ANÉCDOTAS DE ANTONIO MACEO Pero más que una anécdota, el primer relato parece

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ANÉCDOTAS DE ANTONIO MACEO

Pero más que una anécdota, el primer relato parece salido de una leyenda. En una oportunidad yacía Antonio Maceo, casi moribundo, en la camilla de un hospital de campaña. Una herida del tamaño de un puño ocupa su pecho y tiene una mano prácticamente destrozada. El médico hace un gran esfuerzo para salvarlo, pero en ese momento se presenta en el lugar la columna del general español González Muñoz, en busca del Titán.

Su esposa María Cabrales se apresura a ayudarlo, junto a su hermano José y otros combatientes. Así, Maceo puede levantarse de la camilla y sube a un caballo. A todo galope, el herido desaparece ante los ojos de los que ya se creían sus captores.

El Titán de Bronce «Un hombre a quien las balas no matan»
De inmediato, el capitán general Arsenio Martínez Campos reportó a Madrid: «Creí habérmelas con un mulato estúpido, con un rudo arriero, pero me lo encuentro transformado no solo en un verdadero general, capaz de dirigir sus movimientos con tino y precisión, sino en un atleta que en momentos de hallarse moribundo en una camilla, es asaltado por mis tropas y abandonando su lecho se apodera de un caballo, poniéndose fuera del alcance de los que lo perseguían».

Ese era el general Antonio Maceo. En sus memorias, el coronel Francisco Camps lo describe como «un hombre a quien las balas no matan».

Pero con los dentistas, la cosa era distinta…
Durante su estancia en Nueva York, Maceo está reunido con varios amigos y compañeros de combate. Entonces comienza a quejarse por un fuerte dolor de muela. Alguien le aconseja que vaya a visitar a un dentista. Un amigo le recomienda un especialista norteamericano. El Titán de Bronce acude a su consultorio y se hace acoompañar del hijo de su amigo para que actúe como intérprete.

Al volver a casa, el muchacho le contó a su padre que en la sala de espera Maceo se mostraba nervioso e intranquilo. Seguramente la causa era el dolor produto de la muela cariada, pensó el joven. Así que no le dio mayor importancia al asunto.

Cuando el dentista examinó a Maceo encontró que la muela estaba muy deteriorada. No habría más remedio que extraerla. Inmediatamente, el Titán se levantó de la silla del sacamuelas, exclamando: «Hoy no puedo, vuelvo otro día«. El general y su intérprete abandonaron rápidamente el consultorio.

Una vez que salieron del edificio, el Titán de Bronce, el más bravo entre todos los bravos, un hombre que llevaba en su piel 21 cicatrices de guerra, al que las balas no mataban, se sonrió. Con picardía infantil y algo de ingenuidad le confesó al joven: «¡Tengo horror a que me saquen una muela!«