, el griego, el latín y el hebreo, le permitían entender los libros escritos en esos idiomas. Conocía bien la literatura de Francia y Estados Unidos, y tradujo muchos trabajos y novelas de esos países.

Muchos escritores le mandaban sus obras inéditas para que las revisara, y les hacía correcciones sin herir; era firme sin ser arrogante, didáctico sin ser petulante. Decía que “la sencillez es el mejor ropaje de los grandes pensamientos”.

Fue un docente excelente, porque era un maestro nato. Cuando impartía clases, escribía en la pizarra y hablaba al mismo tiempo, preguntando constantemente a los alumnos sobre el tema. Impartió clases de historia, filosofía, idioma inglés, francés y español. Creó un método propio para enseñar palabras parecidas con distinto significado, y hacía que sus alumnos reflexionaran después sobre ellas.

Dice Figueredo que “José gustaba de las buenas comidas italianas y francesas y del buen vino, y que su bebida predilecta era el vino Mariani, pero no era bebedor, ni fumador.

Aunque comía, era muy austero y muchas veces iba a lugares a trabajar, o a alguna tertulia literaria, sin haber comido un bocado, para ahorrar dinero.

Pero tenía grandes cualidades culinarias y amplios conocimientos de gastronomía. Conocía los misterios de casi todos los platos famosos del mundo, y era un experto preparando cordon blue; cocinaba una sopa deliciosa, picadillo criollo y un arroz con pescado a la valenciana muy bueno, herencia de sus ancestros de esas tierras.

Martí recibía a los amigos en el exilio con un chocolate especial que preparaba él mismo, repitiendo una fórmula exacta; ni muy espeso, ni muy claro, y siempre con poca azúcar. Pero lo de la ginebra era un mito, y “Pepe Ginebrita” un mote malintencionado de sus enemigos, que no se sabe cómo ni cuándo se echó a rodar.

El historiador Carlos Ripoll, un especialista consumado en José Martí, del que me fío, afirma que no existe evidencia alguna de que Martí bebiera ginebra ni bebidas semejantes, mucho menos de que tuviera padecimientos alcohólicos, ni dependencia alguna del alcohol.

Pepe mismo escribió sobre la prudencia al beber: "El vino sano y discreto que repara las fuerzas perdidas, los alcoholes abominables agobian y embrutecen".

Como todo hombre importante, si bien fue admirado por unos, fue también envidiado por sus adversarios, que llegaron a publicar caricaturas degradantes de él en varios diarios de la época. El semanario 'La Política Cómica' lo presenta en una caricatura del 25 de marzo de 1895, en un lugar público junto a una mesa, con una botella y con una mujer sentada sobre sus piernas.

Así que Martí no bebía ginebra, pero le gustaba el vino Mariani -o Vin Mariani-, una bebida que contenía vino de Burdeos y –ya sé que esto les hará saltar los fusibles a algunos– extractos de hoja de coca.

El vino Mariani fue inventado en 1863 por Angelo Mariani (inspirado por el "elixir de coca Lorini" creado en 1860), quien la promovía atribuyéndole una gran cantidad de propiedades terapéuticas. La bebida gozó de gran popularidad entre artistas e intelectuales europeos de la época; era de muy baja graduación, casi un refresco como el Red Bull actual, aunque por su contenido de cocaína era un estimulante “fuerte” muy popular en su tiempo para "andar activo". El Mariani era la bebida preferida del papa León XIII, del presidente McKinley, de la Reina Victoria de Inglaterra y de Thomas Alba Edison.