El Valle del Yumurí.

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El Valle del Yumurí. Es uno de los más bellos de esta Isla, con una llanura que alcanza las 80 hectáreas en su parte más ancha y elevaciones hasta de 150 metros y en el que se conservan importantes restos arqueológicos y la especie vegetal endémica Melocactus matanzanus.

Existen variadas versiones sobre el origen de la palabra yumurí. La presencia en el valle de taínos, aborígenes de estas tierras, y el contacto con colonizadores españoles, dieron lugar a la leyenda que con más firmeza ha perdurado. Cuenta, que se trata del grito que emitían los nativos al lanzarse de uno de sus riscos porque preferían suicidarse antes de tolerar los malos tratos que recibían de manos de los conquistadores.

Según el mito, al pararse en el peñasco proferían la palabra Yumurí o Yo muero, imitando el castellano que escuchaban para que quedara claro a los enemigos el porqué de estas muertes. Luego, se arrojaban al vacío. Otra referencia evoca a una antigua leyenda de amor, en que una joven india condenada al infortunio al enamorarse de un galán, provoca la abertura de la tierra y con ella de la creación de sus afluentes.

Amén de estas historias, verdaderas o no, lo cierto es que ante el visitante se abre un paisaje rural de singular atractivo, que ofrece un medio ideal para la práctica de actividades al aire libre e ir de excursión a caballo, además de poder permanecer en contacto con las familias que viven en esta zona.

El Valle del Yumurí está situado en las Alturas de La Habana Matanzas, a 1 km al Norte de la ciudad de Matanzas, en los 23o 05' lat. N y 81o 36' longitud Oeste, municipio de Matanzas. Altura: 50 m. Largo: 6,6 km. Ancho: 5 km. Este valle es el extremo oriental de las alturas de La Habana-Matanzas; elevaciones que corren próximas a la costa norte de Cuba desde la costa oriental de la Bahía de La Habana hasta la loma "La Cumbre".

Paralela a estas alturas corren otras elevaciones poco más al interior de la isla. Volviendo a las alturas de La Habana-Matanzas, el Valle Yumurí es el final de estas elevaciones que se crearon por pliegues, y después elevaciones, del terreno. Y mientras esto sucedía, los ríos se abrían paso escarbando su curso hasta salir al mar.

Conjunto paisajístico de alta significación nacional en el que se funden la naturaleza y la arquitectura. Conserva restos arqueológicos y la especie vegetal endémica Melocactus matanzanus. Es un escenario de belleza natural donde se conjugan diferentes formas del relieve, con valores contrastantes, producto del contacto litológico entre las rocas serpentinitas , calizas y los fhysch.

Con áreas de altos valores florístico y endémico, histórico y cultural. Es un área de recursos manejados dentro del sistema provincial de áreas protegidas, que incluye la reserva florística Cuabal de las Tres Ceibas de Clavellinas.
Dos ríos lo cruzan siguiendo curso hacia la costa norte. Son el Yumurí y el Bacunayagua.

El primero nace en el Pan de Matanzas, montaña que se observa desde el mar, y hace un recorrido de 25 kilómetros hasta converger en una gran bahía, donde a fines del Siglo XVII surgió la ciudad de Matanzas, cabecera de la provincia del mismo nombre.

A la vista humana, es el Valle del Yumurí una conjunción excepcional que obliga, si no a visitarlo, al menos a hacer un alto en el camino para contemplarlo desde el mirador del "Bacunayagua", muy cercano al puente más alto de la Isla, con una elevación de 110 metros, y que constituye una de las maravillas de la ingeniería civil cubana.

En el presente el Valle Yumurí es todo cerrado, excepto por su lado oeste, de montañas cubiertas de verde vegetación. Algunas de tales montañas alcanzan los 150 metros de elevación. Es un valle grande, logrando los ocho kilómetros en su parte más amplia. Desde que todos recuerdan, sus tierras han sido cultivadas, predominando entre otras cosechas la caña de azúcar. Todo el paisaje es adornado por grandes cantidades de la singular Palma real.

Leyenda: El Abra del Yumurí
Los personajes son: la hija de un cacique de la región occidental y el hijo del cacique del Gran Camaguey. Cuentan que cuando nació la india Coalina, se hicieron grandes fiestas para celebrarlo y cuando más entusiasmados estaban llegó un anciano behíque, desconocido para todos y profetizó que cuando la niña creciera se convertiría en una bella india y al enamorarse ocurriría una catástrofe.
Para que no se cumpliera la profecía del behíque, cuando la bella Coalina creció, la llevaron a lo alto de una montaña en un bohío rodeado por viejas indias armadas con arcos y flechas para impedir el acercamiento de hombre alguno, evitando así, que la joven india corriera el riesgo de enamorarse. La noticia del cautiverio de la bella india Coalina llegó al cacicazgo siboney del lejano Camagüey y despertó la curiosidad y el deseo de Nerey, heredero del mencionado cacicazgo, que decidió recorrer la distancia que lo separaba de la cautiva para conocerla.

Después de mucho andar montañas, llanuras y ríos, llegó el joven y apuesto indio hasta el bohío que ocultaba a la princesa india y la vio toda adornada con flores, tan parecida a una virgen que inmediatamente se enamoró de ella. Tan bello fue el lenguaje de amor que el indio utilizó para hablarle a la joven, que la inocente india también se enamoró.

Pero a cada palabra de amor que se decían los enamorados, la montaña temblaba cada vez más fuerte. Las indias guardianas, atemorizadas corrieron montaña abajo gritando ¡Coalina se ha enamorado! La montaña tembló más fuertemente y Coalina asustada se refugió en los brazos del bravo Nerey. En ese momento la montaña se abrió en dos, arrastrando a los jóvenes y por el boquete se precipitó el río llevándose a los enamorados. Cuenta la leyenda, que en las noches de pleniluvio cuando el viento pasa por el abra se oye murmurar "Coalina y Nerey".