Fredrika Bremer: Cartas desde Cuba.

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Fredrika Bremer: Cartas desde Cuba.ūüėä

De imprescindible en la historiografía cubana, pueden calificarse los cien días de estancia en Cuba de la escritora sueca Fredrika Bremer, nacida en Finlandia en 17 agosto 1801, cuando esa región era una provincia sueca.
Autora de La casa, La familia H, El presidente y sus hijas, La vida de los hermanos, Los Vecinos, Nina, y otras obras en las que casi siempre el tema principal es la desventaja de las mujeres frente a los hombres. Viaj√≥ por muchos pa√≠ses de Europa y √Āfrica y recibi√≥ la Medalla de Oro de la Academia Sueca.
Lleg√≥ a La Habana el 31 de enero de 1851, estuvo en contacto con gente de todas las clases sociales, visit√≥ y dibuj√≥ los m√°s importantes lugares de la capital, San Antonio de los Ba√Īos, Guanabacoa y El Cerro.
Luego viaj√≥ a Matanzas, visit√≥ ingenios, barracones de esclavos, plantaciones de caf√© y de ca√Īa de az√ļcar, particip√≥ en fiestas populares y vio como era la vida del campo.
Mas tarde fue al Valle de Yumuri, donde dibujo √°rboles y casas, del cual dijo que era el lugar del mundo donde los animales y las plantas se besan.
Despu√©s visit√≥ C√°rdenas, Camarioca y Limonar, y de este √ļltimo sitio escribi√≥: ‚ÄúLas finquitas con chozas de corteza de √°rbol y techo de guano, son un m√≠nimo para√≠so terrestre‚ÄĚ.
Federica Bremer falleció en Estocolmo 31 de diciembre de 1856, y su obra mas conocida es Herta o La historia de un alma.
Y yo le recomiendo para que disfruten de una lectura amena e instructiva, Cartas desde Cuba, de Fredrika Bremer, publicada por la Fundación Fernando Ortiz, en el 2002.

Hija del Aire
CARTAS DESDE CUBA, UN LIBRO DE GRAN VALOR PARA COMPRENDER LA CUBA COLONIAL
Gina Picart Gina Picart
hace 7 a√Īos
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Muchos viajeros europeos y del Nuevo Mundo visitaron Cuba en tiempos de la Colonia. Hoy, algunos de los libros que escribieron sobre su estancia en la Isla son casi imposibles de encontrar. No hay un solo testimonio consignado por estos hombres y mujeres que no resulte interesante para un lector, en especial si es cubano, porque todos muestran una imagen del suelo patrio percibida por ojos que ven√≠an de tierras lejanas. Para ellos Cuba era un lugar ex√≥tico, y casi todos coincidieron al calificarla de Ed√©n, aunque muchos, de religi√≥n protestante, fueron particularmente reacios al espect√°culo de la esclavitud y vieron con disgusto, desde la austeridad de sus costumbres luteranas, el fasto desmesurado de los hacendados criollos y de las grandes familias espa√Īolas residentes en Cuba.

Entre todos estos viajeros resulta particularmente interesante la sueca Fredrika Bremer, por su condición de mujer, su procedencia de una familia perteneciente a la alta nobleza sueca y propietaria de castillos, por su espíritu ilustrado y su amplia cultura, por su

otra fredrika pensamiento libertario y su fuerte personalidad. Y sobre todo, porque su libro Cartas desde Cuba fue publicado por la Fundación Fernando Ortiz y resulta más accesible al investigador que otras fuentes.

Me interesa tambi√©n de Fredrika su mirada objetiva, desprejuiciada, valiente y, en especial, el que no adorne lo que ve con pinceladas de romanticismo buc√≥lico. Quiz√° porque amaba la pintura y el dibujo, Fredrika tiene un modo de mirar que se parece a la frialdad de una c√°mara fotogr√°fica: capta simplemente lo que hay, sin a√Īadidos ni distorsiones, y con total realismo. Habl√≥ en su libro de temas muy variados , y uno se sorprende al ver todo lo que pod√≠a llamar la atenci√≥n de un extranjero en Cuba, mientras los criollos se quejaban sin cesar de aburrimiento, tedio, monoton√≠a y falta de motivaci√≥n, tuvieran o no fortuna.

