LA BELLA OTERO, LA MUJER MÁS DESEADA DE EUROPA Ars longa, vita brevis (1) (El

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LA BELLA OTERO, LA MUJER MÁS DESEADA DE EUROPA

Ars longa, vita brevis (1)
(El arte es duradero, la vida es breve)

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El alma trémula y sola
padece al anochecer:
hay baile; vamos a ver
La bailarina española.

Han hecho bien en quitar
el banderón de la acera;
porque si está la bandera,
no sé, yo no puedo entrar.

José Martí. (2)

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El invierno enfría la noche y el teatro Eden Musée en Nueva York estaba repleto. No hay butacas vacías, desde que el 1ero. de octubre de ese 1890 debutara allí, aquel remolino hispano, recibido con atenciones dignas de la realeza. Frente a ella pareciera que los hombres olvidaran pestañear y que, entre las mujeres —fueran artistas o no— le florecieran rivales.

Cuenta Blanche Zacharie de Baralt (3) que un día, por pura providencia, sin saber por qué motivo los empresarios retiraron la bandera roja y gualda de España. Acompañado de los esposos Baralt y de Adelaida Baralt, un espectador de saco y bigote negros —quien jamás aceptaba cobijarse bajo el hispano estandarte— se animó a entrar, lleno de ganas de ver la presentación. Así consiguió, ¡al fin!, que sus ojos taciturnos danzaran con la alegre bailaora. ¿Qué miraban los ojos de José Martí?, ¿qué veía su alma trémula y sola? A Carolina Otero, la mujer que alborotó desde sus tobillos al mundo: con su sensualidad desató la ingenuidad ardorosa de los jóvenes y la rijosa (4) codicia de los señores mayores.

A la voluptuosa bailaora le precedía la fama que para ella construyera su admirador, agente artístico y amante, Ernest André Jurgens.

Aquella noche, la Otero brilló en todo su esplendor, luciendo un espectacular collar de 12 000 francos, regalo de su amante: el centro de gravedad de todas las miradas, en el neoyorquino escenario del teatro Eden Musée, se llamaba en realidad Agustina Otero Iglesias; el cambio de nombre por otro más musical fue uno entre los muchos trueques de su vida: no era andaluza, como se le publicitaba, sino gallega; no era condesa ni había nacido del vientre ilegítimo de una emperatriz, sino del de una mendiga de pueblo coronada de pobreza.

Nacida el 4 de noviembre de 1868, la belleza tenía motivos para “retocar” su pasado: con solo diez años había sido brutalmente violada en Ponte de Valga, su aldea natal —en la española provincia de Pontevedra— lo que dispararía poco después un peregrinaje que la llevó a mil sitios, menos de vuelta a su tierra, y que incluyó la venta sostenida de su baile y su canto, de su cama y su cuerpo, así como un corazón inconmovible para con los hombres. Para hacerlo disponía de talento regular, rostro de rarísima hermosura, sensualidad inocultable y unos ojos cuyo brillo de seguro —muchos años después— le costaría trabajo a la muerte apagar. De allí nació el erótico mito sensualísimo de La Bella Otero.

¿Cómo aparece esta bailarina en el escenario artístico neoyorquino de la época rodeada de una aureola celebérrima?

“Mi nombre es Jurgens, madeimoselle, Ernest André Jurgens, soy agente artístico y represento al Eden Musée de Nueva York”. Así se presentó quien había viajado a Francia en 1889, año de la famosa Exposición de París, con el único propósito de hallar y llevar a Nueva York talentos para la próxima temporada artística: especialmente debía conseguir una bailarina española, auténtica, con una reconocida reputación en los escenarios franceses.

Luego de varias semanas en París y de búsqueda agotadora, el empresario estadounidense no había encontrado a nadie de interés. Ya pensaba volver, decepcionado, con un minúsculo bagaje artístico, cuando decide dar un último recorrido por cabarets de provincias; “fue así como este tranquilo padre de familia de treinta y seis años tuvo la mala suerte de conocer, enamorarse y de paso “inventar” a La Bella Otero, cuando Carolina no era más que una perfecta desconocida que ganaba más dinero con la prostitución que con el baile”.

