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El Teatro Shanghai: de Supermán a Confucio.

El Teatro Shanghai: de Supermán a Confucio. En la calle Zanja, entre Campanario y Manrique, en el barrio chino, yace tan inadvertido para el visitante como para la mayoría de los vecinos de esa zona, el antiguo enclave del teatro Shanghai. Durante decenios fue un descampado, una franja de terreno baldío sin la menor utilidad. Hoy digamos que la suerte ha querido que pasara a manos de una de las sociedades chinas del barrio, que lo limpió y cercó para convertirlo en una especie de parque con candado en la puerta, dedicado a Confucio, con una estatua suya presidiendo el centro del área.

Sin embargo, en otros tiempos vibró allí (quizá como en ningún otro sitio de Cuba) el glamour, la euforia y la alegría, condimentados con el atractivo extra que siempre se desprende de lo prohibido, de lo no apto para según qué gente, lo no aconsejable por los patrones del buen gusto que en todas partes y en todas épocas imparten señorones y señoronas sin sentido de la realidad, ni del humor.

Al Shanghai vinieron a fusionarse los efluvios del célebre Moulin Rouge de París con las perlas del teatro vernáculo cubano, mediante sketches sabrosos y picantes, con desnudos tan ruidosos para aquellos días como inocentones para los actuales, y con personajes de nuestro real maravilloso, como el llamado Supermán, que inspiró a Coppola, y aún más a Ava Gardner, mediante la potencia de sus treinta centímetros de miembro viril, todo un torpedo para aguas profundas que terminaría enviando a la Gardner para la sala de emergencias de un hospital, desgarrada y sangrando pero feliz y finalmente ahíta. O al menos así lo cuenta la historia, lo que es decir la leyenda de aquel cíclope.

Los antecedentes del teatro datan de finales del siglo XIX. Los chinos del barrio lo construyeron con la intención de exhibir espectáculos basados en la ópera cantonesa. Más tarde, el local pasaría a manos de un cubano, y ahí fue donde se tornó movida la función, a golpes de bufo, burlesco, erotismo y aun de cuasi ruborosa pornografía, todo envuelto en nuestra rica música popular, no más faltara.

Entre los años 30 y los 60, del siglo XX, la del Shanghai pasó a ser la sala de espectáculos más visitada por los habaneros y por los turistas internacionales. Su fama se hizo proverbial. Se convirtió en leyenda (en leyenda maldita, que son las más tentadoras). Por un peso y centavos, era posible disfrutar de uno de aquellos delirantes espectáculos y luego, además, quedarse hasta la alta madrugada en el local mirando varias películas calificadas entonces como pornográficas.

Hoy, detrás de la estatua de Confucio que domina el aburrido enclave, está inscrita una frase del célebre filósofo chino que se me antoja una lección para señorones y señoronas: “Cada cosa tiene su belleza, aunque no todos pueden verla”.

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