Un aspecto muy interesante de las observaciones de Fredrika sobre la vida en la siempre fiel Isla de Cuba se relaciona con el tema de la esclavitud, que ella censuraba y rechaz√≥ con toda la vehemencia de su temperamento independiente y valeroso. Hace a√Īos que mis estudios en torno a la forma que tuvo la esclavitud en Cuba me han llevado a pensar que cuando se habla de ese fen√≥meno social en esta tierra, no se habla de algo √ļnico, sino de un proceso que tuvo varias facetas, as√≠ como tambi√©n varias etapas; que no hubo en Cuba una, sino varias formas de esclavitud. He comprobado, como probablemente cada uno de nosotros lo ha hecho a lo largo de su vida, que la mayor√≠a de los cubanos, en especial los cubanos no blancos, tienen una idea sobre la esclavitud que carece absolutamente de matices y que en muchos aspectos no coincide con la realidad. La esclavitud que tenemos en mente, la esclavitud de las plantaciones de ca√Īa, ingenios y cafetales, fue solo uno de sus rostros, el m√°s cruel. Ni todos los esclavos viv√≠an en plantaciones, ni todos iban al cepo ni todos trabajaban hasta morir al pie de amos que los maltrataban y torturaban por puro placer, ni todos los blancos eran negreros y esclavistas, y muchos negros y mulatos libres tambi√©n fueron due√Īos de esclavos. La esclavitud no tiene justificaci√≥n y ning√ļn argumento podr√≠a menguar la ignominia, el crimen de lesa humanidad que ella significa, pero la sociedad en Cuba necesita unidad, y quienes ponen empe√Īo en alimentar rencores antiguos ‚ÄĒno siempre basados en hechos objetivos‚ÄĒ hacen m√°s da√Īo del que hicieron los amos y mayorales en su momento, pues aquellos fueron tiempos de forja de naci√≥n, mientras estos son tiempos de mantener lo que entonces fue logrado.

Por eso conviene a los cubanos conocer en mayor profundidad el fen√≥meno de la esclavitud en nuestro pa√≠s, y para ello resulta de gran ayuda este epistolario de Fredrika Bremer, pues cuando las escribi√≥, ven√≠a de Londres y los Estados Unidos y hab√≠a visto mundo ya, ten√≠a puntos de referencia para comprender lo que estaba presenciando en tierra cubana mejor que nosotros hoy, que solo tenemos conocimiento de aquella √©poca por los libros escolares, las cr√≥nicas y otras fuentes hist√≥ricas, y la informaci√≥n que recibimos a trav√©s de los medios de difusi√≥n. Fredrika vio, y no fue mujer que se dejara enga√Īar por trucos baratos. Podemos fiarnos de lo que cuenta, y aunque nunca debemos conformarnos con un solo testigo de la Historia, cada aporte enriquecer√° nuestra concepci√≥n de nosotros mismos y de nuestros or√≠genes. Procurar ese conocimiento me parece un deber no solo de los cubanos, sino de todos los seres humanos para con sus patrias y su pasado.

Algunas p√°ginas y apuntes de Fredrika merecen ser reproducidos para ampliar su difusi√≥n entre quienes no hayan podido leer su delicioso libro. Los copio aqu√≠ por si consiguen ser de utilidad a lectores deseosos de ampliar su perspectiva de la historia nacional. Y aprovecho de paso para comentar que ni siquiera en Roma, el m√°s cruel paradigma de la formaci√≥n socioecon√≥mica esclavista, la esclavitud fue una sola ni igual para todos los esclavos. Los romanos no ten√≠an que comprar sus esclavos, los obten√≠an f√°cilmente en sus guerras de conquista y por otros m√©todos que inclu√≠an, inclusive, el alquiler de un ciudadano romano como esclavo, y hasta como gladiador, por su propia voluntad y durante un breve per√≠odo de tiempo, con el objetivo de ganar dinero para pagar sus deudas. Para un amo romano un esclavo no val√≠a gran cosa. En las Antillas, tan alejadas de las fuentes naturales de obtenci√≥n de hombres destinados al trabajo esclavo, cada ‚Äúpieza‚ÄĚ resultaba una compra costosa y no tan f√°cilmente sustituible, por lo que era considerada un bien de necesaria preservaci√≥n, y la gran mayor√≠a de los due√Īos de esclavos estaban m√°s interesados en que estos vivieran en salud el mayor tiempo posible que en exterminarlos con abusos s√°dicos. No todos eran dementes perversos como aquel Jacinto Tom√°s que lanzaba sus jaur√≠as sobre mendigos y lisiados, a quienes previamente hab√≠a atra√≠do a los patios de su residencia con la promesa de un suculento banquete. Pero oigamos a Fredrika, que resultar√°, sin duda, m√°s interesante que escuchar a quien esto escribe. He aqu√≠ la descripci√≥n de un baile de negros presenciado por ella en El Cerro de 1851:

