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Ignacio y Amalia, el dilema del amor y el deber. Uno de los protagonistas más importantes de la leyenda agramontina es Amalia Simoni. La historia de amor de Ignacio Agramonte y la hermosa y culta dama principeña parece más propia de una novela romántica que de la vida real, ¡hasta el signo de lo imposible rondó sobre ella en sus inicios por la oposición paterna! Una negativa que fue vencida no solamente por la firmeza de ella para defender su amor —según recuerda su amiga Aurelia Castillo con estas palabras: “No te daré el disgusto, papá, de casarme en contra de tu voluntad; pero, si no con Ignacio, con nadie lo haré”—, sino por la sabiduría de José Ramón Simoni, tanto al aceptar lo que se veía inevitable, como por haber apreciado las virtudes del joven pretendiente que solo meses antes había obtenido el título de Licenciado en Derecho Civil y Canónigo el cual constituía en ese momento su credencial para el futuro.

Imagínenos por un momento el diálogo de la pareja en la despedida. Ella, que había sido educada para brillar en los salones y deslumbrar al auditorio con la belleza de su voz debió sentir como si flotara en un mar de dudas y temores. Piénsese que llevaba ya en su vientre el fruto de su amor hacia el hombre que amará toda la vida. Recordaría las veces que le dijo a Ignacio que siempre reconocería que el deber estaba ante todo, promesa que el novio apreció con honestidad: “En una de tus cartas leo estas palabras: «tu deber antes que mi felicidad es mi gusto, Ignacio mío» […] Sin embargo, yo te aseguro que vacilaría si alguna vez encontrara tu felicidad y mi deber frente á frente; creo que ya te lo dije en una ocasión. Ojalá nunca se encuentren […] Justo lo hacían por primera vez. Ambos sabían que ya el deber había alcanzado otra dimensión y que Ignacio debía partir en cumplimiento de la palabra empeñada y de su jerarquía dentro de la conspiración.

Aurelia Castillo en su libro Ignacio Agramonte en la vida privada recogió anécdotas de estos días, algunas de las cuales les fueron narradas por la propia Amalia. Relata la poetisa camagüeyana que cuando Ignacio llegaba a su refugio “exigía a su esposa que reposase el tiempo que él estuviera a su lado y asumía él los cuidados domésticos, arreglando el amado retiro con la mayor minuciosidad y cuidando del niño por las noches”.

Cuando no puede estar junto a ellos, escribe breves notas que no tienen otros objetivos que calmar los temores de Amalia y el siempre magnífico de testimoniarle su amor. En realidad, son cartas impacientes. Expresan la lucha íntima entre sus deseos de hombre y las exigencias del patriotismo: “No puedes figurarte, bien mío, mi ansiedad, porque acabe de emprender su marcha esta columna, para poder verte luego. Un siglo parece que ha transcurrido desde que me separé últimamente y ni los deberes para con la patria, ni el entusiasmo que me inspira la esperanza de un triunfo definitivo sobre aquella, son bastantes á mitigar la sed ardiente de verte. No sé vivir, no puedo vivir, sino á tu lado, un desierto me parece un paraíso; mejor dicho, el cielo, y tú mi única deidad”.