El 14 de septiembre de 1890 llega Carolina Otero a Nueva York amparada por un gran montaje publicitario, preparado por su agente Jurgens, que marcaría el inicio de una gran carrera llena de privilegios y notoriedad. Desde su hallazgo y llegada a París varios meses antes, Jurgens se presentó en casa del famoso maestro de música Ferdinando Bellini, ya retirado en ese momento —quien, por cierto, jamás creyó en las aptitudes de su alumna—, para que preparara artísticamente a su protegida. “No puede hacerse, de ninguna manera, (…) Necesitaré un año, o quizás toda la vida, para enseñarle. No sabe bailar. No sabe cantar. Y no tiene estilo”. Esa fue la respuesta del maestro luego de su primer examen. No obstante, el amor, la constancia y el optimismo de su protector y las habilidades del maestro lograron el milagro de transformar una criatura ordinaria y sin educación en una mujer casi de mundo, en apenas diez meses.

Bellini fue muy sincero en su apreciación: “Sus medidas (97-53-92), sus 51 kilos de peso y su estatura de 1.70 harán que el talento no sea todo en la escena. La muchacha tiene algo valioso: fuego en los ojos y en el pelo, y, sobre todo, mucha sensualidad en cada uno de sus movimientos”. Acertó el maestro Bellini. Ernest Jurgens, puso una compañía a su servicio que le permitiese a su protegida bailar jotas o tanguillos y que acompañase su discretísima voz.

Jurgens fue el empresario que la posicionó como la bailarina más codiciada de Francia. Convertido en cautivo de la sensual belleza de la bailarina, se humillaba constantemente para mantener un poco de su atención, mientras que la Otero coqueteaba con otros hombres de alcurnia. Mal pago recibió Jurgens: arruinado y abandonado por la hormonal bailaora, su “descubridor” inauguró una lista de voluntarias “bajas” de amor —que se dice quedó en siete hombres—: se suicidó desesperado de amor, por la indiferencia de la Otero.

Ernest Jurgens no fue el único, se dice que alrededor de seis hombres se quitaron la vida por la insatisfacción de nunca poder poseer a tan radiante mujer.

Carolina llegó a conocerse como La Sirena de los Suicidios. Además de Jurgens, se quitó la vida por ella el explorador Jacques Payen, que se pegó un tiro en el Pabellón Chino del Bois de Boulogne porque al ofrecerle 10 000 francos por una noche, La Bella le respondió que no recibía limosnas. Se cuenta que un joven llamado Edmon se arrojó ante su carruaje diciéndole: “Te doy lo único que tengo: ¡mi vida!”.

Llega a París con 21 años, en 1889. Es en la capital del Sena donde la fama de la bailarina española se amplificó hasta extremos desconocidos —precisamente en París se convirtió en La Bella Otero— . Para lograrlo se presentó ante el público como una exótica bailarina andaluza de estirpe gitana.

En 1892, en un café de San Petersburgo, fue literalmente servida en bandeja de plata a un grupo de 30 oficiales rusos que no salían de su asombro cuando ocho meseros dejaron sobre la mesa una bandeja de dos metros de largo en la que descansaba la Bella Otero ligera de ropas. Cuando la música comenzó a sonar Carolina “despertó” de su sueño, bajó de la mesa y comenzó a bailar en el salón muy cerca del fuego, tan cerca que estuvo a punto, quemar su vestido. Cuenta la leyenda que cuando uno de los oficiales intentó protegerla con su capa para que la Bella no ardiera la altiva dama lo apartó diciendo: “Las llamas no consumen a la Otero”.

Hacia 1900 La Bella Otero era la estrella indiscutible del parisino espectáculo del mítico teatro Folies-Bergère, gracias a su inusual belleza y a su embriagadora personalidad.

En tiempo récord lo más selecto de París se agolpó a las puertas del Folies Bergère para aclamar a La Bella Otero. Numerosos aristócratas, como el Duque d’Uzès o el Príncipe de Sagan, intentaron conquistarla, agasajándola con joyas de valor astronómico. Pronto La Bella Otero hace una extensa gira por las Américas, conquistando al público estadounidense y acrecentado su fortuna de manera espectacular. De vuelta en Europa, consigue un éxito sin precedente en Alemania, donde comienza una relación con el acaudalado banquero Ollstreder. Sin embargo, este capitalista que la lisonjeó con pisos, automóviles y todos los caprichos inimaginables —la obsequiaría por ejemplo, con un espectacular collar de perlas que había pertenecido a la famosa cortesana decimonónica Léonide Leblanc (5)—, no sería la última de las conquistas de la española.

Alguna vez declaró: “He sido esclava de mis pasiones, no de los hombres”. Y sus pasiones eran muy caras: las joyas y el juego, lo cual explica los precios de sus tarifas. Cierta vez, un banquero de nombre Berguen le ofreció 25 000 francos por pasar media hora en su habitación y Carolina aceptó la propuesta. Conocedora de sus encantos, La Bella Otero afirmaba: “Que a un caballero lo vean conmigo aumenta su reputación y le clasifica como un hombre inmensamente rico”. O bien, solía decir: “Los hombres están dispuestos a todo con tal de que se les vea de mi brazo. Yo aumento su valoración social y, más aún, su valoración económica. Naturalmente eso tiene un precio”.