Al mediod√≠a, escuch√© desde varios puntos el ritmo vivo del tambor africano, no muy diferente del ritmo que hacen los trillos en las granjas de nuestro pa√≠s; solo que aqu√≠ hay una vida mucho m√°s animada. Era la se√Īal de que los negros libres ten√≠an sus bailes en los lugares de reuni√≥n de la comarca. Mi anfitri√≥n tuvo la amabilidad de acompa√Īarme a uno de estos, muy cerca de nuestro Cerro. All√≠, en una habitaci√≥n parecida a la gran sala de una hoster√≠a de nuestro pa√≠s, vi a tres negros, desnudos de la cintura para arriba, con figuras y rostros en√©rgicos y salvajes, golpeando los tambores con una animaci√≥n igualmente en√©rgica. Los tambores estaban hechos de troncos de √°rboles huecos, con una piel tensa encima. Los negros golpeaban la piel tensa, en parte con palillos y en parte con las manos. ‚ÄĒpulgares y manos‚ÄĒcon una habilidad maravillosa, una perfecci√≥n art√≠stica salvaje, o m√°s bien dir√≠a, un arte natural perfecto. Golpeaban los tambores como la abeja zumba, o el p√°jaro canta o el castor construye su vivienda. Comp√°s y ritmo, que a veces cambiaban, eran extraordinarios. No se puede imaginar una energ√≠a animada m√°s perfecta en su naturalidad y en el comp√°s desigualmente igual. Manten√≠an los tambores sobre las rodillas. En las mu√Īecas llevaban grandes esferas, llenas de piedrecillas u otros objetos que sonaban, decoradas por el exterior con manojos de plumas de gallo. Lo principal parece que era conseguir todo el ruido posible. Hab√≠a algunas parejas que bailaban, damas de diferentes tonos de color, enfundadas en harapientos atav√≠os y tocadas con atuendos de colores chillones, y hombres negros sin adornos y casi sin ropas en la mitad superior del cuerpo. Un hombre tom√≥ a una mujer de la mano y comenzaron a bailar. Ella giraba sobre un mismo lugar con los ojos bajos; √©l daba vueltas a su alrededor con una gran cantidad de cabriolas tiernas; entre ellas las volteretas y saltos m√°s exaltados imaginables, que eran dignos de admiraci√≥n por su audacia y agilidad. Otros negros daban gritos de cuando en cuando y golpeaban las paredes y puertas con bastones. Los negros que tocaban el tambor sudaban y parec√≠an desesperadamente afanosos. Como la sala comenz√≥ a llenarse de gente, no quise detener m√°s tiempo all√≠ a mi anfitri√≥n. [‚Ķ] Mientras regres√°bamos, por varias partes o√≠mos el sonido brutal de los tambores. Pero son solamente los negros libres de la isla los que celebran en este tiempo sus danzas. En las plantaciones se muele la ca√Īa de az√ļcar todo el tiempo durante ‚Äúla seca‚ÄĚ, y los esclavos negros no pueden bailar ni apenas dormir. Pero en Cuba hay una gran cantidad de negros libres.

