Había expectación por la presencia de Cole en los escenarios cubanos, escribe la

16

Había expectación por la presencia de Cole en los escenarios cubanos, escribe la musicógrafa Rosa Marquetti Torres. Para Martín Fox, el dueño de Tropicana, haber logrado contratar a quien era entonces el cantante más popular de Estados Unidos, consolidaba a su establecimiento en una posición muy por delante del resto de los centros nocturnos, con independencia de los honorarios que debía abonarle. Los músicos cubanos amantes del jazz, que llevaban una década admirándolo y siguiéndolo de lejos, tendrían oportunidad —algunos— de verlo actuar y, otros, de saberlo en su misma ciudad. Al menos por unos días.
Llegó al fin la noche del debut de Nat King Cole en Tropicana, el 2 de marzo de 1956. Vino a La Habana en compañía de su esposa y su hija Natalie, de seis años de edad, los músicos de su trío y sus técnicos de luces y sonido. Refiere el cronista Rafael Lam que esa tarde hubo un ensayo a puertas cerradas con la orquesta del cabaré bajo la conducción de Armando Romeu y reforzada con violines sinfónicos. Se imponían ciertos ajustes técnicos en la rutina habitual del cabaré: se instalaron luces indirectas muy tenues, se colocaron alfombras en el piso para amortiguar el ruido propio del lugar y reforzar el tono íntimo de las canciones del crooner.

Nat King Cole se insertaría en el show Fantasía mexicana que presentaba el cabaré con un elenco encabezado por Xiomara Alfaro, y del que formaban parte el cuarteto D’Aida —Elena Burke, Moraima Secada y Haydée y Omara Portuondo— los cantantes Miguel Ángel Ortiz y Dandy Crawford, y los bailarines Leonela González y Henry Boyer, entre otros.
Como era su costumbre, el cantante de 37 años bebió una taza de café antes de salir a escena. Entró a la pista vestido con un impecable esmoquin blanco con solapas negras y precedido de 11 modelos que portaban, cada una de ellas, un disco enorme en que se leía «Capitol Records», la disquera que grababa en exclusiva al artista, mientras que en el reverso se hacían notar una a una las letras de su nombre: N-A-T—K-I-N-G—C-O-L-E. Las muchachas se hicieron a un lado para dar paso a la estrella, mientras que el presentador decía a todo pulmón por el micrófono: «Señoras y señores: el cabaré Tropicana se honra al presentar al único, al más grande, Nat King Cole».
Dicen que actuaba sin parar" cuentan los que lo vieron en los USA, así lo hizo aquella noche en Tropicana. Al final, se despidió con un leve movimiento de cabeza y una eterna sonrisa.