Las cortesanas marcaban la moda y, la fuerza de su carácter y su inteligencia a la hora de escoger amantes, las convertían en las mujeres más fascinantes de la Belle Époque (6). Cómo bien lo expresó Emilienne d'Alençon (7), una rival de la Bella Otero: “Es muy sencillo. Si te acuestas con un burgués, no eres más que una puta; pero si lo haces con un rey, eres una favorita”.

Y Carolina fue la favorita de ricos y pobres, de solteros y casados. A sus pies cayeron rendidos el millonario norteamericano William Kissam Vanderbilt II (1878-1944) —nieto de Cornelius Vanderbilt—, el político francés Aristide Briand (1862-1932) y el Príncipe de Gales, futuro rey Eduardo VII (1841-1910), quien se enamora perdidamente de ella e incluso le regala un pabellón de caza en las proximidades de París. En una de sus visitas a Londres conoce a Hugh Grosvenor, II Duque de Westminster (1879-1953), uno de los hombres más ricos del mundo, con el que entabla una íntima amistad. Gracias al aristócrata británico La Bella Otero coincidirá con Guillermo II de Alemania (1859-1941) con el que vive un nuevo amorío. La lista de reyes y príncipes que se enamoraron de La Bella Otero se completa con nombres como el de Leopoldo II de Bélgica (1835-1909), el príncipe Alberto I de Mónaco (1848-1922), el Gran Duque Pedro Nikolaevich (1864-1931) —nieto del zar Nicolás I— o incluso, aunque los romances con ellos nunca han sido confirmados, el Emperador Taishō (1879-1926) y el rey Alfonso XIII de España (1886-1941): todos rendidos ante las caricias efímeras de la Otero.

No solo hombres de alcurnia caen rendidos ante los encantos de la artista española. Entre sus admiradores se contaban igualmente escritores, pintores, políticos y simplemente hombres de toda condición social que no dudaban en arruinarse por robar un beso de La Bella Otero. Los pintores Renoir y Toulouse-Lautrec la eternizaron en lienzos y el príncipe Nicolás de Montenegro llegó a enfrentar problemas de Estado por regalarle a Carolina una joya de la corona del país.

Llegó a lucir collares que antes fueron de Eugenia de Montijo —Emperatriz consorte de los franceses como esposa de Napoleón III— y, uno de zafiros, de la Emperatriz Elizabeth de Austria. Otro valioso collar de diamantes lució la Otero en su lascivo cuello: otrora adornó el cuello de María Antonieta. Agitó públicos y corazones en Rusia, Argentina, Uruguay, Brasil, Inglaterra, Austria, Hungría, Japón, Alemania, Bélgica… hasta que pasados sus 40 decidió retirarse.

Sin embargo, su azarosa trayectoria amatoria se interrumpió bruscamente en la segunda década del siglo XX, cuando La Bella Otero, tras un accidente de coche, decide retirarse de los escenarios y mudarse a Niza. Allí se dedica a las obras de caridad y, sobre todo, a disfrutar de su gran pasión, el juego. La ya mítica bailarina española se convierte en una figura habitual de los casinos de Montecarlo, Niza y Cannes, siempre impecablemente vestida, adornada con sus fastuosas joyas y apostando enormes sumas de dinero, provenientes de su gigantesca fortuna. Con el paso de los años sus finanzas se resienten de las apuestas en la ruleta hasta el punto que en los últimos años de su vida depende de una pequeña pensión que le otorga el Ayuntamiento de Niza. Asimismo pasa de vivir en una villa espléndida a una pequeña habitación en la que atesora fotos y recuerdos de su glorioso pasado.

Cuando ya llevaba más de 10 años retirada de los escenarios y vivía en Niza, oscuramente, arruinada, ya que sus joyas y su gran fortuna habían ido desapareciendo en las mesas de juego del casino, alguien le aconsejó que escribiera sus memorias, y en 1926 publicó “Les souvenirs et la vie intime de la Belle Otero” (Las memorias y la vida íntima de la Bella Otero), presentada y redactada por Claude Valmont.