Fredrika, sagaz, no deja de percibir la influencia que la cultura africana va ganando lentamente entre los blancos de Cuba, y que no se limita √ļnicamente al √°mbito de los ritmos y bailes, sino que se infiltra silenciosa, pero implacablemente en la vida espiritual de los cubanos. Sobre su participaci√≥n en una procesi√≥n religiosa un Domingo de Resurrecci√≥n, escribe:

Anteayer por la tarde contempl√© la procesi√≥n desde un balc√≥n, en casa de una pareja de americanos conocidos m√≠os, en la Plaza de Armas. Con vestidos de baile, damas blancas, morenas y negras, acompa√Īadas de sus caballeros, llenaban la plaza desde muy temprano por la tarde, y se paseaban a placer, charlando y ri√©ndose. Las mulatas se caracterizaban especialmente por su ostentaci√≥n, por sus flores brillantes y por los adornos que llevaban en la cabeza y al cuello, mientras se contoneaban con su estilo de pavos reales. Se ve√≠a que la gente esperaba un gran espect√°culo. Y este se produjo, efectivamente, en el crep√ļsculo, a la luz de las antorchas.

La imagen de Cristo yacente era conducida sobre un lecho de aparato, bajo una enorme ara√Īa de cristal que iluminaba el noble y p√°lido rostro de cera. Detr√°s conduc√≠an a Mar√≠a, que ven√≠a llorando, vistiendo un manto de terciopelo con bordados de oro y llevando una corona dorada en la cabeza. La otra Mar√≠a y Mar√≠a Magdalena tambi√©n ten√≠an puestos magn√≠ficos trajes. La procesi√≥n era larga y no carec√≠a de pompa ni de dignidad. Entre los participantes observ√© una gran cantidad de negros que llevaban grandes telas blancas sobre el pecho y los hombros. Me dijeron que pertenecen a una especie de secta fracmas√≥nica que se adhiere a la Iglesia realizando obras de caridad, visitando los hospitales, etc.

Miles de personas alborotaban alegremente en la plaza y por las calles , especialmente los negros que iban vestidos con todos los colores del arco iris. Era un espectáculo brillante, pero no se podía imaginar nada que fuera menos apropiado para la ocasión. Ni un hálito de seriedad parecía tocar a aquella multitud. ¡Se veía claramente en esta procesión que la religión ha muerto en Cuba!

Unas pocas p√°ginas despu√©s, Fredrika cuenta su visita a un cabildo de naci√≥n, fen√≥meno que parece casi imposible para que lo protagonice una mujer y, adem√°s, extranjera. Sin embargo, ella lo logr√≥, lo que constituye toda una haza√Īa en la Cuba de aquella √©poca, y nos dej√≥ un testimonio invaluable:

[‚Ķ] Me hab√≠a puesto de acuerdo con dos caballeros norteamericanos para visitar juntos los ‚Äúcabildos de negros‚ÄĚ o salas de reuni√≥n de los negros libres en la ciudad. El ir all√≠ sola era imposible para m√≠, ya que yo no sab√≠a espa√Īol. Ambos caballeros se ofrecieron para escoltarme, y el se√Īor C., que habla espa√Īol como un nativo, se encarg√≥ de conseguir que entr√°ramos, porque los negros libres, en general, no permiten que las personas blancas est√©n presentes en sus reuniones, y no son, ni mucho menos tan pacientes ni est√°n sometidos a tanta coerci√≥n como en los Estados Unidos [‚Ķ] Nos encaminamos a la zona donde los negros tienen sus cabildos. Ocupan toda una calle, cerca de una de las puertas de consumos de la ciudad. Un lado de la calle lo constituye la muralla de la ciudad, y del otro se alza una pared, ras la cual est√°n de tarde las salas de los negros. Todo el lugar est√° lleno de negros, unos disfrazados con cintas y cascabeles, y otros bailando parados en grupos aqu√≠ y all√°.. Era un desorden salvaje pero no violento; y a trav√©s de √©l se o√≠a desde varias partes el alegre ritmo de los tambores africanos. A la puerta de las diferentes salas hab√≠a grupos de hombres blancos, la mayor√≠a de los cuales, al parecer, eran marineros que trataban de ver algo desde fuera, ya que no les permit√≠an pasar. A la puerta hab√≠a un par de negros con bastones en la mano que imped√≠an la entrada con seriedad amable, y no dejaban que la puerta estuviese abierta m√°s que a medias. En el cabildo de los lucum√≠es el se√Īor C. logr√≥ meter la cabeza con alguna dificultad y pedir permiso para que ‚Äúla se√Īora‚ÄĚ entrase. Algunos negros se asomaron, y cuando vieron mi sombrero, el velo blanco y las flores que me pongo aqu√≠ mucho m√°s que en Suecia, se mostraron amables, permitieron el acceso por ‚Äúla se√Īora, la bonita‚ÄĚ, y a los caballeros que me acompa√Īaban se les dej√≥ tambi√©n entrar, pero inmediatamente cerraron el camino a otros muchos que quer√≠an acompa√Īarnos.

