Hola, aquí les dejo tres leyendas más matanceras!! El f

24

Hola, aquí les dejo tres leyendas más matanceras!!

El fantasma del Pocito
Cuenta la leyenda que en abril de 1819 llegó a Matanzas el matrimonio formado por Don Carlos Martínez de la Barrera y Doña Susana Armenteros de Baeza. El hacendado venía a residir en la finca El Pocito, muy cercana a la ciudad, para reponerse de una enfermedad que le había afectado levemente los pulmones.

Doña Susana, enamorada de Carlos, sufría la tortura de los celos absurdos del esposo, quien se creía menospreciado por suponer que su dolencia era tuberculosis. Aquí conocieron a un joven llamado Alfredo, quien vivía a menos de dos kilómetros por el camino hacia Corral Nuevo. Se volvió visita diaria, atraído por la novedad de los recién llegados de la capital. Susana le rehuía, y Carlos enloquecía de celos sin sentido.

Una noche de julio la joven esperaba a su esposo, quien se había demorado por gestiones en la ciudad. Tiró sobre sus hombros un chal azul y se aproximó al pocito que daba nombre a la finca. De pronto vio a un hombre frente a sí: era Alfredo, quien retornaba a su hogar y al verla decidió saludarla.

Susana se excusó y trató de avanzar hacia la casa, sin percatarse de que su esposo había llegado. Carlos, cegado por los celos, empuñó su daga y la dirigió al corazón de la joven. Rápido, se volteó hacia Alfredo y lo hirió también de muerte. Luego fue el silencio. El asesino conoció entonces por el joven moribundo que su esposa siempre le había sido fiel, y constató que había arrancado la vida a quien más le quería.

Al día siguiente Alfredo apareció muerto lejos de la finca. El cuerpo de Susana jamás fue hallado, pero Don Carlos ordenó cegar el pozo y arrancar el brocal.

Los campesinos del valle comenzaron desde entonces a ver, por las noches, a una mujer envuelta en un chal azul. Los viejos afirman que la zona está bendecida por esta aparición, que brinda suerte a quienes la escuchan mientras reza por el perdón de un hombre.

El perro fantasma
La leyenda cuenta que a comienzos del año 1770 vivía en Matanzas Doña Ramoncita Oramas, viuda de Solís, quien tenía un fiel compañero para su soledad: un enorme perro de blanco pelaje, llamado Capitán.

Todos los días Doña Ramoncita entraba a la iglesia a orar para que le fuera concedida a su perro una larga vida. Afuera, Capitán esperaba a su ama. Una tarde el animal rompió su costumbre, penetró en el recinto y se detuvo ante la imagen de la virgen, lo cual interpretó su dueña como una respuesta a sus plegarias.

Nadie pudo explicar el hecho, pero es cierto que tres semanas después Capitán apareció muerto a la entrada del templo. Días más tarde, Ramoncita escuchó un aullido familiar en su patio, y al asomarse vio al perro envuelto en una luz de luna y con sus ojos azules y luminosos. Cada noche vino el fantasma al encuentro de su dueña. Esta, ya en el lecho de muerte, narró la secuencia de sus visitas, lo cual fue interpretado como el delirio de una moribunda.

Sin embargo, diversas personalidades atestiguaron en años sucesivos haber visto a un inmenso perro blanco de ojos azules, que se tornaba invisible: el maestro Don Pablo García, el ingeniero Don Dionisio Baldenoche, el brigadier Don Juan Tirry y otros. El poeta matancero José Jacinto Milanés confirmó también la presencia del perro fantasma, de quien dijo era el consuelo de los solitarios, amigo de los artistas y fiel protector del alma inmortal de la ciudad.

La gaviota del San Juan
Cuenta la leyenda que en la primavera del año 1795 vivía junto al río San Juan la vieja esclava María Teresa con su nieta Julia Rosa, quien afirmaban era hija del solterón Don Sebastián. Este tenía unos inmensos ojos verdes, exactos a los de la joven de piel canela.

Doña Rosario, hermana de Don Sebastián, tenía un hijo nombrado Felipe, a quien correspondía la herencia familiar. Pero su madre temía que esta fuera dividida a favor de la muchacha, quien contaba ya 17 años. Quiso la vida que Felipe y Julia Rosa se conocieran y enamoraran. Al saberlo, Doña Rosario llamó a Tata Mongo, un viejo esclavo que poseía poderes por su condición de brujo, y le ordenó que terminara con el conflicto.

Esa noche Tata Mongo llevó a Julia Rosa dulce de coco, y le contó de embrujos que convertían a mujeres en animales inmortales.
Al otro día Julia Rosa había desaparecido. Don Sebastián estaba enloquecido, y más Felipe, a quien María Teresa contó que por obra de los dioses africanos su nieta había sido convertida en ave.

Felipe acostumbraba a sufrir su pena junto al río San Juan, y una tarde vio venir hacia él a una gaviota de ojos verdes, con mirada casi humana. El joven pereció a los pocos meses, tras haber perdido la razón. Aún hay quien afirma que la inmortal gaviota de ojos verdes vuela por sobre la ciudad, y la bendice para que nunca la afecten hechizos ni maleficios.