El que ayer fuera el Hermoso y muy Prospero Muelle de luz,una de las instalacio

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El que ayer fuera el Hermoso y muy Prospero Muelle de luz,una de las instalaciones que más movimiento y notoriedad otorgara a la ciudad.

Al terminarse la muralla de mar hacia 1740 y quedar limitada la relación entre La Habana y el mar, parecía que la ciudad sufriría de un aislamiento, sobre todo, porque en su banda oriental realizaba tradicionalmente sus actividades portuarias. Para la continuación de las mismas se abrieron tres puertas: la de Carpineti, la de la Machina, y la de La Luz. Esta última al igual que su muelle tomó el nombre de la calle a la que hacían frente. La apariencia de la puerta de La Luz era la de un castillejo sin almenas, garitones, ni troneras, tenía azotea, y una escalera exterior de piedra. Abajo, contaba con dos ventanas interiores, que daban luz a otros cuartos que servían a la habitación del guarda y a la del sargento con los soldados, quienes realizaban la guardia diariamente en ella. El destino de la puerta de La Luz era “dar entrada a los pasajeros y frutos de la banda opuesta de la bahía”
La importancia del muelle de Luz por ejemplo, hizo que, en 1802, el asentista del tráfico de la bahía, Julián Guerrero, pidiera prórroga para continuar con esta función. Manifestó al Ayuntamiento la necesidad indispensable de alargar el muelle de Luz 15 o 20 varas y lo propio el de Regla, uno y otro de horcones gruesos y tablones “porque bajando la marea levantan los botes”. Según consta en el Archivo Nacional de Cuba, en el Fondo Gobierno General, el contratista Don José González, fue el mejor postor en el remate de las obras de los muelles de Luz y Regla, quien declaró concluidos los trabajos para octubre de ese año, los cuales fueron reconocidos por el maestro Don Juan Villarín.
Como bien afirma Villaverde en su artículo, desde que las localidades de Regla y Guanabacoa empezaron a cobrar importancia, la puerta de La Luz se hizo “la más concurrida y transitada de la ciudad”. A ello contribuyó la celebridad del Santuario de Regla, así como sus antiguas y famosas ferias, por lo que a cualquier hora, con el fin de visitar esta población, se veía la bahía cubierta de botes repletos de pasajeros que se embocaban en el muelle de Luz, “el más cercano y el único entonces, para semejante uso”.
Cerca de 2 000 embarcaciones anuales surcaban el puerto habanero, según referencia de mediados del siglo XIX de Don Jacobo de la Pezuela, en su Diccionario geográfico, histórico y estadístico de la Isla de Cuba. Por ello, desde 1802, por iniciativa privada se abrieron unos 7 careneros entre los embarcaderos de Regla y Casablanca para la reparación de las naves. La navegación a vapor, inaugurada en 1819, había ampliado las posibilidades de recepción y el ferrocarril, en 1837, completó con altas expectativas el trasiego comercial entre los pueblos de la capital y luego en toda la Isla. Cirilo Villaverde, en el artículo antes citado, asevera que en 1850 este sistema contaba con 350 buques de vela y 15 vapores matriculados en la bahía y un muelle con espigones especiales para el atraque de vapores que sustituía el viejo muro del muelle de Luz.
El paisaje de la bahía había sido incorporado a la ciudad como paseo público desde que, en 1772, el Marqués de La Torre, promovió el plan de obras públicas, abriendo los primeros paseos o alamedas de intra y extramuros contiguos a las murallas, incluso, -comenta Venegas en el estudio mencionado- encima del baluarte de Paula se construyó un café de madera que imitaba una casa de campo norteamericana que, con el nombre de “Las Delicias”, alcanzó gran popularidad. La propia Alameda de Paula fue rodeada por los muelles para el cabotaje hacia 1856, y el sitio del Teatro Principal lo ocupó un hotel para pasajeros, el San Carlos.

Para los vapores ferries en la bahía esta compañía erigió en el antiguo muelle de Luz un nuevo edificio en 1909, el cual tenía dos salidas de circulación: para Guanabacoa y Regla, y para Matanzas y los Almacenes de Regla. Era una fábrica de dos pisos, levantada con una estructura férrea recubierta, a cuatro aguas, con el mismo material y el resto de mampostería. La fachada de la nueva estación se decoró con sencillez, pero sin poder eludir los elementos del código ecléctico en boga esos años. De allí, el uso en el mismo muro de platabandas, almohadillado y cabezas humanas en altorrelieve, de las cuales pendía una marquesina metálica colocada al centro del edificio. Sendos arcos rebajados presidían la entrada de los dos embarques. Tenía además dos espigones aledaños.





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