Nos ofrecieron sillas para sentarnos no lejos de la puerta; nos presentaron al rey y a la reina de la reunión, que nos hicieron gestos amables, y nos dejaron después en paz para poder ver las cosas.

La sala era bastante grande y pod√≠a contener unas cien personas. En la pared que estaba frente a nosotros hab√≠an pintado un trono con la corona y el dosel encima. Eran los sitios del rey y de la reina del cabildo. El baile propiamente dicho se hac√≠a delante de ese estrado. Una mujer bail√≥ sola bajo un palio que llevaban cuatro personas.. Debieron encontrarle gran encanto a su danza ‚ÄĒque no era muy diferente de las de las negras que ya he descrito, porque le hab√≠an colgado varias prendas de ropa y tambi√©n le hab√≠an colocado un sombrero de hombre. Las mujeres bailan aqu√≠ unas con las otras y los hombres unos con los otros. Algunos daban golpes con los bastones en las puertas y en los bancos, otros con g√ľiros llenos de piedrecitas, y los tambores resonaban con fuerza ensordecedora. Trataban de hacer evidentemente el mayor ruido posible. En medio de todo ello apareci√≥ una figura desnuda de medio cuerpo para arriba, con una falda y un gorro de color negro escarlata, y con gran cantidad de hileras de cuentas brillantes que le cubr√≠an el pecho, los brazos y la cintura. Esta figura, en torno a la cual formaban doble fila, se acerc√≥ a m√≠ haciendo reverencias, durante las cuales se pod√≠a ver moverse la parte superior de su cuerpo formando pliegues, como si fuese una culebra. En medio de estos movimientos ondulantes se qued√≥ parado ante m√≠; yo no sab√≠a muy bie si me invitaba o si trataba de decirme algo con aquellos gestos amables, aquellos saltos y las grandes manos negras extendidas. Finalmente, √©l y otros dijeron: ‚Äú¬°Por la bonita!‚ÄĚ, y yo comprend√≠ que la figura disfrazada me expresaba un cumplido. Le contest√© d√°ndole la mano y poniendo en ella una moneda de plata. Despu√©s intercambiamos muchos ademanes amables, mi bailar√≠n dio una vuelta movi√©ndose como una serpiente y reanud√≥ la danza √©l solo, al parecer con gran aprobaci√≥n de los que le rodeaban.

En los bancos hab√≠a una gran cantidad de negros sentados, con aspecto muy serio y decente. Los lucum√≠es tienen por lo general un rostro ovalado bello, frentes y narices buenas, bocas bien formadas y hermosos dientes. Ofrecen un aspecto menos vivo y alegre que las otras tribus de negros; pero, seg√ļn parece, tienen m√°s car√°cter e inteligencia. Se considera que el grupo es rico por sus grandes ganancias en la loter√≠a, y parece que emplean ese dinero en forma noble, comprando la libertad de varios esclavos pertenecientes a su tribu.

Estos cabildos, como ya he dicho, se gobiernan por reinas, una o dos, que son las que en realidad deciden las diversiones y disponen sobre el estilo y la extensi√≥n de las mismas; tienen derecho a elegir un rey que se ocupa de las cuestiones econ√≥micas de la sociedad, y que tiene a sus √≥rdenes un escribano y un maestro de ceremonias. Este √ļltimo me entreg√≥ una peque√Īa tarjeta impresa que me permit√≠a la entrada al cabildo de ‚ÄúNuestra Se√Īora Santa B√°rbara de la naci√≥n lucum√≠, Alagua‚ÄĚ.

Una vez recibida esta y luego de haber contribuido a la caja de la sociedad con una peque√Īa suma, nos retiramos para visitar otros cabildos. Y por todas partes fueron lo suficientemente corteses como para permitirla entrada a ‚Äúla se√Īora, la bonita‚ÄĚ, y a sus acompa√Īantes.