La Bella terminó sus días en Niza el 11 de abril de 1965, con 96 años, totalmente arruinada y olvidada, La Bella Otero murió de un paro cardíaco mientras descansaba en el diván de su minúsculo estudio. A su entierro tan solo acudieron un puñado de conocidos y un grupo de crupieres del casino que le rindieron un último homenaje. Los periódicos volvieron a hablar por última vez de los años de celebridad en el Folies Bergère y de los incontables e ilustres amantes de La Bella Otero.

Quien perdió millones jugando en los casinos se fue del mundo con apenas 609 francos que dejó a los pobres de Valga, la aldea natal que no volvería a ver y le inspirara postreras “morriñas”. Los que tuvieron el raro privilegio de ver aquella viejita resabiosa del segundo piso en el número 26 de la Rue D’Angleterre que compraba pan duro “para las palomas” y no se dejaba fotografiar, asistieron quizás a su intento fallido de marchar inadvertida. Hermosa y polémica, víctima y victimaria, Agustina y Carolina —La Bella Otero— ya había marcado con su baile las miradas del mundo.

En la calle 23 de Nueva York, en un abarrotado Eden Musée, otro hombre grande la había observado un día, y encontrado para ella las letras de la eternidad. Él —galante rotundo— la describió como “la Virgen de la Asunción, bailando un baile andaluz”. Él tuvo esa noche la visión que faltó a otros para describir más el baile que a la hembra apetecible. Él vio a la artista donde todos buscaban a la mujer. Él, vestido de negro, alumbró en la velada su alma trémula y sola, con la luz más limpia y sensual de la Otero. Y con su magistral pluma nos mostró a todos la real grandeza, la perdurable belleza de La Bailarina Española, mientras el público aplaudía frenéticamente y la noche neoyorkina oscurecía el invierno.

NOTAS Y REFERENCIAS:

1.- Ars longa, vita brevis (en latín): Cita de Séneca. Significa “El arte es duradero, la vida es breve”. También pude traducirse como “La ciencia es duradera, la vida es breve”

2.- JOSÉ MARTÍ. Obras Completas: T. 16: Poesía I.— La Habana: Ed. Ciencias Sociales, 1975.— p. 81.

3.- Blanche Zacharie de Baralt (1865-1947): Gran amiga de Martí y testigo de excepción de los últimos años de vida del Apóstol en los Estados Unidos. Blanche de Baralt fue dama norteamericana de una cultura vastísima y una formación cosmopolita —hablaba a la perfección varias lenguas— animó la vida del héroe cubano en “aquella primavera del fin de siglo neoyorquino”. En New York fue Martí huésped asiduo en las tertulias del hogar del matrimonio Baralt, presididas con exquisitez, discreción y gran sensibilidad por Blanche. Mitad cubana y mitad norteamericana, tal vez de origen judío, esa mezcla no impidió que existieran en ella sentimientos de una verdadera cubana, su patria “por el corazón”.

4.- Rijoso (o rijosa): Inquieto y alborotado a vista de la hembra. Lujurioso, sensual.

5.- Alexandrine Léonide Leblanc (1842-1894): Actriz francesa y famosa cortesana del Segundo Imperio. Era conocida como "Mademoiselle Maximum". Se decía que si la colocaba en la cima del Monte Blanc, aún sería inaccesible.

Léonide era la voluptuosidad en carne y hueso. Su amante y protector más famoso fue Enrique de Orleans, Duque de Aumale, hijo del rey Luis Felipe I, último rey de Francia.

Viajando en tren para ver al duque, Léonide compartió un compartimiento de primera clase con algunas damas de la alta sociedad, cuyas fincas rurales estaban en las cercanías del castillo del duque. Cada una alardeaba de cuán bien conocía a su amante y protector. "Almorzaré con el duque mañana", anunció una de ellas. "Tomaremos el té con él el Sábado", afirmó la siguiente, mientras que una tercera afirmó: "Estamos invitados a cenar allí el Domingo". En este momento el tren llegó a la estación. Léonide se levantó y dijo con su más dulce sonrisa: “Y yo, señoras, me acostaré con Su Alteza esta noche”.

6.- Belle Époque o La Belle Époque (en español, La Época Bella): Es una expresión nacida antes de la Primera Guerra Mundial para designar el periodo de la historia de Europa comprendido entre 1871 y el estallido de la Primera Guerra Mundial en 1914. Este nombre responde, en parte, a una visión nostálgica que tendía a embellecer el pasado europeo anterior a 1914 como un paraíso perdido tras el salvaje trauma de la Primera Guerra Mundial.

7.- Emilienne d’ Alençon (1869-1946): Fue una bailarina de cabaret y gran cortesana francesa. Llamada una de las “Tres Gracias” de la Belle Époque, junto a Liane de Pougy y Carolina Otero.