Panquesitos de yuca / Matahambre Corrían los años 1991-92 y yo, estaba en esa b

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Panquesitos de yuca / Matahambre

Corrían los años 1991-92 y yo, estaba en esa bellísima etapa donde el amor fluía como maripositas y allá ibámos, siguiéndolo sin importarnos las consecuencias, porque por Amor se vale todo, o no?. Asi de simple, así de fácil. Entonces, enamorada e inquieta como siempre he sido, porque lo sigo siendo, me embarque en una de las travesías más importantes de mi vida y con tan pocos años de experiencia.

Resulta que a mi novio “Ale”, lo habían designado como servicio social luego de que terminó su carrera de medicina, en el otro extremo de la Isla, cambiando de un abrir y cerrar de ojos, el majestuoso Vedado por las tierras y el sol intenso de Guantánamo, más concreto, un pueblito del Municipio El Salvador, donde sólo había un tren que pasaba dos veces al día y si querías salir de la zona no te quedaba otra que agarrar un caballo y dale que te dale.

Fue una separación complicada, yo estudiaba y él, hacía maromas para podernos hablar una vez a la semana que era cuando hacía guardia en el hospital, escribirnos cartas (porque en esa época todavía usábamos ese medio tan romántico) y con mucha suerte, poder pedir unos días cada 3 meses y viajar sin parar hasta La Habana por un lapso de 4 días.

Toda una novela al mejor estilo de las grandes obras de Shakespeare lo que vivimos. Hasta que en Julio llegaron mis vacaciones y con mucha mucha mucha letanía, convencí a mi madre para que el viaje en esta ocasión fuera a la inversa, conocería las tierras calientes y de paso, muchas más historias se sumarían de todo lo que viví.

Tomé un avión hasta Santiago de Cuba y de ahí rumbo a Guantánamo, lo más simpático es que no iba solo con mi mochila sino que me acompañaba una enorme caja llena de productos comestibles, porque para los que no lo saben, es el mal de quienes tenemos la profesión culinaria adentro. Nuestras valijas jamás estarán llenas de ropa cuando viajamos, sino que transportamos cuanta alimento se nos pasa por el camino y nos resulta interesante y ni les cuento los bretes en los que nos metemos en las aduanas, porque desde un condimento hasta un alacrán, aparece en las pertenencias de un cocinero..jajaja . Entonces, no podía ser de otra manera ya desde entonces.

No sé si muchos sepan (yo me enteré hace poco), que en sus montañas, Guantánamo alberga las ruinas de los cafetales plantados por franceses procedentes de Haití y que fueron declaradas Patrimonio de la humanidad en el año 2000. Un municipio tan lindo y tan verde que me enamoré más todavía, del novio y del municipio, y los dos meses que allí me albergué fueron una maravilla y los recuerdo con muchísima nostalgia.

A los pocos días, ya me había hecha amiga de todos, ya me metía en las casas y directo a la cocina para aprender y de paso, saborear. Mágicos momentos y mágicas personas, que entre unas palabras en español y otras en creole, porque muchos eran descendientes de haitianos, me mostraron sus secretos culinarios más familiares.

En una ocasión, era muy de tardecita cerca de las 4 y una de las vecinas se acercó con unos bocaditos para agasajar al doctor y de paso, decirle que le recetara algo porque le dolía el “cerebro”. Como lo leen. Me dio el paquetito, solo le entendí “yuca” y muy gentilmente y con sus pastillitas a cuesta se retiró a descansar.

Abrimos rapidísimo el regalo y un olor y un calorcito salían de adentro. Mordimos y era una textura muy especial, muy cremosita, casi que en la primera mordida se nos chorreo una grasita y respiramos con el contraste del dulce y el salado de la masa. Qué eran?, no era un pan, no era un panqué. A qué se debía la textura los pocos días me regresé y jamás pude saber más de la receta. Sólo sé que no me olvidé de aquel paquetito.

Por esas cosas de la vida, se acabó el noviazgo, pasaron muchos años y la ruta gastronómica se abrió para mi en otros países.

Hace algunos años atrás y nuevamente cerca de la tarde, justo estábamos por empezar el servicio en Melao, hasta que llegó “Lauro”, uno de los cocineros oriundo de Barranquilla, y me dice “Oiga Yil, acá hice estos Enyucados y quiero que los pruebe”, Ok, le dije yo, “a ver qué es esto”. Abrió el paquete y sentí el mismo olor y al morder, mis recuerdos se alteraron, estaba en presencia del mismo pan, dulce o panqué?, de aquellos años.

El Enyucado colombiano era lo mismo que lo que esa maravillosa vecina me había hecho probar!!!!!. Encontré la receta…fue algo mágico. Recuerdo que hablamos mucho y al día siguiente estaba ya investigando.

Pues queridos amigos, déjenme decirles que el Enyucado colombiano, es muy parecido a nuestro MATAHAMBRE o al menos a la versión de esa vecina. Según mi colega y compatriota Janet Ortiz Vian en su libro “A la cubana recetas de la cocina tradicional”, fue una creación derivada de la necesidad de una merienda o un postrecito, cuando los habitantes debían saciar el estómago y no había harina de trigo. Vaya uno a saber, el caso es que esta mezcla de yuca rallada y azúcar, y el ingenio de la vecina de sumarle coco rallado fresco, terminó siendo la mejor manera de matar el hambre. Si señor y me quito el sombrero.

Algunos dicen que el Matahambre, hace referencia al Masareal y ahí arranca la discutidera. Pero eso será otra receta.

Entonces, acá se las traigo para que puedan hacerla y disfrutarla tanto como yo. Valió la pena mi aventura amorosa y mi inquietud constante. Al final, el amor y la cocina van de la mano..jajaja.

Les dejo la receta que siempre hago con algunos dejes de Autor.

Leo sus comentarios e historia y que viva el Amor, la yuca, el coco y toda Cuba. Para que el sabor de Melao siempre esté presente en tu cocina!

PANQUESITOS DE YUCA Y COCO / MATAHAMBRE

(usa de medida de referencia la misma para todo. Ejemplo, 1 lata vacia de leche condensada)

1/2 barrita de mantequilla blandita (puedes usar margarina)

1 taza de azúcar

2 huevos bien batidos

1 cdta de polvo Royal

½ taza de leche entera / descremada (a elección)

1 taza de leche cortá / queso fresco criollo o campesino rallado fino (no se asuste, le dará textura rica)

1 cdta de anís semillitas o Español o canela molida (lo que gustes)

1 pizca de sal

1 taza de coco rallado fresco

3 tazas de yuca cruda rallada muy finamente

Harina y manteca para los moldecitos o para el molde que uses.

En un bowl mezcla todos los ingredientes, integra muy bien. Unta con mantequilla o aceite más harina de trigo, los moldecitos o el molde único donde lo harás. Vierte la mezcla y hornea o cocina a fuego bajito. Estará lista cuando empiece a despegarse del borde y toques encima y ofrezca resistencia al tacto.

Deja entibiar y desmolda. Listo. Decora como te guste.