‚Ķ En un cabildo de gang√°s me recibieron ambas reinas, dos muchachas negras espl√©ndidamente ataviadas, con un gusto perfectamente franc√©s en sus vestidos de gasa rojo p√°lido, y con bellos ramilletes de flores artificiales en el pelo y en el pecho; ambas fumaban cigarrillos. Me condujeron amablemente, cada una por una mano, me sentaron entre ellas y continuaron fumando con seriedad espa√Īola [‚Ķ] En la pared de enfrente hab√≠a, muy bien pintado, un gran leopardo, probablemente el s√≠mbolo de la naci√≥n. Tambi√©n hab√≠a en la sala algunas im√°genes y s√≠mbolos cat√≥licos. Vi moverse grandes grupos de mujeres en una especie de baile como de rana galvanizada [‚Ķ Parec√≠a la expresi√≥n de cierta satisfacci√≥n animal; tambi√©n era como si buscaran algo en la oscuridad [‚Ķ]

En un cabildo de congos volv√≠ a ver el baile del Congo, semejante al que hab√≠a visto en el barrac√≥n de Santa Amelia, y un baile que parec√≠a una mezcla de danza hispano-criolla yuca y del baile del Congo. En estos √ļltimos bailes hay mucha m√°s vida que en los otros, mucho m√°s arte y esp√≠ritu po√©tico. El s√≠mbolo pintado en la pared de esta habitaci√≥n era un gran sol con rostro de persona. Tambi√©n all√≠ hab√≠a, adem√°s, varios s√≠mbolos e im√°genes cristianos. Pero a√ļn los africanos cristianizados y los verdaderamente cristianos conservan aqu√≠ algo de la superstici√≥n de su pa√≠s natal [‚Ķ] Otros tres cabildos a los que entramos no ofrecieron nada nuevo de inter√©s, y finalmente me sent√≠ cansad√≠sima.

Con respecto a la vida de la poblaci√≥n negra en la Cuba de 1851, de la que fue testigo Fredrika Bremer en su libro Cartas desde Cuba, ya solo me interesa citar un √ļltimo fragmento:

Durante mis paseos por La Habana he tenido siempre el placer de contemplar a la población negra, que me ha parecido más libre y mas feliz que en los Estados Unidos. Aquí se ve, mas a menudo que allí, a los negros y a los mulatos ejerciendo el comercio, y sus mujeres, por lo general, están muy bien vestidas y son elegantes. En las espléndidas calles se ven no pocas veces, a mulatas con flores en el cabello y con sus familias, paseándose en una forma que denota bienestar y libertad.

No me parece necesario dedicar comentarios por separado a todas las observaciones de Fredrika que aparecen en el texto sobre los negros y mulatos cubanos, porque en esas p√°ginas aparecen consignadas de un modo muy claro e ilustrativo, acompa√Īadas, incluso, por valoraciones de la autora que van mucho m√°s all√° de la mera observaci√≥n, as√≠ que una lectura atenta y desprejuiciada revelar√°, ante los ojos de quien sea capaz de hacerla, una poblaci√≥n no blanca que viv√≠a una vida no precisamente caracterizada por las agon√≠as del sufrimiento, y ni siquiera por la nopstalgia, a√ļn a pesar de la dura sombra que la esclavitud ha arrojado siempre sobre sus v√≠ctimas desde el comienzo del mundo.

Para terminar este trabajo, en el que me hubiera gustado poder incluir fragmentos de libros de otros viajeros sobre la esclavitud en Cuba, como por ejemplo, del norteamericano Roland T. Ely, (imposible por falta de espacio), solo me resta insistir en que mi objetivo no consiste en dulcificar la imagen de la esclavitud y los padecimientos del esclavo, muy bien descritos en documentos de √©poca, testimonios y novelas del per√≠odo rom√°ntico, como Caniqu√≠ o El negro Francisco (donde se sol√≠a cargar tintas con fruici√≥n sobre objetivos dram√°ticos en pro de la defensa del abolicionismo, tan caro a una buenaparte de los hacendados cubanos tras la maquinizaci√≥n de los ingenios). Mi objetivo es contribuir a una mejor comprensi√≥n de la esclavitud, a que no sea vista como un fen√≥meno de odio racial que afligi√≥ a la poblaci√≥n no blanca del Caribe, sino como una formaci√≥n socioecon√≥mica que en nuestra isla revisti√≥ m√ļltiples facetas, y que, por cierto, se dio en esta tierra en una forma mucho menos cruenta que en otras colonias de Espa√Īa y Francia y en los Estados Unidos. La vida del negro cubano, incluso del esclavo, careci√≥ en Cuba de los rigores que la caracterizaron en otros lugares. Adem√°s, nunca fue una esclavitud de por vida, sino un yugo del que el esclavo pod√≠a librarse mediante retribuci√≥n de su precio en met√°lico al amo, y de hecho muchos miles lo hicieron antes de la abolici√≥n oficial de tan infame servidumbre. Tambi√©n pienso que est√° por realizar un estudio pormenorizado de las similitudes y diferencias entre las vidas del esclavo y del blanco pobre aparcero, dedicado a cultivos menores, quien sobreviv√≠a completamente librado a su suerte, y cuya vida y azares no interesaban a nadie.

Por regla general, en las diferentes haciendas, ingenios y cafetales el esclavo recib√≠a una parcela de tierra donde pod√≠a construirse un conuco para vivir solo o con su familia, criar y vender animales y ahorrar dinero para manumitirse, y adem√°s, pod√≠a entrar y salir de su hacienda con permiso del amo para reunirse con esclavos de otras haciendas con fines de diversi√≥n o familiares, conservando, dentro de su condici√≥n de esclavizado, una amplia libertad de movimientos, siempre y cuando no amenazara la estabilidad de la dotaci√≥n ni intentara escapar o mantener relaciones con apalencados. Estas acciones, y otras como el robo, eran castigadas con mayor o menor severidad en dependencia de la hacienda o cafetal, del car√°cter del amo y de si era este quien se encontraba presente en el momento del ‚Äúdelito‚ÄĚ, o era el mayoral, sujeto al que tampoco conozco que se le haya dedicado un estudio profundo, y que muchas veces proced√≠a con suma crueldad contra los esclavos sin conocimiento del amo o con enga√Īo a este, pues los due√Īos de haciendas y cafetales pasaban la mayor parte del a√Īo en el extranjero o en La Habana, ajenos a lo que suced√≠a en sus propiedades del campo. Y a√ļn much√≠simas rencillas entre mayorales y esclavos, que culminaron en consecuencias fatales para estos √ļltimos, incluidas mutilaciones graves y p√©rdida de la vida, no fueron provocadas por robos ni intentos de fuga ni ninguna otra infracci√≥n por parte del esclavo, sino por celos y trifulcas de mujeres, ya que los mayorales eran muy inclinados al gusto por las esclavas, y muchas de ellas estaban casadas o unidas a esclavos varones de sus mismas haciendas o de otras cercanas. En ausencia del amo de la plantaci√≥n o el cafetal, el mayoral ten√≠a manos libres, y muy a menudo de hierro para tratar con la dotaci√≥n, indefensa y sometida a su total arbitrio.

En las ciudades, la vida del esclavo gozaba a√ļn de mayores ventajas, pues pod√≠a ir y venir por la villa, casarse, aprender oficios, alquilarse y ganar dinero, reunirse en cofrad√≠as ‚Äúde naci√≥n‚ÄĚ, los llamados cabildos, cuyos erarios p√ļblicos no eran nada despreciables, seg√ļn se ha visto en el caso de los lucum√≠es. La vida de los negros libres estaba organizada de modo semejante a la de los blancos pobres: pod√≠an reunirse, alquilar o construir viviendas, fundar familias, ejercer oficios, y en dependencia de su buena fortuna, comprar eslavos y hasta convertirse a su vez en amos de haciendas y plantaciones, que los hubo, y muchos mulatos, hijos bastardos de las grades familias de hacendados, estudiaron en las mejores universidades europeas y a su regreso heredaron fortunas que les permitieron convertirse en propietarios influyentes. Las autoridades coloniales reprimieron con sa√Īa todo intento de los negros por rebelarse, lo mismo en el campo que en la ciudad, y un ejemplo de ello es la conspiraci√≥n de Aponte, pero tambi√©n reprimieron con id√©ntica ferocidad intentos libertarios de blancos, como la expedici√≥n del general venezolano Narciso L√≥pez, y reprimieron siempre todo lo que significara una amenaza para la estabilidad del poder colonial en todas y cada una de las colonias.

La esclavitud no ha sido jam√°s un fen√≥meno exclusivo de los hombres y mujeres negros. En realidad, la historia de la esclavitud comienza con la historia misma de la Humanidad, y los blancos ya eran esclavos muchos miles de a√Īos antes de que los africanos fueran tra√≠dos como tales a las plantaciones y cafetales del Caribe. Ha habido esclavitud en todo el planeta, ha habido esclavitud en lugares donde jam√°s hab√≠an visto un hombre negro. En Italia, reina de las formaciones esclavistas casi desde su misma fundaci√≥n (exceptuando el per√≠odo en que los romanos padecieron dinast√≠as de reyes etruscos), cuando llegaron los soldados americanos de piel negra durante la Segunda Guerra Mundial, causaron consternaci√≥n entre los habitantes. En el ej√©rcito de Espartaco, jefe de la mayor rebeli√≥n de esclavos de todos los tiempos, tan grande que hizo tambalearse el poder de Roma, la abrumadora mayor√≠a de esclavos que le siguieron eran hombres blancos, rubios y de ojos claros, pertenecientes a razas n√≥rdicas y eslavas. Negros hab√≠a pocos, y en realidad proced√≠an de territorios semitas habitados por razas de piel oscura, pero no hab√≠a un n√ļmero significativo de africanos subsaharianos.

Algo de lo que no habla Fredrika Bremer, pero que tambi√©n conviene recordar a quienes insisten en avivar el odio entre razas, es que la forma m√°s com√ļn en que los africanos perd√≠an su condici√≥n de hombres libres (si es que eran libres sometidos al arbitrio de sus reyes y jefes tribales) eran las guerras intertribales, en las cuales el vencedor vend√≠a a los prisioneros a los portugueses, quienes generalmente controlaban las factor√≠as ubicadas en las costas. Los europeos que se implicaron en la trata de negros no eran muy dados a internarse en las selvas de √Āfrica para cazar esclavos con redes, modo que, sin embargo, tuvo lugar; era mucho m√°s f√°cil y lucrativo tratar directamente con los reyezuelos y jefes de tribus, siempre en conflictos √©tnicos y dispuestos a enriquecerse con la venta de hombres. Los espa√Īoles, contrariamente a lo que muchos piensan, no sol√≠an ser negreros activos, sino tratantes que transportaban en nav√≠os la ‚Äúmercanc√≠a‚ÄĚ hasta su destino, las islas del Caribe.

La esclavitud es la gran pena del mundo, como dijo Mart√≠, pero Cuba no conoci√≥ las peores manifestaciones de este fen√≥meno social. La poblaci√≥n esclava cubana y los negros libres de la isla sufrieron menos que los negros de otras colonias como las francesas y holandesas. Y un detalle muy importante que nadie debe olvidar: quienes fueron responsables en Cuba de un modo u otro por la esclavitud de los africanos y sus descendientes, murieron hace mucho tiempo. La inmensa mayor√≠a de los cubanos que hoy habitamos esta tierra jam√°s hemos visto un esclavo ni descendemos de familias propietarias de esclavos, de negreros o mayorales. Somos una isla mestiza tanto en la raza como en la religi√≥n y la cultura. Esa es la realidad presente. Cualquier intento por revivir el pasado, enconar antiguas llagas y resucitar viejas cuentas que, por otra parte, ya no hay responsables a quienes cobr√°rselas, no es m√°s que un pecado de ceguera hist√≥rica que no merece atenci√≥n, pero s√≠ deber√≠a ser penalizado conseveridad. No hay odio de razas, porque no hay razas. Hombre es m√°s que blanco, m√°s que mulato, m√°s que negro‚Ķ Eso es lo que los cubanos no podemos perder de vista jam√°s, porque ning√ļn bien nos vendr√≠a de asumir la actitud contraria. Lo m√°s importante ser√° siempre, por encima de todas las cosas, la supervivencia de Cuba como naci√≥n.

28 de octubre de 2014 |Rolando Aniceto.

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